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Full text of "Alvaro Obregón"

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1918 



UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA 



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NORTH CAROLINA 

AT CHAPEL HILL 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



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may be renewed by bringing it to the library. 



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in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/alvaroobregnOOmnde 







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ÍNDICE 



Página 

Capituló I 9 

Capituló II 12 

Capituló III 17 

Capituló IV 21 

Capituló V 24 

Capituló VI 28 

Capituló VII 31 

Capituló VIII 35 

Capituló IX 39 

Capituló X 44 

Capituló XI 47 

Capituló XII 51 

Capituló XIII 55 

Capítulo XIV 59 

Capituló XV 62 

Capituló XVI • 64 

Capituló XVII 67 

Capituló XVIII 70 

Capituló XIX 74 

Capituló XX 78 

Capituló XXI 81 

Capituló XXII 83 

Capituló XXIII 88 

Capituló XXIV 92 

Capituló XXV 97 

Capituló XXVI 100 

Capituló XXVII 103 

Capituló XXVIII 106 

Capituló XXIX 109 

Capituló XXX 111 

Capituló XXXI 115 

Capituló XXXII 119 



ALVARO OBREGON 



La guerra, con ser tan. cruel, abunda en atributos saludables para los 
pueblos. Su hálito comburente enciende en los pechos tibios, que la inercia 
de la paz no ha dejado calentar, ideales nuevos, por cuya realización los hom- 
bres se arman y se arrojan al combate, decididos a vencer o a morir. 

La guerra, la triste guerra que en la remota antigüedad dio asunto para 
los más hermosos poemas épicos, saca de la nada, caudillos que en el mo- 
mento preciso que se necesita una figura de resalte, capaz de guiar a las 
multitudes hacía la muerte, aparecen revestidos con la cota del valor. Estos 
son los hombres a quienes el asombra de las muchedumbres anónimas designa 
con el epíteto de héroes. 

Alvaro Obregón se cuenta en el número de esos héroes. 

Surgió inopinadamente, cuando las contingencias de una revolución re- 
ivindicadora y apremiante, había menester campeones. Surgió cuando urgía 
sostener a la cabeza del Estado, un gobierno legal que por las esforzadas 
arterías de la deslealtad y la indiferencia estaba yéndose a pique. 

La primera parte de la vida de Obregón fué obscura e inimportante. ex- 
cepto para él mismo. Contrasta vigorosamente con la que ha llevado después 
de abandonar el apartamiento del agro y las costumbres aldeanas, para 
ofrecerse en cuerpo y alma a la brega entre la tiranía de los déspotas y los 
principios de la legalidad. Pero antes que sostener la lucha armada en los 
caminos de sangre, tuvo que habérselas con otra moral e íntima, contra la 
ranciedad de vetustas y corrompidas instituciones políticas. Ya preparado 
se aventuró a tomar las armas. 

Alvaro Obregón fué el último de una familia modes,ta y prolífica que puso 
en el mundo dieciocho hijos. Tres hermanas mayores, tres buenas mujeres a 
las que Obregón reverencia como a tres ángeles custodios, habían escogido 
como ocupación remunerativa el preceptorado de la niñez; y tomaron por 
cuenta propia al hermanito pequeño, para criarlo y formarlo. Lo cuidaron 
con amoroso empeño y le inculcaron los principios morales que en el manso 
corozón del niño encontraron fácil raigambre. En su rusticidad, Obregón 
sólo pudo adquirir conocimientos elementales que apenas pudieron sacarlo a 
la humidle condición de obrero. 

Fortuna fué para el pueblo de México, que Obregón tuviera oportunidad 
de convivir con los infelices trabajadores la mezquina existencia del taller. 
De uno a otro, ejercitándose en mecánica, pasó siete años; y no hubiera 
podido haber hallado, aunque lo buscase, sitio más adecuado para entender 
la división social que suele separar a los hombres, dividiéndolos en dos 
grupos: el le los opresores y el de los oprimidos. Obregón en el taller 



10 ALVARO OBREGÓN 

de mecánica pudo observar el vil trato que los patrones dan al obrero; y 
estimó la distancia incomensurable que media entre clase y clase social. 
También se convenció de la ineficacia de los derechos del proletariado, a la 
igualdad, siquiera fuese a la igualdad ante la Ley. 

La inicua explotación que, en esos tiempos, bacía del país el prepotente 
partido científico, en complicidad con el gobierno de Porfirio Díaz, hizo a 
Obregón parar mientes en la absoluta immortalidad de las autoridades y en el 
cinismo de los ambiciosos a granel que, al refugio de aquellas, enriquecían a 
costa del escandaloso esquilmo del pueblo. El territorio nacional, por virtud 
de contratos de alquiler a largos plazos, o por ventas de fracciones de tierra, 
de segunda mano, — por ser primero adquiridas por los científicos y enagena- 
das más tarde a precios fabulosos, — iba pasando acre por acre a manos ex- 
tranjeras. Obregón que amaba a la Patria porque era la suya, con destinterés, 
protestó más de una vez en su corazón de esclavo y de oprimido, contra la 
insaciable codicia de los copartícipes de Porfirio Díaz, en la explotación 
vandálica del país. Nada de extraño tuvo pues que, en consecuencia del 
estado de cosas, Obregón, al igual que otros descontentos en Sonora, aunque 
quedamente se lo manifestarán entre sí o totalmente lo callaran, estuviesen 
ansiosos por la aparición milagrosa de algún hombre de arrestos que enca- 
bezara una revolución. La revolución que era ya necesaria e inevitable, la 
revolución que en nombre de los derechos humanos se imponía. 

Para el espíritu libre y progresista de Alvaro Obregón, empujado hacía 
arriba por el continuo fluido de misteriosas intuiciones, no era un secreto 
que una revolución es la renovación de la vida nacional, ineludible e ineluc- 
table; porque en el largo y penoso vivir de los pueblos, llega un día en 
que cada individuo siente, en sí mismo, la renovación de su propia activi- 
dad y de su propio ser. Obregón lo sabía por esa revelación oculta de las 
cosas a los espíritus. Sabía que en siclo de revoluciones, motivadas por el 
abuso de los cuantos que tienen en la mano el poder sobre millares de 
vejados y oprimidos, crea y perpetúa la gigantesca y trágica guerra, que 
en su preriódica desaparición, deja tras sí, regada con sangre, la ancha senda 
del progreso del mundo. La guerra que inspira arrojo; la guerra que anima. 
La guerra que plasma héroes de cualquier arcilla, amasada con pólvora, fué 
la que arrancó del terruño natal a Alvaro Obregón, para devolvárselo ahora, 
mutilado y abrumado del peso de los laureles de la victoria. 

Para cuando estalló la revolución contra la dictadura porfiriana, con el 
lábaro de la democracia flotando en la noble diestra de Madero, ya Obregón, 
nacido para escalar la escarpada cumbre del progreso, había dejado de su- 
marse entre el gremio obrero; y dedicádose a labores de la tierra, con tan 
buenos resultados pecuniarios, que, de administrador sucesivamente en varias 
haciendas, pudo llegar a serlo de la propia: "Quinta Chilla." Se ocupaba 
en el cultivo del garbanzo. Había contraído matrimonio y establecido hogar 
y familia. 

Hasta, "Quinta Chilla," situada a la margen izquierda del Mayo, apenas 
llegaban noticias del resto del mundo; pues era proverbial la incomunicación 
de las entidades federales de la República con su centro y capital. El silen- 



ALVARO OBREGON 11 

ció de campo era propicio para que Obregón robusteciera su intelecto con la 
meditación y la contemplación de la naturaleza, como fué uso de sabios; y 
para que se apercibiera a la, cultura que' dan los libros y a la experiencia con 
que abruma y desilusiona el trato mundano. Obregón gastaba sus ocios en 
el estudio de obras de esas que lentamente transforman/ el criterio en los 
cerebros bien organizados. Obregón razonaba y meditaba alternativamente, 
en su retiro campestre, obedeciendo a la intuición que le señalaba tosu- 
damente un punto luminoso, en la bruma del porvenir. Las obras que crea, 
pero que no escribe, la gran Naturaleza, han dado al mundo lo que tiene de 
sabio y lo que tiene de bueno. 

Amelgando zureos, Obregón adquirió el conocimiento de la vida, y alcanzó 
ponerse al nivel de los inspirados. Tuvo ratos de poeta y alma de artista: 
hizo versos en que expreso con sencillez su pensar hondo y su noble sentir. 

Cuando Madero, el jefe de la revolución más trascendente de México, 
logró que su nombre resonara, con sin igual resonancia, en las plantaciones 
de garbanzo del Estado de Sonora, Obregón notó que empezaban a cristalizar 
los anhelos oposicionistas que tanto en el taller como en la gleba lo habían 
atosigado. El leader de sus sueños había aparecido y reclamaba adeptos. 



12 ALVARO OBEEGON 



II. 

En breve la flamante causa libertaria encontró en Sonora considerable 
número de simpatizadores que Obregón, con la honradez que lo distingue, no 
vaciló en clasificar. Los dividió en dos grupos: valientes y cobardes. 
VALIENTES eran los que sin mirar atrás ni alrededor consideración alguna, 
sino sólo los intereses de la Patria, al requirimiento del Libertador, se lan- 
zaron a las suertes de la guerra; los COBARDES se sumaban entre los 
espíritus medrosos, de ningún vuelo que, aunque estaban deseando un cambio 
radical de cosas, carecían del entusiasmo indispensable para arrojarse ai pe- 
ligro en seguimiento de un ideal. Excusábanse ante los demás con las 
obligaciones de familia que los retenían en la molicie de sus casas y el sosiego 
de sus aldeas; pero, en su propia conciencia, no cabía disculpa: sabían que 
tenían miedo. 

Muchos de los descontentos que habían resuelto pelear, encontraron desde 
luego el verdadero camino las Cruzadas: sacaron del acervo de trastos 
inútiles las viejas carabinas; y se aprestaron a la lucha, animosos y llenos de 
fe en el triunfo de la Causa. Los otros, los cobardes, en concepto de Obregón, 
se conformaron con propagar la BUENA NUEVA, con cierto resquemor y 
turbada conciencia; pues no podían ignorar que su labor era bien exigua, para 
ser tenida en cuenta a la hora en que la revolución triunfadora tomara a su 
cargo el gobierno de la Nación. El ex-secretario de Guerra no vacila en 
declarar paladinamente, a los millares de lectores de su obra recientemente 
sacada a luz, que él tuvo la debilidad de sumarse con los cobardenes. "A 
la segunda de esas clases — dice — tuve la pena de pertenecer yo." Y mas 
adelante: "Los maderistas inactivos nos conformábamos con hacer una 
propaganda solapada y cobarde. Seguíamos siendo objecto de mayores 
vejaciones, contentádonos con decir: "¡Ya nos las pagarán ¡". 

Nada se supo al pronto de los ciudadanos que encendidos de patriótico 
fuego se habían marchado a pelear. Ni la Prensa, ni el Telégrafo, cuando se 
referían al levantamiento maderista, sabían hallar la verdad. Cierto día 
volvieron a sus casas los improvisados guerros, disminuidos en número, 
derrotados en indumentaria, desprovistos de armas; pero con el espíritu pleno 
de la gloria del vencedor. 

Obregón declara haberse emocionado a la vista de aquel puñado de valien- 
tes. Sintió nueva oleada de vergüenza encenderte el rostro. "La impresión 
que yo recibí al verlos no se borrará de mi memoria: eran como cien; de ellos 
sesenta armados; de los armados, más de treinta sin cartucheras; y los que 
llevaban parque, lo contaban en reducidísima cantidad; los jefes se podían 
distinguir en que llevaban dotadas sus cartueheras. Las ropas que usaban 
aquéllos hombres indicaban no haber tenido cambio en mucho tiempo. Las dos 
terceras partes de ellos poseían montura y el resto la, improvisaban con sus 
propics sarapes. Todos aquellos combatientes revelaban las huellas de un 



ALVARO OBREGON 13 

prolongado período de privaciones. Empecé a sentirme poseído de una im- 
presión intensa, la que poco a poco fué declinando en vergüenza, cuando llegué 
la convencimiente de que para defender los sagrados intereses de la Patria 
sóle se necesita ser buen ciundadano, y desoír, para esto, cualquiera voz que 
no sea la del deber. Encontraba superior a mi a cado uno de squellos 
hombres." 

Confesión tan sincera, hecha con los múltiples ecos de páginas impresas, 
manifiesta que en la persona del campesino de "Quinta Chilla" el héroe se 
había plasmado. 

El tratado de Cuidad Juárez puso fin a la revolución maderista. Convoca- 
das las eleciones municipales en Huatabampo, la candidatura propuesta por 
el Partido Antirreleccionista local, triunfó; y Alvaro Obregón fué electo 
Presidente Municipal. El siempre se sentía humillado en sus adentros. Sabía 
muy bien que nada efectivo había llevado a cabo para merecer aquel honor. 
Tomo posesión del puesto interinamente. Durante el tiempo que lo desem- 
peñó, en el carácter de Obregón se afirmaron de plano la sinceridad y la 
lealtad que hoy son su norma. Le pesaba no haber luchado como los otros 
en el campo de batalla, y ocupar, sin embargo, un puesto administrativo, 
cuando ya no había riesgo que sortear, y sí galardones a repartir. 

De repente los díceres de la calle primeramente, y luego su confirmación 
oficial, dieron cuenta de la traición de Orozco al pueblo y las autoridades de 
Sonora. "Orozco de caudillo había pasado a traidor." ¡Quién sabe si a la 
felonía de este Judas (Ocho mil kilómetros en Campaña, pag. 14.) que puso 
la primera piedra del Calvario para el mártir Madero, se debe la brillante 
carrera militar de Alvaro Obregón. Si el gobieno del popular presidente 
se hubiera consolidado con la cooperación efectiva y honrada de sus colab- 
oradores en la revolución, el paladín de Celaya no habría quizás abandonado 
el Estado de Sonora, ni ceñido arreos militares. Pero el destino todo lo 
trastrocó. 

En Rellano, Orozco venció a las tropas leales que fueron a combatirlo, al 
mando del general González Salas quien, a seguimiento de la derrota se 
suicidó. El descalabro del gobierno constituido dio margen a que el de 
Sonora ofreciera a aquél, contingente de guerra del Estado. Saldría hasta 
Chihuahua a confrontar al disidente Orozco; el cual estaba ufano de su 
reciente triunfo. Con este motivo, el Jefe de la Sección de Guerra de Sonora 
pregunté a los presidentes municipales del Estado, qué número de hombres 
podrían alistar, en sus respectivos municipios, para salir al encuentro de 
Orozco. 

Obregón, en la pregunta del Jefe de la Sección de Guerra, vio la estrella 
de Belem que le mostraba el camino de su reivindicación. De acuerdo con 
aquel Jefe, enroló a trescientos reclutas; y recluta él mismo, se preparó a la 
lucha, no sospechando la odisea de victorias que el porvenir le reservaba. Ya 
entonces no vaciló un instante en ahandonar su hogar, a su familia y a la 
plantación de "Quinta Chilla," para emprender la dolorosa carrera a que la 
Revolución debe que un ex-obrero, un ex-labriego le haya entregado más de 
la mitad del territorio de la República. 



14 ALVARO OBREGON 

El que sería jefe de millares y millares de soldados aguerridos, con sólo 
trescientos hombres y cincuenta caballos, formó el 4°. Batallón Irregular 
de Sonora. (Investido él mismo con el grado de Jefe Nato) empezó su 
notable carrera militar. Se hizo cargo principalmente de la caballería. El 
deber le había dicho: "He aquí la oportunidad de vindicarte;" y sumiso 
a la voz del deber, la cual fingen no oir por costumbre los más, salió a la 
cabeza de su tropa hacia los aterradores arenales de Chihuahua, donde la 
sed hace más víctimas, entre los solados, que una batería Krupp perfeccio- 
nada. En Chihuahua acababa de ser destruido por la fusilería, y la metralla 
del reaccionarismo, de que Orozco era instrumento real mismo tiempo que 
Jefe aparente, lo mitad de la columna de la Legalidad, al mando del des- 
graciado general Gonzáles Salas. Los horrores de la sed, en el desierto, 
habían consumado tres cuartas partes de la obra destructora. 

Los trescientos cincuenta, neocombatientes que Obregón comandaba, eran 
o agricultores o propietarios, mayormente de raza indígena; atezados al sol, 
de bravia estirpe y osados. Llevaban en la huraña faz y la mirada sombría 
el malestar jamás igualado que sella a aquel que por vez primera se aparta 
del terruño que lo vio nacer. 

Obregón, durante la marcha, fué recibiendo de uno de los capitames de 
su tropa, que ya había, servido en el Ejército, la instrucción militar que le 
hacía falta; la cual él mismo transmitía después a los bisónos soldados. 
Cuando llegó a Hermosillo el 4 o . Batallón Irregular de Sonora, ya habia 
hecho sus primeras armas en el camino, entre las estaciones de Pitahaya y 
Mapoli, contra una chusma de levantiscos yaquis; mermándolos y dispersán- 
dolos. En Hermosillo fué agraciado, por conducto de la Sección de Guerra, 
con la investidura de teniente coronel del Ejército, agregado al grado militar 
de Jefe Nato que ya poseía. Con tan rápido ascenso, dos meses después de 
haber vestido el "kaki" y el tejano que fueron el unforme de los soldados de 
la Revolución, el ánimo del nuevo coronel cobró alas. Obregón muy pronto 
se compenetró de la tecnia de la que supo hacer buen uso en subsecuentes 
combates. 

Desde Hermosillo, ya el 4°. Batallón Irregular formado de sólo trescientos 
cincuenta combatientes, contribuyó a la formación de una gruesa columna, 
recibiendo durante el trayecto diversos contingentes de guerra que se fueron 
incorporando, al mando de los Jefes: Rivera, Ruiz, Blanco, Alvarado y San 
Ginés; quedando este último como Jefe de la columna reforzada. Salieron 
con destino a Chihuahua. 

Orozco, a la sazón, tenía puesta la mira en la invasión de Sonora, como 
sitio de refugio; pues lo iba cazando Victoriano Huerta, todavía al servicio 
del presidente legal. Sabedor San Ginés de los planes y movimientos de 
Orozco, convocó en el Cuartel General que tenía establecido en la Hacienda 
de Ojitos, a los tres Jefes: Obregón, Alvarado y Rivera, para exponerles la 
situación y consultarles acerca de las medidas de estrategia adecuadas a fin 
de obtener el triunfo sobre el grueso de las fuerzas Orozquistas. Ribera y 
Alvarado expusieron desde luego su dictamen; en tanto que Obregón se 
encerró en modesto silencio. Sin embargo, al ser requerido con insistencia 



ALVAKO OBREGON 15 

por San Ginés, manifestó que aunque los medios propuestos por sus compa- 
ñeros eran de su aprobación, por creerlos eficaces, en su concepto eran 
también impracticables en aquél momento, por carecer de los elementos in- 
dispensables para fortificar. Apuntó otro sistema de fortificación más ele- 
mental y hacedero: el de "loberas" que supliría las zanjas y "bordes" aconse- 
jados por Alvarado y Rivera. Su opinión fué tenida en cuenta y puesta en 
práctica por San Ginés. 

Desde este instante conoció Obregón la conveniencia de someter al 
criterio de los Jefes subalternos los planes de campaña ideados por el super- 
ior. El que manda no ha de ser infalible por el hecho de mandar; y lo mismo 
que su opinión puede ser aceptada la de los subalternos quienes aguzan su 
intelecto en las situaciones críticas; pues que constantemente juagan la vida 
en ellas. 

Las batallas de Ojitos y San Joaquín, libradas con arrojo, dieron a Obregón 
las primeras victorias. 

Deshecho Orozco, no obstante su prestigio de combatiente, Obregón 
halló que su misión estaba cumplida: había destruido al enemigo que arro- 
jaba obstáculos al régimen de Madero; y estaba ya sincerado del baldón de 
cobarde con que él mismo por pundonor y dignidad, se había marcado. La 
orientación hacia el taller y el surco, donde quedaban los otros, los deshere- 
dados, interrogando a la vida, increpándola en su angustia, atraía al vencedor 
con fuerza incontrastable. Sus ideales, lo mismo en el taller que en el surco 
sabían sido: "Hacer justicia a sus compañeros en la lucha por la vida." 
Luego, después de ayudar a remover con su humilde cooperación, las dificul- 
tades que estorbaban la marcha regular del gobierno, ya su puesto no estaba 
en las faenas del cuartel. Pidió su licencia absoluta. Le fué concedida. 
Entregó el mando de tropas al mayor Antonio Guerrero, y se retiró a su casa. 

Cierta vez, San G^iés amigablemente le había preguntado: ¿Cuánto 
tiempo piensa Ud. servir al Gobierno en el Ejército?" Obregón sin vacilar 
respondió : "Estaré en el Ejército solamente el tiempo que el Gobierno necesite 
de mis servicios." Ya era tiempo, pues, que volviera a la quietud campesina, 
toda vez que en aquellas soledades de Chihuahua, nada advertía del sordo 
gurgugitar de la traición amenazadora, al rededor de Madero Cuando Obre- 
gón determinó regresar entre los suyos, en Sonora no se sabía aún del 
Cuartelazo: inicial de la tragedia que costó a la Patria mares de sangre y 
nos señaló a los mexicanos con el estigma de salvajes, a la faz del mundo. 

AI entregar en Hermosillo las fuerzas de su mando y el abundoso botín 
cobrado en San Joaquín, el Gobierno legal había premiado ya a Obregón, por 
conducto de la autoridad militar de Sonora, con el grado de Coronel. Era su 
ascenso en el Ejército resultado de la desbandada de la gente de Orozco, la 
fuga vergonzosa de este felón a los Estados Unidos y el aniquilamiento del 
Orozquismo. ¡Qué más podía haber hecho Obregón en sus primeros servicios 
al Gobierno. ¡ 

A todo esto Maytorena, uno de los gobernadores desleales de Madero que 
más titubeó antes de defeccionar descaradamente, porque intentaba con refin- 



16 ALVARO OBREGÓN 

ada hipocresía ocultar sus perversas intenciones, regresó a Guaymas, proce- 
dente de la capital de la República. 

Sabedor de la renuncia que Obregón había hecho del mando de tropas, 
lo llamó para, ofrecerle un escaño en la legislatura local, cuyas elecciones 
estaban a las puertas; no sin tejer falsedades sobre preparada urdidumbre 
que a su ambición convenía recamar. No hizo la propuesta abiertamente al 
encararse con Obregón; sino que después de anunciarle los sucesos de 
México, al través del más bonachón optimismo, fué llevando la conversación 
familiarmente a, la política del Estado; concluyendo por indicar al ñámente 
corneL el deseo de que fuese a propagar su candidatura por el distrito de 
Alamos, y asegurándole que contaría con el apoyo oficial. 

Obregón rehusó de plano. Expuso con sinceridad a Maytorena que su 
criterio político era muy otro que el que presidía, las actuaciones del Gobierno 
local; en consecuencia, o haría su labor oposicionista en la Legislatura, o 
tendría que renunciar a sus convicciones, para concordar con las de la Ad- 
ministración. Pero, añadió, que a renunciar a sus convicciones no estaba ab- 
solutamente dispuesto. Ofreció, sin embargo, colaborar en la selección de 
otras personas honorables que armonizaran con el sentir dei Gobierno. 

Maytorena en el curso de varios días fué desgranando ante Obregón las 
noticias que obtenía de México: el alzamiento de parte de la guarnición y de 
los aspirantes de la Escuela, capitaneados por Félix Díaz, MonJragcn y Reyes; 
la muerte de este general, cuando pretendía entrar manualmente por las 
puertas de Palacio; la toma de la Ciudadela por los rebeldes, y el tiroteo 
sostenido entre el Gobierno y los facciosos, por encima del caserío metropoli- 
tano. Aseguraba que Madero tenía confianza en dominar la rebelión en breve, 
pues así lo comunicaba al gobierno de Sonora, en sucesivos partes teleg- 
ráficos. 

Obregón, de Guaymas marchó a Alamos, a cumplimentar los desos de 
Maytorena, respecto a la selección de candidatos al Congreso del Estado; sin 
ultimar el asunto, continuó a Huatabampo, con anhelo de abrazar a los suyos. 
Allí corazones estremecidos y brazos abiertos lo esperaban. 

Era el 1» de febrero de 1913. 



ALVARO OBREGON 17 



III. 

Diez días, con treguas insignificantes de horas, la ciudad de México se 
bañó en sangre. Las ametralladoras desgranaban balines que barrían las 
calles de transeúntes y clareaban las fachadas de los palacios metropolitanos, 
precisamente en el centro de la sacrificada urbe, donde el tráfico ordinaria- 
mente animado, se había simplificado al extremo de que sólo transitaban por 
las calles principales, vendedores ambulantes, que en la lucha por la vida se 
arriesgaban a perderla, o criados de casas ricas, en busca de las indispen- 
sables subsistencias para las familias que no habían podido salir del núcleo 
peligroso. A veces los criados no volvieron ni se supo de ellos más que por 
conjeturas: compondrían quizás el montón de cadáveres que en la calle tal o 
en la calle cual, rociados de petróleo, ardían. 

Como solución de la Decena Trágica, Huerta subió al poder por intrigas 
largamente por él urdidas, que no dejó de sancionar en su oportunidad el 
congreso maderista, echando de golpe y porrazo al país, en la tiranía más 
odiosa. 

Desde tiempo atrás, las acusaciones que nos llovían contra la cohesión 
del pueblo nos venían de molde; tenían su razón de ser: el pueblo se descon- 
ocía a sí mismo. Sabía} que estaba condenado, por el destino ciego, a la 
obscuridad y a la insignificancia; a la quietud de la vida pasiva, sin las 
zozobras que pone en el pecho la aspiración. Su apatía era disculpable; era 
como un atributo fatal del que parecía imposible sacudirse; pero una vez 
que Madero encendió las conciencias tenebrosas de las multitudes, con la 
antorcha de una revolución reivindicadora, de los derechos de los oprimidos, 
los habitantes del Distrito Fedral, y principalmente los de la Capital de la 
República, fueron cobardemente delincuentes, al alzarse de hombres, ante 
la peligrosa situación del Gobierno legal, dejando hacer a los facciosos que 
lo agredían, toda suerte de infamias. 

En retorno a la indiferencia pública, Madero acuartelado en Palacio, no 
cesaba de pensar en su pueblo dolorido; en las dificultades que hallaría para 
confrontar la situación. Por orden suya se repartieron en las Comisarías 
cereales a los indigentes. Estos bendecían a su protector y nada más. Nada 
podía el agradecido populacho, destituido e inerme, contra la furiosa llovizna 
de balines de las ametralladoras, ni contra las granadas que el felón Angeles 
distribuía en la ciudad, con mal intencionada impericia. Aquella porción de 
los habitantes capitalinos que sólo tienen valor numérico cayó en la jornada, 
como carne de cañón. Aquellos de la masa popular que escojieron encapetarse 
con la más cruel indiferencia, se refugiaron en las barriadas para seguridad, 
fuera del radio peligroso. 

Después de diez días de combate, simulado o real, pero desvastador y 
tracedental por todos conceptos, la tragedia criminal con que se inició el 



18 ALVARO OBREGÓN 

Huertismo se llevó a cabo con toda la salvaje pompa desplegada por la hiena 
que cae improvisamente sobre un rebaño. La fatal noticia de la tragedia 
inicua alcanzó a Sonora. 

Una hora después del retorno de Obragón a su casa, se recibió en ella 
con la nota de urgente, un telegrama en que Maytorena reclamaba la presencia 
en Hermosillo del militar retirado, para comunicarle acontecimientos de im- 
portancia. Obedeciendo el llamado de la autoridad, volvió a montar en su 
coche Obregón, e hizo arrendar hacia Hermosillo. 

Ya se sabía allí, a su llegada, que el presidente y vicepresidente de la 
República habían sido aprehendidos por Blanquet y estaban a merced de 
Huerta, Félix Díaz y Mondragón, quienes se habían confabulado, al amparo 
de Lañe Wilson, Embajador de los Estados Unidos, para implantar el reac- 
cionarismo en la Nación. Lañe Wilson y Huerta, dos ebrios connotados en el 
mundo del escándalo, iban a dirimir de consuno, los destinos del pais, hosti- 
gados por el torcedor de requerimentos ambiciosos, que a cada uno atena- 
ceaban. 

Cuando Obregón, en compañía de otros patriotas, se presentó a Maytorena, 
para ofrecer sus servicios, en favor del Gobierno derrocado por la traición, 
notó con disgusto que el gobernador de Sonora no era propicio a la restaur- 
ación de la legalidad. En los momentos de mayor ansiedad por la suerte de 
Madero y Pino Suárez y por el porvenir de la Patria, a Maytorena no le pre- 
ocupaba más que la alteración de la paz, que a todo trance deseaba conservar, 
aún a trueque de que el Estado de su mando estuviera en riesgo de perder la 
autonomía. 

Por fin cundió, con la rapidez con que cunden las noticias funestas, la 
del asesinato de los dos prisioneros mártires; y Maytorena se dejó ver de 
resalte, como cobarde y como ladrón. Taimadamente huyó al extranjero, 
llevándose los fondos de la tesorería, amparado por una licencia del Con- 
greso local. 

Obregón descubrió la doblez de Maytorena, mientras éste tramitaba 
amañadamente la fuga. Le pidió que definiera su actitud embozada mien- 
tras que él sin darse por requerido, se ocupaba en enviar sendos emisarios 
secretos, bastante autorizados para conferir, a los gobernadores de Coahuila 
y Sinaloa. Por fin, urgido enérgicamente por Obregón a autorizar el levan- 
tamiento del Estado contra los usurpadores, contestó al valiente soldado: 
"De abolengo traigo ligas que no podrá romper, con todos los hombres que 
ustedes llaman científicos; no tengo carácter para andar huyendo por las 
sierras, comiendo carne cruda; y, por último, estoy enfermo, y mi agotamien- 
to es tal que ya no puedo prolongar esta situación." La mayoría de las 
entidades de la Federación reconocieron el gobierno espurio de Huerta; pero 
Sonora, que ignoraba aún la actitud de Don Venustiano Carranza y el con- 
greso de Coahuila, no aceptó el régimen de la usurpación, maculada con el 
asesinato de Madero y Pino Suárez. El nefando crimen difundió coraje entre 
los sonorenses, los cuales se rebelaron sin pérdida de tiempo, contra el asesino 
y sus cómplices. 

Obregón fué nombrado entonces Jefe de la Sección de Guerra, por el 



ALVARO OBREGÓN 19 

gobernador, Don Ignacio Pesqueira, sucesor del indigno May torería. Al rom- 
pimiento de Sonora, declarado solemnemente en el manifiesto de 5 de marzo 
de 1913, por el Congreso del Estado, los patriotas, incipientes como soldados, 
que hoy ocupan elevados cargos en la Adminstración del Constitucionalismo 
triunfante, se apercibieron a la lucha, y se diseminaron por toda la región 
Sonorense. Fueron los coloboradores y compañeros de Obregón un puñado 
de bravos: Hill, Diéguez, Alvarado, Cabral, Elias Calles, Aniceto Campos, 
Bracamontes y el teniente Macías. Obregón al mando de 500 hombres, de- 
bidamente autorizados por Pesqueira, salió a combatir a los federales, en el 
norte del Estado. Lanzó un manifestó al pueblo sonrense, exitándolo a pelear 
contra Huerta y sus secuaces, en nombre del Derecho. En dicho documento 
Obregón exhibe su lealtad a los fueros de la justicia, y el horror que le 
causan la felonía y el crimen. Su devoción por la Legalidad y su culto por las 
virtudes cívicas se muestran al despuntar el caudillo sonorense en la carrera 
militar. 

Se puso a la cabeza de los 500 hombres que formaban el 4/0. Regimiento 
irregular de Sonora y fracciones del 47 y del 48 Cuerpos Irregulares. Acaso 
presintió que la campaña que iba a emprender contra la usurpación no sería 
única, sino una serie de combates rudos, en que se jugarían mil vidas, si mil 
vidas tuviera cada combatiente. Pensó entonces con tristeza en los pequeñas 
hijos y en las tres mujeres que, con exquisita ternura, le habían criado y 
hecho de él un hombre tan cabal; y el padre y el hermano hicieron que el 
corazón del patriota se conmoviera. Entonces escribió a su pequeño hijo, 
como despedida, las siguientes líneas: 

"Hermosillo, a 27 de febrero de 1913. — Señor Humberto Obregón, Huata- 
bampo, Sonora. — 

Mi querido hijo: Cuando recibas esta carta, habré marchado con mi 
batallón para la frontera del norte, a la voz de la patria que en estos momen- 
tos siente desgarradas sus entrañas, y no puede haber un sólo buen Mexicano 
que no acuda. Yo lamento sólo que tu cortísima edad no te permita acom- 
pañarme. Si me cabe la gloria de morir en esta causa, bendice tu orfandad, 
y con orgullo podrás llamarte hijo de un patriota. Sé siempre esclavo del 
deber; tu patria, tu hermana y esas tres mujeres que les han servido de mad- 
res deberán formar un conjunto sagrado para tí, y a él consagrarás tu exis- 
tencia. Da un abrazo a Mariá, a Cenobia y a Rosa, y tú, con mi querida Qui- 
quita,, reciban el corazón de su padre. — Alvaro Obregón." 

El destinatario de esta delicada misiva contaba cinco años de edad. 

En efecto, la ausencia del hogar debía ser larga, la lucha ruda y cruel, 
contra la iniquidad y la injusticia. Natural era aquel rapto de sentimiento 
y ternura por los suyos, en el momento de la partida. Sólo una hora le había 
sido dable entregarse a los goces de la familia, después de las primeras lides 
contra el Orozquismo: una hora de libre, desligado del servicio militar, ceñida 
la frente con los nacientes laureles del vencedor. 

Salió con sus tropas hacia el Norte. Naco, Cananea y Nogales le atra- 
jeron, por ser tres plazas comunicadas entre sí por líneas férreas, cuya po- 
sesión importaba a los revolucionarios; así, pues, Obregón determinó arreba- 



20 ALVARO OBREGON 

tarlas, de una vez, a los huertistas que las defendían, al mando del prestigiado 
federal Pedro Ojeda. 

El curso patético de la revolución armada tornó al hábil labriego, en 
completo estratega. Los jefes de Obregón al igual que los compañeros de 
grado y los subalternos, reconocieron en él, pericia y va,lor, y lo diputaron 
futura gloria del Ejército. Obregón babía fundado ese criterio en favor 
suyo, exponiendo planes de campaña muy atinados, en los consejos y juntas 
previas que era costumbre celebrar antes de llevar a cabo una acción, o de 
acomentimiento, o de defensa. Mostrábase siempre su pericia en el petrech- 
amiento que exije la resistencia contra agresiones enemigas, lo mismo que 
en la disposición de las tropas, para tomar la ofensiva, con éxito probable. 
Obregón, con todo, era parco en opiniones técnicas. Si el superior le con- 
sultaba sobre proycetos de táctica militar, él modestamente, declinaba su 
parecer; urgido a darlo, opinaba al fin con tal acierto que sus indicaciones 
eran siempre apreciadas por los expertos. El éxito creciente en los com- 
bates corroboraba la habilidad del soldado novel. 

El ex-secretario de Guerra nunca contó con hacer carrera en la milicia, 
de una manera formal. Como Don Ignacio Altamirano, nuestro literato 
ilustre, que figura entre los civiles mexicanos de justo renombre y uno de los 
indios esclarecidos que son orgullo de la raza, Obregón ha sido solamente 
soldado ocasional. Salido a las filas por las necesidades del momento, una 
vez reivindicada la patria, él abandonaría el servicio militar, y volvería desar- 
mado a poner de nuevo su contingente de trabajo en el ruedo social. 

Pero eso sí, saldría a la palestra una y mil veces, contra todos los enemi- 
gos de la libertad y la democracia; tanas veces cuantas la libertad y la 
democracia en México, se vieran menoscabadas, o amenazadas siquiera por 
tiranos, ya fueran éstos nacionales o extranjeros. 



ALVARO OBREGON 21 



IV. 

Desde Ojitos y San Joaquín, lugares que vieron los primeros hechos de 
armas de Obregón, hasta la, famosa batalla en las cercanías de León, que 
decidió el triunfo de los revolucionarios, el soldado de Huatabampo antes de 
llevar a cabo una acción, ya fuese de ataque o de defensa, jamás dejó de 
someter ante la consideración de sus inmediatos subalternos, los planes que 
organizaba para combatir: igual que lo habían hecho con él sus jefes cuando 
en lugar de comandar ejércitos sirvió a las órdenes de generales de repre- 
sentación. En esto obedecía a impulsos de su intuición de estratega por tem- 
peramento. A menos que los apremios de la guerra; en ocasión de agresiones 
intempestivas del enemigo, le obligaran a tomar medidas violentas de re- 
presión, o a emprender marchas sobre él, no estudiaba en conjunto con sus 
compañeros, los proyectos militares: se multiplicaba entonces yendo de aquí 
para allí y multiplicaba también sus órdenes. Porque como fuera dable, no 
lo hacía sin consulta previa: le agradaba oir los pareceres de los bravos 
soldados que le seguían a la muerte, posible siempre; a veces probable; y, 
en algunos casos segura e inútil. Hill, Diéguez, Cabral, Lucio Blanco, Alva- 
rado y otros valientes pueden atestiguarlo. 

Del combate de León, diestramente planeado y concienzudamente dis- 
cutido, escapó Obregón milagrosamente con vida, aunque gloriosamente 
mutilado. 

Cauto y celoso de la vida agena, desde los comienzos de la suya de 
militar, acostumbró arengar a las tropas advirtiéndolas de los peligros de 
un combate. En San Joaquín no sólo mostró los riesgos de la acción que se 
quería librar, sino que también hizo saber a los combatientes que en ESE 
MOMENTO mismo de decidirse a pelear, se ofrecía CASUALMENTE la 
posibilidad de evitar un combate, retrocediendo al cuartel general; aunque 
esto sería cubrirse de ignominia. Explicó, asimismo, que el deber del sol- 
dado es AVANZAR, AVANZAR SIEMPRE; e intimó a los que quisieran se- 
guirle, (PUES EL AVANZARÍA) a que lo manifestaran dando un paso al 
frente. 

No hay para que decir que el avance unánime de todos los soldados fué 
ia respuesta, a la intimación del Jefe. El valor' es admirablemente suges- 
tivo; y el desplegado por Obregón en su arenga, manifestando su decisión a 
luchar, engendró coraje y denuedo en la tropa. Hasta entre la muchedumbre 
de curiosos que presenciaban la formación de la columna, obró el contagio 
bélico: pues que, de los ciudadanos pacíficos y pacifistas que escucharon la 
arenga, se presentaron armados a enrolarse, a poco rato, veinticuatro, ya 
listos para salir al campo. Esto fué la señal del prestigio militar que despun- 
taba en Alvaro Obregón. 

En el término de un mes rindió al Gobierno del Estado tres partes suce- 
sivos, dando cuenta de la toma de las tres plazas primeras que fueron el 



22 ALVARO OBREGÓN 

punto de mira de la Revolución: Nogales, Naco y Cananea. La posesión de 
esas tres plazas de pueblos limítrofes con los Estados Unidos, daba a los 
revolucionarios facilidades de aprovisionamiento para la gente de guerra, y 
le procuraba la ocasión de cerrar las puertas de la fuga a los federales. 

Dos incidentes de importancia — aunque Obregón al primero no le da 
ninguna — ocurrieron durante el curso de las acciones militares que llevaron 
al triunfo a los revolucionarios en Naco y Cananea: uno fué que el insubor- 
dinado coronel Bracamontes atentó felonamente contra la vida del bravo 
jefe de la Sección de Guerra y de la columna militar. Obregón lo refiere, 
o por mejor decir, se refiere a él, con extremada sencillez en su obra "Ocho 
mil Kilómetros en Campaña." "A la hora citada, dice, y antes de que se in- 
corporaran los demás jefes (se trataba de acudir a una cita convocada por 
Obregón) se presentó el teniente coronel Bracamontes, seguido de algunos 
hombres armados, pretendiendo asesinarme, exponiendo como pretexto que 
yo estaba traicionando, y que necesitaban quitarme de en medio. Logré im- 
ponérmele sin hacer uso de la fuerza armada, que aunque allí no la tenía, 
pude haberla pedido a los campamentos." Y no vuelve a mentar palabra 
acerca del cobarde atentado. 

El otro incidente, de importancia capital para Obregón, fué el desconoci- 
miento del cuidadano Carranza al Gobierno del Usurapador, su protesta contra 
los crímenes de Huerta y socios y el levantamiento, con la,s armas en la 
mano, de algunos elementos del Estado de Coahuila que tenían como jefe al 
mismo Carranza. En Sonora, a raíz de los criminales sucesos ocurridos a 
la terminación de la Decena, Trágica, se tuvo por seguro que el Gobernador 
de Coahuila, en nombre del Estado, se había adherido a la Usurpación. La 
noticia llegó a Nogales por los Estados Unidos. 

El hecho de la adhesión de Carranza, y el congreso de Coahuila a la 
causa de la reivindicación, en favor de los libertadores idealistas, llenó de 
aliento a los Sonorenses, que ya peleaban de cuenta proppla, a la sombra 
del lábaro de la Democracia. Siendo Don Venustriano Carranza gobernador 
Constitucional, y en representación legítima del Estado de Coahuila, nadie 
vaciló en reconocer su autoridad. Además Don Venustiano Carranza tenía 
antecedentes políticos que lo abonaban como experto y honorable. Pudo 
conocer las máculas del régimen tiránico de Porfirio Díaz, por haber servido, 
durante la administración del tirano, varios cargos: jefe político, senador 
gobernador de Estado. Gobernaba a la sazón el de Coahuila. Fué además, 
miembro prominente del Partido Antirrecleccionista, en la revolución enca- 
bezada por Madero en 1910. 

Rendida la plaza de Cananea a los bravos combatientes que luchaban a 
las ordenas de Obregón, y coincidiendo con la fecha de su caída, (26 de 
marzo de 1913) fué promulgado en la Hacienda de Guadalupe, el PLAN en el 
Estado de Coahuila, que sirvió, desde enconces, de estandarte a la Revolución. 
Al decir del glorioso manco de Trinidad, el Plan de Guadalupe PUNTULIZABA 
LAS FINALIDADES DE LA REVOLUCIÓN. 

En el Plan de Guadalupe se reconocía como Jefe del Ejército Constitu- 
cionalista a Don Venustiano Carranza, de quien se sabía ser un hombre de 



ALVARO OBREGON 23 

edad madura, austero de costumbres, parco en el hablar y firme para con- 
ducir a término cualquier empresa magna, por compleja y laberíntica que 
fuese. 

Se afirmaban, con la recia voz del pueblo, que Carranza, por conocedor 
de la podredumbre del gobierno porfiriano, contra el cual protestaba su in- 
dignación de honorable, soñaba con un régimen moral: igualdad para la 
nación mexicana ante el Derecho y la Ley, respeto a las conciencias, respeto 
a los criterios, lo mismo en religión que en política. Don Venustiano 
creía que habia llegado el tiempo de luchar por todo eso que era un sueño divino 
en la mente, pero que podría convertirse en cumplida realidad, aunque no en 
un día o dos, ni llanamente, sino en el tiempo, largo o menos largo, y a 
costa de inefables sacrificios. 

Obregón, desde luego, simpatizó con el flamante plan, que en hojas 
volantes, empezaba a llover por la región fronteriza. Se aferró de corazón 
a ese inesperado Plan de Guadalupe, cuyos estatutos, aunque esbozaban apenas 
otro plan más vasto, que vendría respués, ya eran un primer paso y una 
bandera. 

Cuando Sonora envió a Coahuila su adhesión, por medio de Adolfo de 
la Huerta y Roberto Pesqueira, Obregón encargó a dichos comisionados que 
se sirvieran, a nombre suyo, saludar a Don Venustiano Carranza. Al saludo 
añadía la siguiente recomendación, que es un trozo fuerte y significativo de la 
figura Obregoniana, siempre resistente, e inconmovible, contra el recio pal- 
pitar de la ambición, "Les suplico presentar mis respetoc al señor Car- 
ranza, y en mi nombre sugerirle la idea, no como una condición, sino como 
iniciativa mía solamente, de que expida un decreto inhabilitándonos a todos 
los jefes que tomemos parte en el actual movimiento armado, para ocupar 
questos públicos, dado que todas las desgracias nacionales se han debido a 
desenfrenadas ambiciones de los militares". 

Como prueba de subordinación, al rendirse la plaza de Naco, Obregón 
envió parte telegráfico al Cuartel General establecido en Piedras Negras 
por don Venustiano Carranza, con su carácter de Primer Jefe de la Revolu- 
ción, dando cuenta de tan feliz suceso. 

Desde este instante Obregón se afilió al Plan de Guadalupe con la sin- 
ceridad que es en él una floración espontánea de su recto espíritu. Se pro- 
puso defenderlo y sostenerlo con su espada, hasta que con el triunfo de la 
Causa, el Plan de Guadalupe resultara caduco, pues no sería sino institución 
transitoria, propicia para levantar ejércitos que a la larga tendría que ser 
postergado a otro plan grandioso, definitivo, que entrañase una nueva com- 
pilación de Leyes: una constitución en concordancia con las ideas del siglo, 
las necesidades del pueblo mexicano y la acentuación característica del país. 
Ese plan más vasto que se llamaría Carta Magna, sería discutido y sanci- 
onado en un Congreso extraordinario por los prohombres de la. Revolución. 



24 ALVARO OBREGON 



V. 



La huida de Ojeda, a seguimiento de la rendición de Naco, fué el prin- 
cipio del fracaso de los federales que, para mengua del ejército mexicano, 
servían al usurpador asesino. Con el cobarde jefe huyeron también las tropas 
de su mando. Ojeda y sus hombres, humillados por la derrota, fueron a 
deponer sus armas y a entregarse vencidos, ante las autoridades de allende 
la línea, divisoria. OBI jefe norteamericano de la localidad hizo internar a 
los derrotados fugitivos en el fuerte Bliss, en calidod de prisioneros. Ojeda, 
general de prestigio entre los Huertistas que se regodeaban al olor de la 
sangre, era un chacal en la plentitud de los instintos foroces que caracteri- 
zan a las fieras. "Daba brutal trataminto, dice Obregón, a nuestros heridos 
que caían en sus manos; los que capturó al derrotar a Calles y Bracamontes 
recibieron una muerte despiadada: sus cabezas fueron trituradas por enormes 
piedras que, por orden de Ojeda, se arrojaron sobre aquéllos infelices heridos. 
Cierto día, dentro de la plaza de Naco, Ojeda ordenó la aprehensión de los 
ciudadanos simpatizadores de nuestro movimiento, y luego hizo sacrificarlos 
con inconcebible lujo de crueldad y de barbarie, atando al cuello de cada 
uno un pañuelo, y haciendo retorcer éste con un bastón, hasta que aquellos 
infelices quedaron estrangulados." (Ocho mil Kilómetros en Campaña, 
pag. 70.) 

El general Hay, en un vehemente discurso pronunciado en la Cámara de 
Diputados en la sesión del 5 de agosto de 1917, refiriéndose al mismo de- 
salmado, dice: "que para demostrar su crueldad, basta recordar que, en 
Sonora hizo colgar de los dedos pulgares de los pies, a cinco peones por 
el hecho de haber ayudado a echar carbón a una máquina de los revolu- 
cionarios; y que mandó ahorcar, con alambre del telégrafo, a muchos indi- 
viduos; y a otros fusiló sin formación de causa,". El general Calles ha hecho 
del dominio público, por medio del telégrafo, que Ojeda cometió innumer- 
ables crímenes en Sonora y Sinaloa, y que es autor del asesinato de un Señor 
don José José Gutiérrez, residente en Nacozari. En el mismo recinto de la 
Cámara, el diputado general, don Aarón Sanz, relató la macabra tragedia en 
que, por orden de Ojeda, el anciano Severiano Talamantes y dos hijos suyos, 
Severiano y Arnulfo, que fueron de los primeros patriotas levantados en 
armas en Sonora, contra, la tiranía porfiriana, hizo que los dos hijos cavaran 
la fosa del padre. En seguida los fusiló, en presencia del autor de sus días, 
remantando después, con la muerte del viejo, el horrendo crimen. 

Personas respetables de Sonora, que allá en tiempos huertianos de 
espluznante recordación, lorgraron venir a la. ciudad de México para asuntos 
particulares de urgencia, referían a los investigadores que los acosaban a 
preguntas sobre el estados que guardaba la revolución, que Ojeda era el 
procer monstruo de los militares de la Usurpación: al infeliz que tropezaba 
en los caminos, al rededor del campo donde se reñían combates, le mandaba 



ALVARO OB^GON 25 

detener. El mismo Ojeda le interpelaba acerca del motivo que le llavaba por 
los lugares donde se le había encontrado, y él mismo también, le olía, las 
manos: si le parecía que las manos del detenido olían a plomo, el bárbaro 
huertista mandaba fusilar al prisionero, no obstante sus protestas de inocen- 
cia y los clamores y gemidos de las víctimas que se resistían a morir. 

Los soldados que siguieron a Ojeda eran mayormente de raza indígena. 
El gobierno de la Dictadura los había ido privando poco a poco del dominio 
de sus tierras ancestrales; o los arrancaba súbitamente de ellas a la hora 
nefanda de la reclutación de tropas, por el sistema conocidísimo y aterrador 
de la leva. Eran los Juanes de otros días, los Juanes legendarios de todos 
los dias que, lo mismo en las guerras internacionales que en las luchas in- 
testinas de México, sabían resistir heroicamente a las penalidades de la 
campaña, y cuando su tenacidad admirable no fallaba en el resultado de un 
combate, asistían inconscientemente a las apoteosis del triunfo, como im- 
pulsados a éxitos y derrotas por leyes fatales. Estos irridentos de la igno- 
rancia secular que nos tiene a obscuras de los zig-zags luminosos del pro- 
greso, habían formado el grueso del ejército, desde Porfirio hasta Huerta; 
sin percatarse del paréntesis libertario que encerró a la nación durante el 
efímero régimen de Madero. Porque el alma de los Juanes, todavía amo- 
dorrada y soñolienta, con la modorra y el sueño del atraso, no se da cuenta 
de las refulgentes claridades que alumbran el camino de la Revolución. 

Al levantar el campo, después de una batalla, Obregón recomendaba a 
su gente que tuviera piedad con los caídos. Le recomendaba que tuviera 
presente las palabras que él había pronunciado en su Manifiesto al pueblo, 
en Hermosillo, poco antes de arrojarse a la lid. "El respeto al vencido es 
la dignidad de la victoria." Renán a este respecto dijo: "La humanidad se 
satisface cuando el poder vencedor trata a los rebeldes, no como a criminales 
sino como a vencidos." 

En el decurso de la guerra fué Obregón adelantando en el arte bélico. 
Mostró sorprendentes disposiciones para formular planes y disciplinar tropa 
valiéndose del sistema ejemplar. 

En muchos casos, tomaba consejo de sus inmediatos subalternos, si no 
iban éstos contra de la prudencia, al ordenar un movimiento o repeler una 
agresión. Pero siempre que entre la oficialidad de su mando surgió siquiera 
el conato de una insubordinación, supo, como jefe, asentar rudamente la mano 
sobre el culpable, obligándole a retroceder, hasta encontrar, para, encami- 
narse rectamente, el camino disciplinario que compete a los inferiores en el 
escalafón. Díganlo Lucio Blanco, indisciplinado en Tepic, e infidente en 
México; Bracamontes y el impulsivo general Alvarado, quienes, en el cerro 
de San José, en vísperas del asalto a la plaza de Naco, habían acordado modi- 
ficar el plan de ataque; y que a eso obedeció el proceder de Bracamontes. 
"Inmediatamente, dice Obregón, envié a ese jefe una nota previniéndole que 
le haría responsable de las consecuencias, si hacía explotar la dinamita, con- 
traviniendo mis órdenes, y otra nota dirigí al coronel Alvarado, comunicán- 
dole lo que decía a Bracamontes." (Ocho mil Kilómetros en Campaña, pag. 75.) 

Más si acontecía que la oficialidad, sin mostrarse remisa a la obediencia, 



26 ALVARO OBREGÓN 

interrogaba al Jefe supremo del Ejército del Noroeste, acerca del por qué de 
alguna medida táctica, que no estuviese al alcance de los bisónos, Obregón, 
verdadero iluminado en estrategia, desde los comienzos de la épica cruzada 
de la Revolución, explicaba minuciosamente lo que le pedían, buscando a 
convencer a sus compañeros de armas, no a imponer, en la de ellos, una 
voluntad de hierro. 

Su natural perspicacia le advirtió siempre la presencia de la traición: 
la advirtió primero en Maytorena; más tarde la adivinó en Angeles, 
y vio con desconfianza a Lucio Blanco, anticipadamente a la vuelta de este 
jefe, de las gloriosas filas revolucionarias, a las desprestigiadas de la fraca- 
sada Convención. 

El conocimiento que de los hombres iba adquiriendo acrecentaba en Ob- 
regón, conjuntamente con la sinceridad. Ya habla manifestado a Carranza, 
personalmente, el disgusto que a los más conspicuos jefes de la Revolución 
y a él mismo, causara el nombramiento de Secretario de Guerra, con que Fe- 
lipe Angeles fué ascendido en desventurado día, y para mal de la Causa; a 
don Venustiano no le cayó bien la observación; y sostuvo el nombramiento, 
no obstante el disgusto de los aguerridos militares. Pero, al correr de los 
días, así como pudo Obregón leer la deslealtad en la cara de Maytorena, com- 
prendió en la de Felipe la hipocresía; y no queriendo guardar en su corazón 
una sospecha que pronto podría tornarse en triste realidad, refiriéndose al 
solapado instigador de los crímenes de Villa, dijo, en Nogales, al C. Primer 
Jefe, al despedirse de él, en presencia de don Francisco Elias: "Señor, me 
voy con la pena de que el general Angeles le va a traicionar a Ud."; a la 
objeción que Carranza hizo a estas palabras, que el creyó simplemente dela- 
toras y como que echarían nueva leña a la hoguera, con su franqueza aldeana, 
el general, que iba a alejarse añadió: "Señor, yo tengo la obligación de ver 
las cosas al través de mi criterio, y de expresarlas en la forma que las veo. 
¡Ojalá y que sufra yo una equivocación!" Poseído de presentimientos, fatales, 
salió a pocos días para el Sur; pues no pudo pasar inadvertida, la mala im- 
presión que, en el Primer Jefe, habían causado su franqueza y sus palabras. 

Desde los comienzo de la lucha Obregón pudo darse cuenta de que en 
algunos individuos ahondaba muy profundamente la ambición. Contuvo sus 
desmanes hasta donde le fué posible hacerlo; previo con acierto las asonadas 
que, al establecerse el Gobierno, entorpecerían su marcha regular; no pare- 
ciéndole extraño que muchos que mal comprendieran los ideales de la Revo- 
lución, querrían aprovecharse de ella, para lucro, a la hora de establecerse el 
nuevo régimen. 

En esto tampoco se equivocó: allí están al presente inumerables am- 
biciosos, unos ya maculados, otros atisbando la oportunidad de macularse, sin 
peligrosas consecuencias, para quienes la revolución ésta y la revolución otra, 
y todas las revoluciones son peldaños de asperón, por donde se trepa sin 
resbalar a las altas cimas de la riqueza y el poder. 

Muestras de energía ha dado Obregón muchas. Hablan por él, entre 
otras, su actitud resuelta cuando al recapitular sobre el proyecto del asalto 
a Naco, algunos de los jefes subalternos, a su mando, (Alvarado, Bracamontes, 



ALVARO OBREGÓN 27 

Bule) manifestaron que era difícil empresa la que se quería llevar a cabo: 
pues la tibieza de los soldados, que ya empezaban a desertar, quitaba toda 
proabilidad de éxito. Esto no desanimó a Obregón. Desechando los temores 
de la oficialidad vacilante, invitó a la de menor grado a cooperar en el asalto 
que se proponía dar: los exhortados accedieron de buena gana a prestar su 
ayuda a su jefe; el asalto se llevó a efecto tal como Obergón lo había plan- 
eado, de lo que resultó que la plaza cayera en poder de los revolucionarios. 

En contraste con este rasgo de decisión cuando creyó prudente proceder 
con actividad en los lances de la compaña, otra vez, la prudencia le mantuvo 
inactivo: observa que para, cargar sobre Guaymas, no cuenta él con fuerza 
marítima, y el enemigo sí: los buques iban y venían libremente, abasteciendo 
con abundancia el mercado porteño; además, por igual conducto, los reaccion- 
arios recibían constantemente refuerzos de impedimenta y tropa y contaban 
con otras ventajas: ya habían tomado posiciones escogiendo a gusto los 
puntos estratégicos que acomodaban a sus propósitos; y si les convenía en 
cualquier momento evacuar la plaza, estaban capacitados de hacerlo saliendo 
para cualquier puerto del Sur, si a ello los apretaban las circunstancias. En 
las condiciones apuntadas, la convicción de un seguro fracaso, y el temor de 
exponer las vidas de las tropas a una muerte inútil, hizo que Obregón diera 
tregua al pelear. Con todo y que como hombre disciplinado hubiera querido 
obedecer las órdenes del Primer Jefe, quien le había enviado instrucciones 
acerca del modo de proceder en la campaña, el Jefe del Ejército del Noroeste 
desacató el mandato de la superioridad en esta vez, aprovechándose de las 
franquicias que los términos de la comunicación referente le otorgaba: 
"Atacará TJd. las plazas de Guadalajara y Mazatlán desde luego o cuando lo 
juzgue usted más oportuno, en vista de los intereses militares, políticos y 
comerciales." 

Y Guaymas, lo mismo que Mazatlán, no fueron al fin tomados por asalto, 
sino sitiadas, hasta que el enemigo se vio obligado a evacuar ambas plazas. 



28 ALVARO OBREGON 



VI. 

En tanto que la revolución iba dando tumbos, a los embates del destino, 
desparramaba sus tropas aguerridas, por donde podía abrirse camino, como 
vigorosas raíces de un árbol secular. Deploraban los revolucionarios, desde 
lo más íntimo de sus patrióticos sentimientos, el inicuo atentado de los in- 
vasores de Veracruz; y buscaban la manera decorosa y eficaz de repelerla. 
La, afligida patria nuestra era solamente ludibrio del abominable usurpador. 

Huerta había apelado a una histrionesca mascarada, creyendo que con 
eso se ganaría el favor del público; y que el pueblo ayudaría proyectos ma- 
quiavélicos. Se quivocaba el asaltante de la silla presidencial. Eran sus 
aberraciones de idiota, su ambición desmedida y su egoísmo lo que había 
provocado el desembarque de las huestes enemigas y sacrificado a inumer- 
ables víctimas; pero el pueblo mexicano había perdido la cordura. 

A las primera voces de la prensa asalariada, apelando clamorosa al 
patriotismo popular, la indignación levantó gritos de protesta. Abogaban los 
periódicos esbirros, con palabrería dolorida, al valor de los mexicanos todos 
en nombre de los hijos del puerto, de quienes se dijo que se estaban batiendo 
heroicamente en las calles de Veracruz. Conmovidos por el ejemplo de los 
porteños, los habitantes capitalinos, su ardor bélico se avivó: cada hombre 
capaz de empuñar una arma, y cada mujer útil para hacer una venda, o cu- 
rar una herida, acudieron a solicitar del gobierno espurio un sitio, donde 
convenía. Todos anhelaban ser ocupados de un modo efectivo: ellos a 
medirse con el invasor, cuya superioridad numérica y disciplinaria reconocían; 
ellas a velar en la cabecera de los que fatalmente cayeran en la lid. 

El patriotismo latente en el corazón vigorizó los brazos desmayados. 
Hasta los niños de escuela, contagiados del entusiasmo guerrero, que ya era 
delirio en los imberbes y ciego arrojo en los hombres avezados a combatir, 
pedían tenazmente que se les armara y se les ejercitara en las maniobras 
militares, para ir a pelear por la Patria. 

Un buen par de horas de engaño oficial, de parte de la bufona adminis- 
tración, bastó para poner a gran altura el amor y la fidelidad del pueblo a la 
tierra nativa. Pero tan pronto como se traslució la superchería del Gobierno, 
al través de la grosera mascarada de una manifestación, en que, a la viva 
fuerza, fueron actores los empleados de todas las oficinas, los obreros de 
todas las fábricas, los artesanos de todos los gremios y los chicos de todas 
las escuelas, la mayoría de los congregados, que de buena fe se habían pre- 
stado a autorizar con su presencia la protesta nacional contra la intrusión 
de los norteamericanos, enrojeció de vergüenza. Humillaba que los extran- 
jeros residentes, que de la verdad de los hechos estaban enterados de todo 
por sus cónsules y ministros, tomasen a los nacionales como unos mentecatos, 
burlados por el propio Gobierno. De golpe entendieron que con aquella farsa 



ALVARO OBREGON 29 

el desquiciamento de la actuación de Huerta había empezado. !No se apela 
así nomás al patriotismo de un pueblo para sacarlo al balcón, con un INRI 
en la frente, sin esperar la represalia del desprestigio y la desautorización 
general. ¡ 

Por otra parte Huerta se esforzó en que la comedia de brocha gorda saliese 
al colmp de su deseo. El largo recorrido de las muchachas estudiantes, dis- 
frazadas de enfermeras de la, Cruz Roja, bajo las inclemencias de abril, 
había engrosado las filas de los curiosos que llenaban las calles. Mas cuando 
cundió una voz denunciando las arterias y engañifas de las autoridades, la 
procesión teatral procedió a la mortificante desbandada. El Gobierno no 
consiguió, a la postre, otro resultado que ciertos atropellos de ORDEN SUP- 
REMO llevados a término por el populacho, contra las casas de comercio 
norteamericanas; y que todos los extranjeros originarios de aquella nación, 
atemorizados hasta lo increíble, ocultaran súbitamente su nacionalidad. De 
improviso abundaron en las calles los hijos orgullosos de Washington, osten- 
tando en el ojal colores que les eran extraños; y en las casas en que se sab- 
ían que habitaban norteamericanos, connotados o no, se izaron banderas que 
no eran las suyas. Los letreros en iglés desaparecieron de los frontispicios 
de las casas comerciales, bajo sendos lienzos blancos: muchos de estos car- 
teles no pertenecían a negociaciones de individuos de los Estados Unidos, sino 
a ese grupo híbrido, no escaso en México, que está resultando de enviar a 
los jóvenes del país a crecer, desarrollarse, educarse y desmexicanizarse en 
el exótico ambiente de los Estados Unidos. 

De ventanas, balcones y azoteas fué arriado quietamente el pabellón de 
las barras y las estrellas, el cual, para escarnio de los invasores, se reprodujo 
a poco, en millares de diminutas banderas que aparecieron prendidas en las 
testas de las caballerías trajineras, o atadas a la cola de los machos que 
tiran de las carretas destinadas a cumplir los más humildes servicios 
municipales. 

'Lo característico de la algarada patriotera en que sirvieron de fondo 
bambalinas y bastidores, fué que Jorge Huerta, un hijo del Usurpador, perito 
en la licencia y la incontinencia, como su padre, hizo arrastrar por las calles 
de la ciudad, la enlodada y mutilada estatua de Washington, que una turba 
de imbéciles, capitaneada por el mismo inverecundo, había arrancado del 
pedestal de la plaza de Dinamarca. 

Mientras que estos sucesos, a la par que vergonzosos ridiculos, ocupaban 
la tención metropolitana, los federales contra quienes luchaba Obregón, en 
Culiacán, al mando de Joaquín Téllez, tendían un lazo al Jefe revolucionario. 
Por conducto del general Alvarado que se hallaba a la sazón acampado en 
Empalme, Obregón recibió del huertista, una comunicado que decía: "Tropas 
norteamericanas atentoriamente desembarcaron ayer en Veracruz, comenzando 
combate. Ha llegado el momento de que olviden las cuestiones interiores para 
defender la Patria; y hago a usted un llamamiento, para unir el esfuerzo de 
todos, para lograr la salvación de nuestro país. Espero la contestación de 
usted franca y leal, para saber a que atenerme. (Firmado) Joaquín Téllez." 

Pero Obregón no es el hombre de caer en redes: inconmovible como sabe 



30 ALVAKO OBREGON 

estarlo siempre, ante toda suerte de amaños, envió a Téllez, sin dilación, la 
respuesta que él aguardaba. Dice así: 

"Señor Joaquín Téllez, — Guaymas. — El abominable crimen de lesa patria, 
que el traidor y asesino Huerta acaba de cometer, provocando deliberadamente 
una invasión extranjera, no tiene nombre. La Civilización, la Historia y el 
Ejército Constitucionalista, único representante de la Dignidad Nacional, 
protestarán con toda energía contra tales hechos; y si los norteamericanos 
insisten en la invasión, sin atender a las que nuestro digno Jefe, don Venus - 
tiano Carranza, ha puesto al presidente Wilson, el Ejército Constitucionalista, 
al que me honro en pertenecer, luchará hasta agotar sus últimos elementos, 
contra la invasión, salvando de esta manera la dignidad nacional: cosa que 
no podrán hacer ustedes, porque la han pisoteado. Por lo expuesto verá usted 
que no estamos dispuestos a unirnos con un ejército corrompido, que sólo ha 
sabido pactar con la traición y el crimen. Si ustedes son atacados en ese 
puerto por los barcos norteamericanos, y derrotados como de costumbre, se 
les permitirá la retirada, determinándose lugar donde deben permanecer, 
hasta que se reciban instrucciones del Primer Jefe, sobre lo que deba hacerse 
con ustedes. — El general en Jefe, Alvaro Obregón." 

Carranza que estaba entonces con asiento en Chihuahua, procedió a en- 
terar a su Jefe de operaciones en el Noroeste, las penosísimas contingencias 
que ocurrían respecto de la intrusión de los yankees. Algo tranquilizó a 
Obregón que ya se estuviara gestionando por la vía diplomática que los in- 
vasores cejarán en sus propósitos de hostilidad y se retirarran de nuestro 
territorio. Pero no lo confió todo al destino: ordenó a sus jefes que fuesen 
cautos, y que se preparasen para cualquier evento. 

Esto ocurría cuando Obregón con sus tropas, se disponía a seguir casti- 
gando al enemigo, en la ruta hacia el Sur. El punto de mira era para la Revo- 
lución, en aquellos días, el avance hasta la, ciudad de México, donde los des- 
manes de Huerta eran el tópico de conversación de nacionales y extranjeros. 

Pero para llegar a México la columna de Obregón, todavía, tuvo que re- 
mover considerables obstáculos: estableció sitios sobre ciudades importantes, 
riñó batallas, y fué dejando en las plazas que se le rendían, autoridades cer- 
cenadas al Ejército Constitucionalista, entregando, así, parcialmente, a la 
Revolución, el suelo mexicano. 



ALVARO OBREGON 31 



VIL 

El 18 de agosto, dos días antes de la entrada de Carranza a México, 
Obregón consultó con equel Jefe, en Tlalnepantla, él caso de la defección de 
Villa. No podía creer el invicto Sonorense que Arango, con el poder de mando 
de una importante fracción del Ejército Revolucionario, nada menos que 
DOCE MIL HOMBRES, pudiera desertar de la Causa, a la hora del triunfo. 
Lo refería todo a una mala inteligencia de Villa, y creía que el desacuerdo 
entre éste y Carranza acabaría con una franca explicación, entre los dos Jefes, 
que aclarara los puntos que parecían enojosos. 

Obregón rogó con insistencia al Primer Jefe que lo autorizara a ir a 
Chihuahua a conferenciar con Doroteo Arango, de cuya fidelidad ya todos 
empezaban a dudar. La actitud de este hombre era más que sospechosa; 
pues se tenían pruebas de que estaba en connivencia con el traidor Maytorena. 
Además, al expresarse Villa, de Carranza, lo había hecho en conceptos 
agresivos. 

El Primer Jefe, al principio, no quizo acceder: menos iluso que Obregón, 
había comprendido que la defección de Villa no sería cosa de juguete, ni pasa- 
jera, sino definitiva y seria, y que costaría raudales de sangre a la, República. 
Carranza, en esto, dejaba hablar a la experiencia de sus canas, y no se 
dejaba engañar por los arranques de la imaginación. 

Finalmente, Obregón obtuvo el permiso deseado; y tan amplio fué, que 
no sólo se le autorizaba a conferenciar con el disidente de Chihuahua, sino 
que podría ir en compañía de Villa, comisionados los dos, a resolver las difi- 
cultades, que había suscitado la traición de Maytorena, entre éste y el general 
Calles, sostenedor de la causa revolucionaria. 

Villa fué avisado de la partida de Obregón, por el telégrafo; y preparó 
la serie de felonías que más tarde desplegó contra su huésped. Tan impor- 
tante viaje se llevó a efecto días después, saliendo Obregón lleno de fe a las 
once de la noche del día 21, para Chihuahua, acompañado de su Estado 
Mayor y seguido de una pequeña escolta. Por su parte, Carranza, se quedó 
enteramente desesperanzado del éxito de la conferencia. 

El Judas de la Revolución no faltó a recibir al comisionado y su séquito, 
no con el beso del pérfido apóstol, sino con una aparatosa comitiva consistente 
en varios generales y una brigada de infantería, tendida en dos alas, for- 
mando valla, desde la estación hasta la casa del mismo Arango, donde se le 
tenía preparado alojamiento al invicto general Obregón. Más parecía que 
aquel esplendor, con que se trataba de ofuscar a los huéspedes, era un des- 
pliegue de poder y de fuerza que parecía envolver una amenaza: Pero Obre- 
gón, cegado por la buena fe, nada sospechó. 

La conferencia no pareció revestir carácter oficial, circunscripta al 
mañosos custionario de Villa, para conocer el sentir de Obregón, acerca de 
Carranza y su obra. Por fin, Villa definió en rudas y desleales frases su 
verdadera actitud, llegando a proponer al jefe vencedor que defeccionara en 
compañía suya; y halagándole con la promesa de que sería Presidente de la 



32 ALVARO OBREGÓN 

República, una vez dominada la nueva situación. Villa se reconocía, un hom- 
bre OSCURO, y por lo mismo no ambicionaba la presidencia. 

Obregón, convencido de que con Villa ya no se podría contar, salió de 
su embarazosa situación, con palabras suaves, asegurando a su villano inter- 
locutor que en las elecciones venideras triunfaría el candidato que contara 
con más votos, y nada más. Intentó disuadirlo, también, de sus proyectos 
de guerra, puesto que ya había triumfado la Revolución. 

A ninguno de los dos jefes pudo haber contentado el resultado de la 
conferencia, como Carranza lo había supuesto, Villa no era ya más que un 
enemigo enconado y malévolo, del que ningún acuerdo con la organización 
revolucionaria se podía esperar. Los dos se ocultaron, desde entonces, sus 
sentires. Tras hartos esfuerzos con su impulsivismo, Villa asintió en acom- 
pañar a Obregón a Sonora, a conferenciar con Maytorena; Obregón descep- 
cionado de la finada conferencia esperaba un complemento de ella comple- 
tamente desventajoso para la Revolución. Había vislumbrado, en el fondo 
de Villa, la siniestra influencia del abogado Díaz Lombardo y del general An- 
geles, ambos ambiciosos, ambos sagaces, ambos desprovistos de virtudes 
cívicas. Habían comprendido que Villa, por su ignorancia, por sus plebeyos 
instintos, por su grocería ancestral, sería blando a la adulación, y que, adu- 
lándolo, lo dominarían, convirtiéndolo en dócil instrumento. Sólo así podía 
explicarse que dos hombres de mejor clase social, hábiles y profesionistas, 
pudieran conformarse con el desairado papel de cortesanos de un rufián. 

La jornada de Chihuahua a Nogales la empleó Obregón en machacar en 
hierro frío, tratando de retrotraer a Villa a la causa de la Revolución. En el 
mismo trayecto, fué recibiendo avisos, por cartas y telegramas, el bravo 
sonorense, en que se le advertía del peligro que correría su vida, si se aven- 
turaba a entrar en Nogales. Por allí también estaba la traición alerta. 

La entrevista de Obregón con Maytorena, en presencia de sus secuaces 
TJrbalejo y Acosta, y de Villa, fué por todos conceptos tirante y exaltada. 
Obregón obligó a Maytorena, casi, a que recogiera el dictado de traidor 
conque, el que sí lo era, había vilipendiado al inmaculado hijo de Sonora. 
Sobrevino un arreglo y de éste una acta, que de nada sirvió, pues algunas 
horas más tarde, Maytorena hizo circular una protesta contra los actos acor- 
dados, llena de perfidia, en la que exsudaba la envidia y la ruindad del ex- 
gobernador de Sonora. 

Ante la protesta subversiva de Maytorena, Obregón, en uso de las facul- 
tades de que había sido investido por el Primer Jefe, para arreglar lo mejor 
posible las dificultades surgidas en el Estado de Sonora, procedió a ordenar 
la destitución del infidente, del cargo de Comandante Militar. En todo este 
manejo de Obregón, para componer la cosa pública, Villa, a quien todas las 
medidas se le consultaban, pareció asentir. Dos acuerdos de ambos generales 
fueron decretados: uno era la orden de suspensión de hostilidades; otro con- 
sistía en las bases para los cambios que debían efectuarse en Sonora. 

Concluida la misión del ex-secretario de Guerra, en la entidad fronteriza, 
habiendo tenido por término la total eliminación de Maytorena en el gobierno 
de Sonora y del personal administrativo de la Revolución, Villa y Obregón, 



ALVAEO OBREGON 33 

al parecer concordantes compañeros y amigos, regresaron a Chihuahua. 
Obregón animado de los mejores deseos de llegar a una solución conciliadora 
entre Carranza y Doroteo Arango, todo lo veía color de rosa. Sus esperanzas 
acrecieron en Nogales, en vista de la falsa indignación de Villa, a causa de 
la deslealtad de Maytorena. Villa, durante la vuelta, no cesaba de halagar a 
Obregón, con zalemas, que éste interpretaba como manifestación de estar ya 
convencido de su error político. Y era que no estando Villa bajo la influencia 
malévola de Díaz Lombardo y Angeles, sino bajo la generosa de Aguirre 
Benavides, su secretario particular, aquel espíritu débil cedía al influjo de la 
persona que estuviese cerca de él, ya fuera buena o mala. Desgraciadamente 
los malos abundaban a su alrededor. Por eso han sido mayores las villanías 
del estulto jefe de la División del Norte; pues a la compñía de los dos per- 
versos, ya citados, hay que agregar la del Agente Confidencial del Gobierno 
de Washington, que era un norteamericano bribón y ambicioso. Su nombre 
es Jorge Carothers; su filiación la de cualquier aventurero afortunado. 

Obregón buscando facilidades para la conciliación deseada, propuso a 
Villa que respetuosa y comedidamente, se dirijiera a Carranza, como al En- 
cargado del Poder Ejecutivo que a la sazón era, en solicitud de algún cambio 
en el Gabinete, o de cualquiera otra modificación política que se le ocurriera. 
Se ofreció a discutir las bases y hasta a coloborar en la firma del escrito. 
Villa aceptó. El documento de referencia, por demás interesante para la 
historia de la Revolución, es como sigue: 

"Proposiciones de los generales Villa y Obregón, sometidas a la consid- 
eración del C. Primer Jefe del Ejército Constitucionalista." 

la. — El Primer Jefe del Ejército Constitucionalista tomará desde luego 
el título de Presidente Interino de la República e integrará su Gabinete con 
Secretarios de Estado. 

2a. — Tan pronto como esté integrado el Gabinete del Presidente Interino, 
con acuerdo del Consejo de Ministros, procederá a nombrar, con carácter de 
provisionales, a las personas que deban desempeñar los cargos de Magis- 
trados de Justicia. Nombrará también a las autoridades judiciales de la 
Federación, correspondientes a los territorios y al Distrito Federal. 

3a. — Los Gobernadores Constitucionales o Militares de los Estados, de 
acuerdo con los Ayuntamientos que están funcionando en las respectivas ca- 
pitales, designarán a las personas que deban integrar los Tribunales Superi- 
ores, con el carácter de interinos, y los Jueces de Primera Instancia e in- 
feriores. 

4a. — Los Gobernadores de los Estados, el Gobernador del Distrito Federal 
y los Jefes Políticos de los Territorios, convocarán a elecciones de Ayunta- 
miento, tan pronto como hayan sido nombradas las autoridades judiciales. 
Las elecciones se verificarán al mes de la convocatoria y dentro de ocho días 
de en que se hava celebrado la elección; los ciudadanos designados se re- 
unirán para erigirse en Colegio Electoral, para calificar las elecciones y al 
día siguiente, instalarán el Ayuntamiento respectivo. 

5a. — Luego que hayan quedado instalados los Ayuntamientos, el Presidente 
Interino de la República y los Gobernadores Constitucionales o militares de 



34 ALVARO OBREGON 

los Estados convocarán a elecciones; los primeros, para representantes al 
Congreso de la Unión, y los segundos, para Gobernadores Constitucionales, 
diputados a la Legislatura local y Magistrados a los Tribunales Superiores, 
en los casos en que la Constitución del Estado prevenga que en esta forma 
se elijan estos últimos. Estas elecciones se verificarán precisamente, un 
mes después de expedida la convocatoria, y servirá de base para la división 
electoral, la de la última elección que haya tenido lugar antes del 18 de 
febrero de 1913. 

6a. — Instaladas las Cámaras Federales y las Legislaturas de los Estados, 
las primeras en sesiones extraordinarias, se ocuparán preferentemente en el 
etudio de las reformas constitucionales siguientes, que propondrá el Presi- 
dente Interino: 

A — Supresión de la Vicepresidencia de la República, y manera de suplir 
las faltas absolutas o temporales del Presidente. 

3 — Modificar la computación del período durante el cual, deba desem- 
peñar sus funciones el Presidente de la República. 

C — La organización de la Corte Suprema de Justicia y la manera de pro- 
ceder a la designación de sus Ministros. 

D — La declaración de inhabilidad de todos los Jefes que formen parte 
del nuevo Ejército Nacional, para desempeñar los cargos de Presidente de la 
República, Gobernadores de los Estados y demás cargos de elección popular, 
a menos de que se hayan retirado seis meses antes de lanzar su candidatura. 

Aprobadas, las reformas constitucionales por las Cámaras Federales, las 
Legislaturas de los Estados, también de preferencia, y en sesiones extraor- 
dinarias, si hubiere lugar, discutarán las expresadas reformas. 

7a. — Inmediatamente que se conozca el resultado de la discusión relativa 
a las reformas constitucionales, el Presidente Interino expedirá la convo- 
catoria para elecciones de Presidente Constitucional y para la designación 
de los Magistrados de la Corte, en los términos que establezca la Consti- 
tución Política de la República. 

8a. — No podrán ser electes para Presidente de la República, ni para 
Gobernadores de los Estados, los ciudadanos que hayan desempeñado estos 
cargos, con carácter de provisionales, al triunfo de la Revolución, ni los que 
los desempeñen desde la fecha de la convocatoria hasta el momento de la 
elección. 

9a. — Los gobernadores interinos de los Estados, inmediatamente que 
entren a desempeñar sus funciones, nombrarán una junta, que tendrá su resi- 
dencia en la capital del Estado, y será compuesta de un representante por 
cada Distrito, a fin de que estudie el problema agrario y forme un proyecto 
que se enviará al Congreso del Estado por su acción legal. 

Chihuahua, septiembre 3 de 1914. (Firmados) : General Francisco Villa. — 
General Alvaro Obregón." 

Este documento de valor histórico inestimable, representa el sentir de 
Obregón pocos días después de la entrada del Ejército libertador, victorioso, 
en la ciudad de México, y en los momentos en que se trataba de establecer 
el nuevo gobierno. 



ALVARO OBREGÓN 35 



VIII. 

Tan seguro estaba Alvaro Obregón de que las proposiciones firmadas por 
él, en unión de Villa, eran justas, que ya creía resuelto el problema de la 
fidelidad de aquel degenerado. Obregón mismo trajo el pliego a Carranza, 
acompañado de una comisión mixta de personas bonorables (el doctor Silva) 
y de bellacos Díaz Lombardo Miguel, Ángel de Caso, un español entrometido, 
y el perverso George Carothers. 

Con todo y que don Luis Aguirre Benayides, hombre de experiencia y 
bien inclinado, que se hallaba entonces al servicio de Villa, advirtió al va- 
liente sonorense, que no era de fiarse la actitud del nefasto Arango por ser 
éste variable y tornadizo con suma facilidad, Obregón armado de su opti- 
mismo como de sus mejores armas, hizo el viaje de regreso, de Chihuahua a 
la Capital, contento y animado por la esperanza de que la revolución 
triunfante ya, no se entorpeciera en su labor gubernativa, apenas por iniciarse, 
con una división en el Ejército. 

Marchar rectamente como creía Obregón, no lo era todo: El camino del 
deber estaba, como suele estarlo siempre, muy erizado de peligros ocultos; 
muy lleno de ambiciones nacionales, que eran al mismo tiempo espíritus 
pusilánimes y apocados, muy lleno de ambiciosos extranjeros que aunque a 
todo se atrevían descaradamente, en llegando el caso, preferían obrar taimada- 
mente. Por eso se procuraban puestos de categoría y de carácter confidencial, 
cerca de los diferentes jefes de tropa revolucionaria. Además de Carothers 
había un tal Fuller, que se titulaba agente confidencial del Presidente de 
los Estados Unidos. Este individuo, por medio de la comisión villista, solicitó 
una entrevista con Obregón. No porque el divisionario tuviera recelo de 
hablar con el agente norteamericano, sino por considerar fuera de camino la 
intrusión de los YANKEES en nuestros asuntos políticos, rehusó acceder. 
Además le pareció solapadamente misteriosa la forma de que Fuller se había 
valido para solicitar la entrevista, pues los miembros de la comisión villista 
le habían dicho: "Mr. Fuller, agente confidencial del Presidente de los 
Estados Unidos, desea tener una entrevista con usted; y como consideramos 
que a usted le ha de parecer feo ir a la legación norteamericana, y a él no 
le gustaría que lo vieran venir a su oficina, creemos conveniente que la en- 
trevista se verifique en terreno neutral, pudiendo ser en la casa del señor don 
Ángel del Caso." 

¿Por qué había de parecerle a Obregón feo presentarse en la legación 
norteamericana, si hubiera tenido algo que proponer, o algo que aclarar, con 
los individuos que la representan? Si Obregón no lo hizo, ni aceptó la pro- 
puesta de los comisionados, fué porque como dijo muy bien, "NO TENGO 
NINGUNOS ASUNTOS QUE TRATAR CON MR. FULLER, SI LOS TUVIERA, 
NO ENCONTRARÍA NINGÚN INCONVENIENTE EN IR A BUSCARLO A 
SU OFICINA." 

Pero, por lo visto, Mr. Fuller estaba decidido a hablar con Obregón, y 



36 ALVARO OBREGON 

como le urgía, echando a mala parte todo escrúpulo, anunció, por el mismo 
referido conducto, su visita al general en sus oficinas. 

El norteamericano se fué a fondo con precaución. Antes de hurgar en 
el pecho de Obregón, con las afiladas garras de la malicia, le pidió algunos 
informes acerca de la SITUACIÓN MILITAR DEL TERRITORIO QUE OCU- 
PABA EL CUERPO DE EJERCITO A SUS ORDENES, PARA PODER REN- 
DIR A SU GOBIENO UN INFORME EXACTO. 

Pero Obregón, no es hombre que rinda parias a, los extranjeros, por sólo 
el hecho de serlo, y conociendo que Fuller era un entrometido en nuestros 
asuntos nacionales, dio al preguntón la respuesta que se merecía. Lo remitió 
al C. Primer Jefe, alegando que a él solamente podría rendirle informes 
acerca de los asuntos mexicanos, como de hecho frecuentemente se los 
rendía. 

Sin parecer desconcertarse al americano, continuó su interrogatorio, pero 
la siguiente pregunta fuá aún más maliciosa que la anterior. DADA LA 
PERSONALIDAD QUE OBREGON HABÍA ADQUIRIDO EN LA REVOLU- 
CIÓN, ¿POR QUE NO TENIA UN REPRESENTANTE CERCA DEL GO- 
BIERNO DE WASHINGTON? La respuesta del general no se hizo esperar: 
"Le contesté — dice — 'que el Gobierno Constitucionalista tenía su represen- 
tante en los Estados Unidos, y que siendo el representante de nosotros el 
señor Carranza, con tal carácter, era el único capacitado para tratar asuntos 
con el exterior y mombrar representantes cerca, de otros gobiernos." 

Puso Fuller, entonces, rudamente el dedo en la llaga, citando como 
ejemplo a Villa, que SI TENIA representantes en el extranjero; pero Obre- 
gón con enérgico gesto, muy de su lealtad y su bravura, procedió a poner fin 
a la entrevista contestando con monosílabos secos a las nuevas instigaciones 
de Fuller. 

Pues no faltaba más sino pretender que un soldado bizarro que expone 
la, vida por su patria, tomara como ejemplar la conducta de un fascineroso 
para normar la suya, apartándose del camino de la rectitud y de la honradez. 

En esos días, lejos de poderse restablecer el gobierno victorioso sobre 
cimientos firmes, surgieron vicisitudes a granel: desertaron de Puebla varios 
subjefes de tropa, en abierta, rebeldía con Carranza; el ex-federal Joaquín 
Téllez, en vez de licenciar a sus tropas en cumplimiento de la orden del 
general Refugio Velasco, huyó llevándose los fondos y pertrechos que se le 
habían confiado para el servicio de la columna de su mando, y las sospechas 
del rompimiento entre Carranza, y Villa continuaron creciendo y ofuscando 
el horizonte político. 

Cuando la situación del país era en extremo delicada, fué cuando Carranza, 
sabiendo lo que Obregón vale, le indicó que deseaba que colaborase con él en 
el Gabiente, haciéndose cargo de la Secretaría de Guerra. Obregón rehusó. 
Debió tener en cuenta muchas circunstancias del momento: los celos de los 
compañeros de armas, la inexperiencia de organizador de una Secretaría de 
tal magnitud, y más que ninguna otra consideración la, falta que haría en el 
campo de batalla un genral activo, cuando la posible separación de Villa, del 
cuerpo total revolucionario, obligara a, los leales a combatir de nuevo. 



ALVARO OBREGON 37 

"Yo iré a la Secretaría de Guerra si usted me lo ordena; pero juzgo de 
mi deber advertirle que quedaría fuera de mi medio, y probablemente mis 
servicios no serían tan eficaces como yo deseara. Por otra, parte si el rompi- 
miento con la División del Norte no se evita, creo que mis servicios podrían 
serle de mayor utilidad en la campaña." 

Evitarse el rompimiento, qué había de evitarse cuando estaba, de por 
medio la ambición! Un mensaje de Villa a Obregón, contrariamente a otro 
patriótico enviado la víspera, referente a que el Gobierno de Carranza exigiera 
la desocupación del territorio nacional, por las fuerzas norteamericanas, fué 
una revelación de que los funestos consejeros de Villa manifestaban a aquel 
desdichado maniquí de los reaccionarios. 

Y era que los consejeros de Villa, de quien hacían un instrumento, para 
intentar la reconquista del país, querían que su hombre de guerra, estuviera 
bien quisto en los Estados Unidos, a fin de contar con la protección de aquella 
potencia. 

El telégrafo mantuvo en comunicación continua a Obregón con Villa. En 
cada mensaje el disidente exponía su perfidia, mostrándose ya indeciso, ya 
exigente, ya desconfiado. El general le había indicado la conveniencia de 
que todos los generales en jefe unidos pidieran a Carranza que gestionara la 
retirada de los invasores que se habían adueñado de Veracruz, invitándole a 
coloborar en la petición. Al principio asintió el invitado, pero más tarde se 
mostró remiso y pidió que se aplazara la solicitud. Un día después exigió 
que las fuerzas del general Hill que habían estado operando en Sonora, de- 
socuparan dicho punto. Anteriormente había solicitado Villa, sucesivamente, 
que se le enviara a su disposición el ex-genral federal Rábago, para juzgarlo 
por el asesinato del señor general Abraham Gonzéles, y que Cabral, a la 
sazón Commandante Militar de la Palza de México, fuese a desempañar igual 
puesto, más el de Gobernador, en el Estado de Sonora. 

En todo había condescendido Carranza. 

El mismo día que Obregón salió de la capital, con destino a Chihuahua, 
precipitando su viaje, ocurrieron sucesos importantes. Se recibió un ex- 
tenso mensaje del general don Ramón Iturbe, anunciando que la brigada de 
Sinaloa, a su mando, había entrado triunfalmente en Mazatlán. De Sonora 
se supo que las fuerzas de Maytorena, descaradamente rebelde, habían ya 
combatido contra las de los esforzados jefes revolucionarios Hill y Calles; y 
por último con esa misma fecha 13 de septiembre, Carranza había dado re- 
spuesta a las proposiciones suscritas por Obregón y Villa en Chihuahua, de 
las cuales habían sido portadores una comisión villista y el mismo Obregón. 

Lo más importante, lo esencial de la respuesta del Primer Jefe, a la 
referida propuesta de sus subalternos, consiste en la declaración de que el 
PLAN DE GUADALUPE, INSPIRADO EN LAS ANORMALES Y URGENTÍ- 
SIMAS CIRCUNSTANCIAS DEL MOMENTO, NO PODU DISEÑAR SI- 
QUIERA TODOS Y CADA UNO DE LOS PROBLEMAS QUE DEBIERAN 
Y DEBEN RESOLVERSE; .... "Luego el plan de Guadalupe, a cuyo 
emblema se habían agrupado millares de hombres, de los cuales largo nú- 
mero hallábanse ya debajo de tierra, no contenía lo substancial de la Revo- 



38 ALVARO OBREGON 

lución: su finalidad expresada en un programa bien pensado y bien expresado. 
Luego era menester reconsiderar el "Plan de Guadalupe" y hacerle enmiendas. 
Esto se llevó a cabo algunos meses después, en Veracruz. 

La respuesta, de Carranza debió desorientar a muchos; disgustó grande- 
mente a Villa. Sólo el espíritu ecuánime de Obregón se manifestó aquie- 
scente con las nuevas ideas de Carranza. Obregón comprende que el hombre 
está sujeto a error, y se le alcanza que pueda uno arrepentirse de haber pro- 
fesado una fe política, como de haber profesado una fe religiosa. Si el 
ideal cambia de rumbo o se deshace, o se le persigue por la nueva ruta, o se 
le mira con tristeza roto y deshecho. 

Obregón fué de los que optó por seguir a Carranza por la ruta nueva- 
mente elegida, y, lleno de confianza, salió rumbo a Chihuahua, soñando 
todavía en evitar la defección de la poderosa División del Norte. 

En el camino, Obregón fué advertido de que su vida correría peligro, 
si adelantaba él un paso en Chihuahua. Varios amigos, entrellos Roberto 
Pesqueira, hicieron la profecía. 

Obregón no se arredró ante el peligro, y continuó su marcha, llegando a 
Chihuahua en fecha memorable; 16 DE SEPTIEMBRE. Allí empezó el juego 
del ratón y el gato. 

Unas veces el cobarde asesino dejaba entrever sus intenciones de hiena; 
otras ocultaba mañosamente la zarpa, mostrándose dócil y amigable. Trató, 
sin embargo, de hacer en presencia de su honorable huésped, una vana 
ostentación de fuerza, cuando con motivo de la gran parada con que suele 
festejarse nuestra fiesta nacional, hizo desfilar a toda la gente armada de 
que disponía, con todas los pertrechos de guerra de que disponía, ante Obre- 
gón, apuntándole al oído, durante el desfile, el número de hombres que com- 
ponía la División del Norte, la cantidad de parque, la habilidad y firmeza de 
la organización militar, abultándolo todo, exagerándolo, con intención mal 
oculta de imponer miedo. 

Miedo no sólo, sino terror le tenían sus subalternos. Algunos de ellos, 
los educados en la civilización y de entrañas nobles, le temían también y 
no se atrevían a manifestarle que disentían de opinión con él, aunque si 
hallaban modo de atraer al bandido por la senda del honor, lo hacían de 
buen grado. 

Cinco mil doscientos cuarenta hombres con cuarenta y tres cañones 
formaron la columna militar arriba mencionada; de eso se percataron Obre- 
gón y Serrano el jefe del Estado Mayor del general, no obstante Villa se 
empeñaba en triplicar la suma de dicho contingente bélico. 



ALVARO OBREGON 39 



IX 



En la respuesta al memorándum presentado por Obregón y Villa, había 
dicho Carranza que creía de altísima conveniencia convocar una asamblea, 
en la ciudad de México, que, tuviera invívida la represeneación del país. En 
ella se discutirían diversos problemas políticos y económicos afectos a la 
Nación. En efecto, a vuelta de pocos días, el Primer Jefe expidió una, con- 
vocatoria, llamando a gobernardores de Estados y a generales con mando 
de fuerzas para que formaran la asamblea que debía comenzar sus funciones 
el I o . de octubre. De aquí nació la tristemente célebre CONVENCIÓN. 

Enterado Obregón de la flamante convocatoria, trató por mil medios 
de persuadir a Francisco Villa, a que, en compañía de sus generales, pasara 
a la ciudad de México a participar de las discusiones que iban a celebrarse 
en la Convención. 

Villa se mostraba indeciso, pero al fin, hizo un llamamiento a sus gen- 
erales para tratar en junta con ellos de la conveniencia de asistir a la citada 
Convención, o nó. 

Entre tanto y como para divagar un tedio crónico, se propuso mortificar 
y humillar a su iluestre huésped, a menos las intenciones de asesinarlo fueron 
decididas par el carácter impulsivo del villano, pero que la versatilidad del 
mismo hubiese de hacerlo desistir más tarde. El hecho fué que en unas 
cuantas horas Obregón se vio en un banquete, al borde del patíbulo y luego 
en un animado baile donde los temores de ser vilmente asesinado, se disipa- 
ron en alas del luminoso espejismo que apareja la juventud. El optimismo 
irremediable del general fué buena razón para ahuyentar los nubarrones del 
horizonte político. 

Un fanfarrón de esos incorregibles que no suelen faltar en el ejécito de 
cualquier país, al narrar la aventura ocurida a Obregón en Chihuahua, se 
habría expresado en términos jactanciosos, haciendo alarde de valor desme- 
dido, cuando los DORADOS, epíteto por que se conoce a los esbirros de 
Doroteo Arango, sólo esperaban la voz de su jefe para fusilar al vencedor 
más conspicuo de la Revolución: Obregón al contrario, manifiesta con sen- 
cillez no haberlas tenido todas consigo, durante aquellas horas que él y su 
posible verdugo se paseaban por la estancia misma, considerando el glorioso 
manco cuan inconstante es la fortuna y cuan frágil es la vida. 

Quien sabe que Villa, como Victoriano Huerta, llorando mata, com- 
prenderá que no debió ser nada tranquilizador para Obregón ni que el ban 
dido deshecho en llanto, despidiera a los DORADOS, hiciera protestas cari- 
ñosas a su víctima y le invitase a cenar, llamándole melosamente "com- 
pañerito." "Ya todo pasó," — le dijo — pero Obregón intuitivamente se dio 
cuenta que lo que había pasado, podría volver a pasar cuando el asesino 
profesional lo quisiese. El peligro no desaparecería mientras Obregón estu- 
viera en las garras de Villa. Con todo, el entusiasmo juvenil hizo su obra 
en el animo de los militares todos, quienes una vez que recobraron la lib- 



40 ALVARO OBREGON 

ertad se entregaron a la alegría del baile que habían organizado. Villa se 
excusó de concurrir a él, con gran regocijo no manifestado, de parte de 
bailadores y bailadoras! ¡Si sabría Chihuahua lo que entenebrecía un 
sitio de recreo y hacía extremecer de terror a la sociedad la presencia del 
bandido! 

Nuevos sucesos desarrollados en la frontera, contrariando los deseos y 
acaso los designios de Villa, encolerizaron a éste. Mandó tropas hacia el 
Norte y volvió a ver con malos ojos a los huéspedes que antes había perse- 
guido con encarnecimiento y luego puesto en libertad con los ojos arrasados 
en lágrimas. El juego parecía seguir. Cánovas, el agente concular de los 
Estados Unidos y objecto de las confianzas de Villa, se acercó a Obregón para 
manifestarle que él y otros habían logrado que Villa lo pusiera en libertad 
así como a, sus acompañantes y para proponerle que saliera para territorio 
americano, a donde él — Cánovas — lo acompañaría y lo pondría en salvo. 

Obregón rehusó con estas palabras: "Agradezco sinceramente sus 
gestiones, y puede Ud. también expresar mi) agradecimiento a Villa y a las 
personas que acompañaron a usted ante él, para influir en su ánimo a tomar 
tal determinación; pero no puedo permitir que) se me arroje del país, a buscar 
seguridades para mi vida en territorio extranjero. Si soy un bandolero o un 
traidor, debo ser ejecutado aquí mismo en Chihuahua, pero si no lo soy, debo 
ser puesto en libertad y regresar a México a dar cuenta de la comisión que 
me confirió el Primer Jefe". 

De esta segunda detención salieron con bien los militares a quienes les 
fué permitido regresar a, la capital. 

Coincidió esta circumstancia con el acuerdo tomado después de varias 
juntas, de que Villa permaneciera en Chihuahua, mientras que sus generales 
todos emprendían viaje para asistir a la CONVENCIÓN, representando los 
intereses de la División del Norte. 

Con dos de aquellos jefes, Aguirre Benavides y José Isabel Robles, partió 
de Chihuahua Obregón, rumbo a México, quizá creyendo haber escapado de 
las garras de su verdugo, quizá presintiendo las nuevas acechanzas de Villa 
y los atropellos y abusos a que lo empujan su ignorancia, su carácter dia- 
bólico y su corazón de chacal. 

Los dos generales del execrable Villa, y Obregón sintieron, al pronto, 
como que respiraban aire de libertad. Fuera del alcance del ojo avizor del 
bandido, y a medida que el tren avanzaba distanciando a los viajeros de la 
residencia del asesino aquel, el buen humor sacudía el pesimismo. Obregón 
y sus compañeros no tardaron en estrechar la amistad. Se hicieron recípro- 
cas confidencias. De las hechas al general Sonorense, éste pudo colegir que 
ni Eugenio Benavides ni su colega se sentía adictos a Villa en quien reco- 
nocían todos los atributos de un degenerado. Protestaban los dos generales 
contra el jefe de la División del Norte, contra sus miserables consejeros y, 
sobre todo, contra la prolongación de la lucha armada, pues desertando Villa 
del grueso del Ejército revolucionario, habría necesidad de batirlo. 

No tardó Villa en volver a manifestarse, con sus viles instintos, a los ojos 
de Obregón: en la estación de Corralitos, el telegrafista entrego a los viajeros 



ALVARO OBREGON 41 

villistas un telegrama concebido así: "Sírvanse ustedes regresarse inmediata- 
mente, trayendo a Obregón". 

No obstante lo apenado que estaban Benavides y Robles, quienes ofre- 
cieron a Obregón servirlo en la forma que él indicase, la orden de Arango se 
cumplió. El tren volvió su máquina hacia Chihuahua. Obregón en vista de 
lo comprometido de la situación para sus acompañantes los incitó a obedecer 
a su jefe, a fin de no agravar la situación. 

Durante el breve regreso, hubo un verdadero pugilato, entre los tres 
viajeros, de generosidades y de protestas de adhesión. La nota más re- 
saltante de lo que hablaron los tres fué que tanto Aguirre Benavides como 
Robles se comprometieron a no permitir que su amigo sufriera humillaciones 
ni vejaciones de ninguna suerte, cuando fuese ejecutado. Aseguraron, 
ademas, que si Obregón no salía con vida de las manos del asesino, ellos 
partirían inmediatamente para Torreón, en rebaldía contra Villa. 

No porque iba Obregón camino del patíbulo, y lo sabía, se olvidó por un 
momento de su deber. Llevaba consigo treinta mil pesos que per tenecían a 
la Nación, y luego que halló coyuntura para devolver a su legítimo dueño ese 
dinero, lo envió Francisco Elias. El mensajero fué Butcher, un periodista 
norteamericano que iba de tránsito en compañía de la gente de Obregón. 

Conducido Obregón a la presencia de Villa, encontró que éste era preso 
de violento acceso de cólera. Se desató en denuestos contra Carranza y 
mostró un agrio telegrama en el cual había anunciado al Primer Jefe que 
la División del Norte no concurriría en forma ninguna a la Convención por 
aquel convocada, pues la desconocía por completo. Una bravata concluía el 
telegrama. 

Remedio eficaz para su disgusto y su despecho no podía encontrar el 
ambicioso Villa, sino fusilando a Obregón. A esta obra criminal lo animaban 
con su aparente indiferencia Díaz Lombardo, y Angeles; azuzándolo, por 
medio del telégrafo. Maytorena, y verbal y directamente Tomás Urbina, 
compadre y antiguo (cómplice de Villa, desde que el bandido era simple- 
mente el salteador de caminos Dorteo Arango. 

Nada valieron en el ánimo airado del disidente, las nobles insinuaciones 
de Benavides y su camarada, en favor de Obregón. Villa dispuso que éstos 
de nuevo embarcaran para Torreón, quizá temeroso de ceder a la persistente 
demanda de tan honradas personas. Con manejos felinos, Villa sentaba a su 
mesa a Obregón momentos después, o momentos antes de anuncirale que lo 
fusilaría, y pasaba de la, extrema insolencia de la irancundia, a la extrema y 
chavacana dicción de la confianza entre gente de baja estofa. Fija la idea 
del vil en una nueva emboscada, dijo a Obregón mientras cenaban: "Esta 
misma noche te voy a despachar con Carranza; nomas que acaben de salir 
los trenes del general Almanza." 

Almanza fué el esbirro escogido por su amo para, fusilar en el camino 
a Obregón y la oficialidad que le seguía. Providencialmente, Almanza se 
durmió, mientras su tren estaba en reposo, en una estación, y no advirtió 
que por la doble vía corría, adelantándose otro tren: el que conducía a Obre- 
gón custodiado por Roque Gonzáles Garza. 

En Corralitos se complicó otra vez la situación; pues al recibir de allí 



42 ALVARO OBREGÓN 

otro telegrama ordenando que de nuevo fuera conducido Obregón a Chihuahua, 
éste, cansado ya del juego villista, y resuelto a todo, determino defenderse 
con las armas en la mano y resistir a otra marcha hacia Chihuahua. Esca- 
paría, si era posible; de otra suerte sucumbiría, batiéndose. Iba a hacer 
cortar los hilos del teléfrafo y que González Garza fuese encerrado en su 
gabinete dormitorio, en el tren, cuando reciente mensaje de Villa autorizaba 
la prosecusión de 1 viaje, interrumpido por el telegrama anterior. 

Y era que al darse cuenta Almazán del paso de Obregón, lo comunicó a 
Villa, quien furioso, porque se le escapaba su víctima, había enviado el 
despacho que motivó la resistencia y la indignación de Obregón. 

Gonzales Garza hizo a maravilla su papel de indignado de los manejos 
de su amo, tanto, que engañó la buena fe de su prisionero. No es posible 
llamar de otro modo a un hombre a quien, con pretesto de acompañarlo 
honoríficamente, se lo lleva a fusilar. 

Cuando ya la tensión nerviosa de los viajeros se había relajado, a la 
blandura del sosiego de una jornada sin tropiezos, los ánimos se sobresaltaron, 
reiterándose la inquietud pasada en la habitación del bandido de Chihuahua. 
Ocasionó la zozobra la presencia lejana de un tren que iba precipitadamente 
al encuentro del que conducía a Obregón y los suyos. Procedía de Torreón. 
Era un tren amigo, portador de un pliego, mitad salvo -conducto, mitad orden 
terminante para que los prisioneros disimulados continuaran su marcha hasta 
las términos de Torreón. Aguirre Benavides y Robles eran los causantes 
de aquel tren misterioso que antes había ocasionado alarma, y después con- 
fianza y alegría. 

Los dos oficiales que formaban la comisión de escoltar al general sono- 
rense y sus acompañantes, valiéndose del salvo -conducto y la orden de los 
generales villistas, deshicieron en Gómez Palacio el plan de asesinarle organi- 
zado por Villa, para sacrificar a Obregón. En Gómez Palacio estaba aguar- 
dando en la estación la escolta que había de fusilarlo. Merced a la legitimi- 
dad del documento de referencia, los pasajeros no fuernon molestados, pudi- 
endo seguir su marcha. 

Por los generales que acababan de salvarle la vida fué informado Obre- 
gón de la serie de villanías que el infame jefe del Ejército del Norte había 
tramado contra él, afortunadamente todas fracasadas. El general Almanza, 
encargado de fusilar a Alvaro Obregón y a su Estado Mayor tuvo la dis- 
creción de no revelar a, su gente cual era el cometido que su jefe le había 
asignado: por eso su gente no lo despertó, para avisarle del paso de la 
supuesta víctima, creyendo inimportante ese suceso. 

Benavides y Robles, en vista de las iniquidades de Doroteo Arango, re- 
solvieron abandonarlo y seguir peleando por la Causa al servicio del Primer 
Jefe, en quien todos reconocían estar la suerte de la Nación. Por un tele- 
grafista adicto se habían enterado del despacho de Villa al Comandante Mili- 
tar de Gómez Palacio, ordenando el sacrificio de vidas que ellos supieron 
evitar. El despacho se esperaba en estos términos: "Al pasar tren especial 
de general Obregón por esa, sírvase usted aprenderle con todas las personas 
que lo acompañan y pasarlos por las armas inmediatamente, dando cuenta a 
este Cuartel General de lo ocurrido". 



ALVARO OBREGON 43 

Todavía hicieron los generales villistas algo más en provecho de Obregón : 
le advirtieron que su vida volvería a correr riesgo en Zacatecas, en manos de 
Panfilo Natera, por estar este jefe incondicionalmente sometido a Villa; y le 
aconsejaron que continuase su marcha por Saltillo, evadiendo la vía de Za- 
catecas. 

Cansado de un viaje abundoso en peripecias, quizo por fin agotarlas, y 
jugando el todo por el todo, se aventuró a proseguir por la, vía de Zacatecas. 
Si Panfilo Natera iba a serle enemigo, él quería saberlo de una vez y sortear 
los peligros todos que le salieran al paso. Desoyó los consejos de la amistad 
y se dirigió resueltamente a Zacatecas. Nuevo salvo -conducto expedido por 
Robles fué el ángel custodio, a cuya guarda los nobles militares pusieron al 
tosudo amigo. 

En Zacatecas, Natera confió a Obregón su política: estaba conforme con 
el pensar del bandido, y a sus órdenes. 

Sin externar del todo las suyas y manifestando urgencia de llegar a 
México, Obregón siguió su camino. 

Camaradas y amigos suyos le salieron al encuentro en Aguas Calientes; 
así en grata compañía hizo su entrada a la capital, decidor, alegre y mara- 
villado de haber escapado la -vida. 

En la ciudad de México había cundido la voz que Obregón había sido 
fusilado por Villa en Chihuahua. 



44 ALVARO OBREGON 



La inopinada llegada de Obregón a la capital, cuando los residentes de 
la ciudad de los palacios, mayormente enemigos del general, porque ellos 
eran reaccionarios, se estaban alegrando muchísimo de que Villa lo hubiera 
quitado de enmedio, causó un poco de sorpresa, otro poco de disgusto y 
muchísima alarma. Las medidas enérgicas que tuvo que adoptar a su llegada 
triunfante, para mantener el orden público, las cuales habían tenido como 
resultado los recientes fusilamientos de rateros en la sexta comisaría, ha- 
cían aparecer a Obregón, en la imaginación popular, como un hombre ter- 
rible. Obra de la reacción que de cualquier ocasión hacía incapié, para 
desprestigiar a los revolucionarios, era la grita popular. Así, fué visto con 
desagrado, por muchos, que el valiente general hubiera escapado, sano y 
salvo, de la ferocidad villista. 

Los peligros frecuentes, o más bien sucesivos, de perder la vida, templa- 
ron su alma; pero no lo dotaron de perspicacia ni de malicia para juzgar a 
los hombres. Todavía su sencillez y su optimismo estaban incólumes como 
antes del nefasto viaje a Chihuahua. 

Su candorosa indulgencia le impelió a manifestar en una junta de jefes 
constitucionalistas, celebrada en el Curatel General de Lucio Blanco, al 
siguiente día de su arribo a México, que estaba seguro de que fácilmente se 
quitarían a Villa los partidarios que fueran personas honorables, haciéndoles 
ver los móviles ambiciosos de su jefe. 

De la junta en cuestión dimanó un acuerdo para que comisionados 
salieran hacia el Norte, a conferenciar con los generales villistas, Obregón 
y otros distinguidos militares. El objeto era concertar los términos en que 
pudiera reunirse una Convención General de jefes revolucionarios que de- 
cidiera lo de inmediata urgencia, en la situación política del país. Zanjar 
la diferencia entre Carranza y el jefe de la División del Norte y resolver 
los problemas más importantes, que se habían ofrecido a la Revolución. 

Con sus camaradas partió al siguiente día para Zacatecas. Dificultó 
muchísimo el arreglo que se esperaba la suspicacia y la desconfianza de 
Villa, quien rotundamente se negó a personarse en Zacatecas, no llegando 
a hacerlo sino cuando ya habí a hecho venir, en su seguimiento, grueso número 
de tropas que lo escoltaran. Era un miedo manifiesto que pintaba al bandido 
de antaño, siempre temeroso de la justicia y siempre en busca de escon- 
drijos. 

Los generales villistas confesaron paladinamente, que rota la harmonía 
entre su jefe y Carranza, ellos no se sentían ganosos de concurrir a, la Con- 
vención que iba a reunirse en México; en vista de lo cual los comisionados a 
invitarlos, propusieron que la Convención se reuniera en Aguacalientes, 
punto neutral en donde no se hallaban a la sazón ni los adictos a Carranza 
que acampaban en la capital, ni las fuerzas de la División del Norte recon- 
centradas en Zacatecas. 



ALVARO OBREGÓN 45 

Ya la Convención había empezado sus trabajos en la Cámara de Diputa- 
dos de la capital. Había sido convocada por el Primer Jefe, y laboraba en 
los términos en que se le había indicado; pero a intimaciones de Obregón 
a quien secundaban los demás miembros de la comisión de Zacatecas, para 
complacer a los villistas, Carranza permitió que la asamblea mencionada 
fuese a acabar sus arreglos a Aguascalientes. 

Confiesa Alvaro Obregón, que lejos de dar los resultados que se desea- 
ban y que él mismo aguardaba, la susodicha Convención fue un fracaso: no 
sólo no se le restaron a Villa elementos valiosos, sino que antes se dio a 
esos elementos la oportunidad de presentarse en público, como los desfacha- 
tados más ambiciosos. Se vio claramente que si seguían en todo a Villa, 
era nomás porque el bandolero sabía colmar las ambiciones. Detrás de los 
grupos villistas y zapatista que integraban la asamblea, había los dos factores 
malévolos de la Revolución: los directores de Villa, es decir, Angeles y 
Díaz Lombardo Miguel, y los directores de la agrupación zapatista. 

Contra la buena fe y las esperanzas de Obregón se estrelló la fuerza 
de las cosas. Sobrevino el desastre y hubo que tomar medidas drásticas para 
salir del atolladero. 

Obregón y los que con él opinaron en el asunto de la Convención se habían 
equivocado irremediablemente. Obregón no rehusa cargar con la responsa- 
bilidad que le cabe en esta catástrofe política. El hubiera querido el bien de 
la Patria: paz, libertad, progreso. Pero el destino que lleva las naciones 
al abismo había decretado muy otro: guerra de nuevo, exterminio y rencores, 
hambre y la total destrucción de las sementeras. La lucha, que todos creía- 
mos terminada con la victoria de la Revolución, debía continuar por tiempo 
indefinido. 

Villa exigía la separación de Carranza de la Primera, Jefatura, y se 
sostenía en su pretensión, apoyado en los doce mil hombres de la División del 
Norte; Carranza, para retirarse, pedía que Villa fuera despojado del mando 
de sus tropas. Así lo expresó a I. Villarreal, Eduardo Hay, Eugenio Aguirre 
Benavides y el mismísimo Obregón, quienes fueron los encaragados de la 
Convención para notificárselo. 

Gutiérrez, un inculto general del villismo, había sido agraciado por la 
mayoría de los convencionistas de Aguascalientes, con el cargo de Presidente 
interino de la República, por veinte días. Su primer paso administrativo 
fué ascender a Villa en al escalafón, desentendiéndose de Carranza. Tan 
desatinado nombramiento disgustó desde luege a los revolucionarios decentes 
que no habían echado a mala parte los principos de moralidad. Obregón, 
dolido de haberse equivocado, mirando que el estado de cosas llevaba trazas 
de ir de mal en peor, tomó nuevas resoluciones. 

Los principios de la Revolución estaban, a no dudarlo, en manos de Car- 
ranza. No siendo la elección dudosa, todas los jefes de buena fe, convergi- 
eron a él, con protestas de adhesión y testimonios de lealtad. El rompimiento 
con la División del Norte era inminente, no obstante los esfuerzos de Obre- 
gón para allegar a Villa con Carranza. 

Su última tentativa, infructuosa como las anteriores, fué advertir al 



46 ALVARO OBREGÓN 

apocado Eulalio Gitiérrez, que si insistía en confirmar a Villa como Jefe de 
Operaciones, él, (Obregón) SERIA EL. PRIMERO EN BATIRLO CON TODAS 
SUS ENERGÍAS, PUES NO SERIA EL EL QUE ABANDONARA A CAR- 
RANZA POR UN HOMBRE COMO EL FORAGIDO QUE TANTOS CRÍMENES 
HA COMETIDO DESDE ENTONCES Y NO CESA DE COMETER. A Car- 
ranza en persona le había dicho: "Señor: Yo fui uno de los que votaron 
en la Convención por el cese de usted y el de Villa, y por el nombramiento 
del general Eulalio Gutiérrez para Presidente Provisional de la Reública; 
y ahora tengo la obligación de cumplir y sellar con mi sangre mis compro- 
misos. Si Gutiérrez separa a Villa, y éste sale del país, yo no podré hacer 
otra cosa que reconocer a Gutiérrez; pero si éste insiste en dejar a Villa, yo 
seré el primero en batirlo." 

Todos sabemos lo que siguió después. ¿ Quién podrá poner en tela de 
juicio la sinceridad de Obregón ? 

Marchar directamente por el camino* del deber que le imponía su recta 
conciencia, y supo hacerlo. El 17 de noviembre de 1914, apenas tres meses 
después de su entrada triunfal en la ciudad de México, hizo circular un mani- 
fiesto a la Nación, dando cuenta de la infidencia de Villa y excitando a los 
mexicanos patriotas a que en cumplimiento del deber, le acompañasen al 
campo de batalla. 

Carranza dio orden para evacuar a México. Pero Obregón, después de 
dos messes de lucha, de nueva y continua lucha, volvió a tomar la capital, 
con sus fieles tropas. 



ALVARO OBREGON 47 



XI 

En su segunpda entrada en México, Obregón a la cabeza del ejército 
cien veces vencedor, se encontró con más marcada hostilidad de los habi- 
tantes de la metrópoli, que la que había podido sospechar, a su arribo, la 
vez anterior. La Reacción, a fuerza de zapa, había minado los endebles 
ánimos del bajo pueblo, y preparado al Constitucionalismo una red de 
hipocresía, para enredarlo en el desprestigio. Que cayera de plano en la 
ridicula posición del fracaso. No conforme el partido retrógrado con deni- 
grar a los revolucionarios, haciendo que el pueblo los creyera impotentes 
para dominar la situación anómala del país e incapaces de establecer un 
gobierno firme, concibienron criminales atentados contra la vida del caudillo 
de la División del Noroeste. Obregón fué recibido el día de su arribo en 
México, por una descarga cerrada de tiros que le dispararon desde una de las 
torres de Catedral. 

La labor reaccionaria del clero, sacada a flor en Tepic, al adueñarse de 
las conciencias en el confesionario; los sacerdotes, llenándolas de patrañas 
hechas cundir al mismo tiempo en los periódicos "El Hogar Católico" y 
"El Obrero de Tepic," tenía su asiento en la capital de la República. En 
Tepic, el brazo extendido de Obregón había mandado reprimir la inverecun- 
dia de esa Prensa que a la vez que ensalzaba la actuación criminal de Vic- 
toriano Huerta, llenaba de denuestos a los heroicos jefes de la Revolución. 
Las redacciones de esas viles publicaciones fueron cateadas, y sus archivos 
intervenidos, para que un tribunal militar se incoara el proceso de quien o 
quienes resultaran culpables del delito de insubordinación y sedición, previas 
las averiguaciones, conforme a la Ley. Como el proceso arrojó la, culpabili- 
dad flagrante de un obispo y otros miembros de sotana, el principal de- 
lincuente fué condenado a ocho años de prisión y sus cómplices a expulsión 
al extranjero. 

Con tosudez clerical, los reaccionarios repitieron en México sus 
malignidades, con los mismos resultados satisfactorios que suelen coronar 
sus obras. Habían roturado hábilmente las tierras, en que la revolución 
vencedora sembraría., más tarde o más temprano, la simiente del progreso. 
La cizaña y la cicuta del reaccionarismo germinaría a su debido tiempo y 
sazón. Con la sagacidad que le es característica, el clero había estudiado la 
psiquis de Obregón; y hallando en sus pesquisas inquisicionarias que el 
Jefe del Cuerpo de Ejército del Noroeste no pertenecía a la cáfila de men- 
tecatos que bajan la cabeza a los gritos destemplados del que más grita, 
preparó su obra rastrera: cultivar en las mayorías ignorantes el odio contra 
la figura más de relieve de la revolución. Porque no se había dado a conocer 
del pueblo Obregón firmando edictos ni úkases, sino confrontando con arrojo 
a numerosas huestes enemigas. 

A su llegada, ya Obregón se había percatado de las encubiertas mani- 
obras del antagónico partido conservador. Competían a la sazón los adver- 



48 ALVARO OBREGON 

sarios de la Causa, en el arte de inventar virtudes con que adornar a la reac- 
ción; y en descubrir lacras en el Constitucionalismo. Al Constitucionalismo — 
y esto era publicado a pregón y trompeta — le atribuían la irregularidad 
económica que dominaba todo el Distrito Federal. En el sentir del clero, 
el Constitucionalismo poco se preocupaba del bienestar de las comunidades; 
y nada le preocuparían las condiciones del pueblo, en aquellos momentos 
trágicos, i La capital estaba desolada y hambrienta?; pues echarle la re- 
sponsabilidad a la Revolución. 

La verdad era muy otra. El comercio de subsistencias, principalmente, 
siempre listo a aprovecharse de cualquier coyuntura, apretaba sin compasión 
el tornillo, al cuello de los hambreados. Pasábanse los pobrecitos día y 
noche, a los rigores de la intemperie, formando inacabables colas, ante los 
expendios de comestibles, con la no siempre colmada esperanza de conseguir, 
a precios imposibles, algo que comer. Heroicamente iban dándose por 
vencidos, a las necesidades urgentes del estómago; sin siquiera caer en la 
cuenta de que eran andrajos asqueroso los que cubrían sus cuerpos desma- 
zalados y descaecidos. No les interesaba quienes fueran sus verdugos. 
Ignoraban los alcances del sistemático pillaje, a la alta escuela, del período 
porfiriano de treinta y cinco años, que establecieron los científicos, comandi- 
tados alrededor de Limantour; y no comprendían que las complicaciones de 
Villa y Zapata, con la farsa de la Convención, y de sus líos derivada, habían 
agrandado y agrandarían aún más, el estado de las rentas públicas. No 
había un centavo en las arcas de la, Tesorería, de que poder echar mano para 
socorrer a los necesitados; ni los ricos desliaban sus bolsillos en nombre 
de la cardidad de que se jactaban, cuando instituían conventículos, o legaban 
a la Iglesia, cuantiosas sumas, al sentir el declinar de la existencia. Entonces 
los ricos se habían marchado a otros países, y dejado apoderados de sus 
bienes, con extrictas órdenes de guardarlos con avaricia. 

Hubiera querido Obregón hacer ver claramente, al pueblo desfallecido, 
que una situación cualiquiera es el resultado necesario de causas y concausas 
anteriores; sacando a luz, documentos que hablan, ya relegados en los archi- 
vos. Ellos habrían rasgado la venda de muchos ojos que, o no sabían ver, 
o no querían ver, aunque supiesen. 

En atención a las reiteradas lamentaciones de los comerciantes, que- 
jumbrosos de ofcio, que bajo el pretexto de faltar las comunicaciones para 
la fácil introducción de víveres, se solazaban en matar de hambre al pueblo, 
se puso Obregó de acuerdo con la Cámara de Comercio y con el Ayunta- 
miento de la ciudad, para resolver la penosa crisis; desde luego dio las 
órdenes del caso, para, atender al abastecimiento de cereales y granos. Sólo 
a la medida moralizadora de clausurar las cantinas y casas de juego, fueron 
pospuestas las disposiciones tendentes a aliviar la miseria que reinaba entre 
las clases media y baja de la ciudad. 

Pero la labor acabada y lenta de una filigrana de rapiñas, con que los 
comerciantes extranjeros, a quienes las fortunas acumuladas a costa de la 
miseria del proletariado mexicano hacía poderosos, enmarañaba más y más 
la situación. El poder y soberbia de los comerciantes, inadvertidos por los 



ALVARO OBREGONiI! ' 49 

habitantes metropolitanos, eran la inevitable obra maestra de los egoistas 
que manejaron las pasadas administraciones, en los últimos años. 

Convencidos de que Obregón, — con todo y que ello mucho se cacareaba — 
no había roto can don Venustiano Carranza, a quien le unían la comunidad 
de ideales y las esperanzas del triunfo definitivo sobre los reaccionarios na- 
cionales y los reaccionarios extranjeros, unos y otros unieron sus esfuerzos 
por complicar las dificultades económicas, desafiando, a cartel desplegado, 
la fuerza moral del general Obregón. La respuesta del mandatario no se 
hizo esperar. Se encaró virilmente con los hostigadores, mirando sólo por 
el bienestar de las mayorías indigentes. 

Del Cuartel General, salió en breve, la imposición de un subsidio extraor- 
dinario, consistente en contribuciones sobre capitales, sobre hipotecas, sobre 
predios, sobre profesiones y ejercicios lucrativos, y sobre derechos de pa- 
tente. Ya había puesto Obregón medio millón de pesos en manos de la 
"Junta Revolucionaria de Auxilios al Pueblo", formada por honorables per- 
sonas, para que acudiese en auxilio de los menesterosos; pero hacía falta 
mayor suma; pues los comerciantes, "castas malditas", como los llama el 
mismo Obregón, habían subido enormemente el precio de aquellas subsisten- 
cias que no habían querido esconder, o no habían podido esconder, por temor 
a algún castigo inusitado. 

El decreto de la contribución extraordinaria, no obstante su apremio, fué 
visto por los causantes con igual menosprecio que el anterior edl 10 por ciento, 
impuesto unos días antes por el Cuartel General, también para auxiliar a los 
desvalidos. 

Fingiendo desconocer la etiología de la miseria reinante, la Banca, el 
Comercio y el Clero, mayormente formados por elementos de imitación 
europea, hacían solapadas manifestaciones al público, de allende el Bravo, 
por medio de la prensa en los Estados Unidos; mientras que ellos mismos se 
entregaban a la infatigable rapiña nacional, y cargaban toda la culpa sobre 
la Revolución, que era la gran trastorndora, según la llamaban sus enemigos. 

Habiendo faltado a contribuir con lo que se les pedía, fueron los inobedi- 
entes al decreto puestos a buen recaudo, por orden de Obregón, quien afrontó, 
con severo continente y enérgica actuación, las asonadas de los descontentos; 
los motines o seudas manifestaciones de los superticiosos; y las arteras 
acusaciones de los extranjeros, ante la opinión mundial, por la mediación de 
sus cónsules y diplomáticos. Alvaro Obregón se erigió de cuerpo entero 
ante las conminaciones del Gobierno de los Estandos Unidos, hechos en un 
communicado, que, en lengua original de aquel país, fué enviado al Cuartel 
General por conducto de la Legación del Brasil. 

El Comandante Militar respondió a la nota de Washington con su la- 
conismo de costumbre; advirtiendo a los remitentes, que don Venustiano Car- 
ranza, con su carácter de Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, con- 
testaría a todo asunto que tuviera el sello de internacional; y se sostuvo en 
su alto y digno gesto, insistiendo en que los delincuentes que había hecho 
aprehender continuaran encarcelados. 

Culpa fué de los hombres de la casta de Limantour, por Limantour ere- 



50 ALVARO OBREGON 

cidos y cebados, que quienes deliberandamente habían sacrificado al pueblo 
mexicano, en provecho de la satisfacción de sus placeres, expiaran con un 
corto, pero molesto y humillante encierro, su avaricia y su indiferencia. Lado 
a lado estaban para consolarlos, más de un centenar de individuos del Clero 
que todo lo habían hurgado y corrompido, en sus años de virilidad; y ahora, 
adiposos, torpes por la polisarcia de la glotonería, se habían sentado en una 
poltrona a aguardar la muerte. En su contra habló elocuentemente el certi- 
ficado del Servicio Sanitario. Sobre esos representantes de la inmoralidad 
y sobre los usureros acorazados con la placa del comerciante fué sobre quienes 
sentó la mano de hierro el general Obregón. Inútil sería significar la im- 
portancia de las medidas adoptadas por el gobierno reivindicador, que en 
esos luctuosos días de miseria para el Distrito Federal, representaba, enla 
capital de la República, el precitado general en jefe, si el pueblo que fué 
el inmediatamente beneficiado con ellas, las desestimara, o no las hubiera 
comprendido del todo; afortunadamente no fué así. Con todo y que fuera 
deficiente la ayuda que el Cuartel General impartió a los menesterosos, pues 
pudo más la tacañería de los acomodados que su temor al castigo. 



ALVARO OBREGON > 51 



XII 



Ya se ha dicho que a entorpecer el curso de la cruzada épica del Ejército 
Libertador, a su paso por la ciudad de México contribuyeron con todo su 
poder y con todo su egoísmo las colonia extranjeras. 

Los tratados inviolables en que rubrican las naciones su concordancia y 
su amistad — aunque violadas AD USUM con harta frecuencia por la malicia 
de la hidra commercial — hacen que los pueblos se despojen de los arreos 
bélicos y olvidados de los ejércitos de defensa y ataque, enderecen su activi- 
dad a más altos fines de la existencia: el cultivo del agro, el voltejeo de la 
máquina en la fábrica o el taller, la sedentaria labor de escritorio, el escarceo 
espiritual y monótono de la cátedra y otras ocupaciones más; y faltos de 
espíritu militar, por creer que la paz desarmada apareja el colmo de las 
delicias nacionales, los hombres se van afeminando y abatiéndose sus 
energías. 

De este sueño modorrosos que sume en la indiferencia se han aprovechado 
siempre nuestros malagradecidos inmigrantes, para aprovecharse de los negó - 
cios que nos toca establecer, de la industria que nos corresponde implantar y 
de la vasta extensión de tierra de que somos legítimos dueños; aunque al re- 
fugio del cohecho gubernativo, los extranjeros la, hayan adquirido en propiedad, 
por el tradicional plato de lentejas. 

Con tales precedentes, en el caso fortuito de que un mandatario honrado 
trate de poner un hasta aquí a la injusta protección al extranjero, a expensas 
y en menoscabo de los intereses nacionales, a la menor insinuación que se 
les haga, de que van a ser nivelados con el rasero de la, Ley, acuden alebresta- 
dos a sus cónsules y ministros, para que nos hagan extrañamientos, en re- 
presentación de sus gobiernos, y amenacen al nuestro con esto y con lo otro, 
en agrias notas diplomáticas. Tal fué el acaso, a la segunda llegada del gen- 
eral Obregón a la capital, en Enero de 1915. 

Como el impuesto de 10% sobre artículos de consumo urgente, que recayó 
sobre acaparadores y comerciantes decretados por Obregón, no sólo afectaba 
a los nacionales sino muy principalmente a los extranjeros, que son los que 
más poseen y en cuyas manos están los capitales más fuertes, fueron ellos los 
primeros en protestar contra el decreto. Desde luego procedieron a obrar, 
como suelen, en los conflictos de nuestra desgraciada Patria que no aman, ni 
les importa su suerte: en vez de responder con munificencia y corazón abierto 
al llamado del Cuartel General, acudieron quejosos a sus legaciones respectivas. 
y, de consuno, expusieron su protesta contra lo que ellos llamaban abuso fla- 
grante de las autoridades. Para sus adentros, ellos mismos no lo creían así. 

Debieron acordarse de la insignificancia que representan en la tierra natal ; 
de la miseria irremediable que los empuja a emigrar, y aún, en muchos casos, 
de la cola de acusaciones de delitos que se dejan allá en sus lares, y de las 
cuentas pendientes con la justicia. Embarcar para América es para ellos 
romper con el pasado de dolor, o de vergüenza y dolor, ante la ancha puerta 



52 ALVARO OBREGÓN 

de par en par de la emancipación y la riqueza. Con todo, escogiendo como 
patria de adopción la nuestra, ya nos están haciendo un grandísimo favor que 
estamos obligados a agradecer de por vida. 

Las legaciones y consulados acudieron a la ayuda de los extranjeros. Min- 
istros, secretarios y cónsules deliberaron en juntas secretas acerca de la si- 
tuación del país; y los acaudalados comerciantes también se reunían en asam- 
bleas misteriosas, a discutir sobre las condiciones del país. Cables en clave y 
telegramas iban y venían, al través de los alambres, a considerables distancias. 
Resultado : el día 7 de marzo, antes de un mes de publicado el decreto, Obregón 
recibió, por conducto del representante del Brasil en México, una, nota con- 
minatoria del gobierno de Washington, cuyas relaciones con el nuestro man- 
tenía aquélla legacón, por haber mandado cerrar la propia temporalmente. La 
nota, extensa y seca, en lo que atañía a Obregón y su actuación administrativa, 
como General en Jefe Supremo en el Distrito Federal, decía en sus puntos 
principales que el Gobierno de los Estados Unidos HABÍA SEGUIDO CON 
INTERÉS CRECIENTE LOS ACTOS DE OBREGÓN LOS CUALES— CREIA- 
TIENDEN A INCITAR AL POPULACHO A COMETER ATENTADOS EN QUE 
PUEDAN HALLARSE ENVUELTOS EXTRAJEROS INOCENTES." Prose- 
guía más adelante así: "CUANDO UN JEFE DE FACCIÓN PREDICA A UNA 
CIUDAD HAMBRIENTA PARA LLEVARLA A LA OBEDENCIA DE SUS 
DECRETOS, INCITÁNDOLA AL ATENTADO Y AL MISMO TIEMPO EM- 
PLEA MEDIOS PARA IMPEDIR QUE LA CIUDAD SEA SURTIDA DE ALI- 
MENTOS, CREA UNA SITUACIÓN QUE ES IMPOSIBLE PARA LOS ES- 
TADOS UNIDOS CONTEMPLAR CON PACIENCIA MAS TIEMPO " 

Prosigue: "EL GOBIERNO DE LOS ESTADOS UNIDOS DESEA QUE LOS 
GENERALES OBREGÓN Y CARRANAZA SEPAN QUE DESPUÉS DE MA- 
DURA CONSIDERACIÓN HA DETERMINADO (Qué ¿ en la nota original 

hay aquí un blanco?) "COMO RESULTADO DE LA SITUACIÓN DE QUE 
ELLOS MISMOS SON RESPONSABLES, PUES LOS AMERICANOS SUFREN 
LA CONDUCTA DE LAS FUERZAS CONSTITUCIONALISTAS, PORQUE NO 
PUEDEN SUMINISTRAR PROTECCIÓN A LAS VIDAS Y PROPIEDADES." 
Concluye. "El Gobierno de los Estados Unidos tomará las medidas conducentes 
para traer a cuenta a los que sean personalmente responsables de lo que 
pueda ocurrir." 

Enterado Obregón de los deseos del gobierno YANKEE, que no había 
preguntado ni les importaba mucho conocer, pues la Revolución tenía un 
programa que cumplir, sin tener en consideracón los deseos de ninguna nación 
extranjera, a la Nota dio la respuesta que aquella requería. Envió la Nota a 
Veracruz, a fin de que el Primer Jefe dictaminara sobre ella, por tratarse de 
un asunto internacional, fuera de la competencia de un Jefe de Cuerpo de 
Ejército. 

Con la trasmisión de la agresiva Nota, envió Obregón a Carranza una 
explicación minuciosa de los sucesos acaecidos en la capital. En ella pintaba 
con los colores de la realidad la indigna, actitud de los extranjeros. Pero no 
logró convencer de la verdad al Primer Jefe: Carranza con criterio muy dis- 
tinto y muy suyo, dispuso que los quejosos por quienes Washington abogaba al 



ALVARO OBREGON 53 

mismo tiempo que por sus propios nacionales, fueran exonerados de la obliga- 
ción de pagar el impuesto decretado por el Cuartel General, faltando los com- 
erciantes hospedados tan liberalmente en la, ciudad de México, a contribuir al 
alivio de los infelices que se morían de hambre. 

Eximidos del impuesto los extranjeros no tardaron en crecer en arrogan- 
cia; y continuaron los abusos de los comerciantes en sus casas de comercio, 
y los abusos de los otros, en sus asuntos particulares, por cuanto tenían que 
ver en ello los mejicanos. 

Gustaban de notoriedad y no desperdiciaban ocasión de hacerse conspi- 
cuos, ya izando pabellones de las respectivas naciones extranjeras en sus casas, 
ya fijando minúsculas banderas en los vehículos que transitaban orgullosa- 
mente por la ciudad, con la pretensión de que no se les molestase al paso. 

Después de este incidente, no sólo continuó funcionando el alambre 
desde la legación del Brasil a Washington, sino que periódicamente salía un 
propio, a Veracruz, conduciendo la correspondencia de nuestros huéspedes, 
para ponerla a bordo de los diversos vapores que fondeaban en el puerto. 
En esa correspondencia, que no pasaba por las oficinas de correos, se hacían 
exajeradas descripciones de la situación del país, se multiplicaban las quejas 
contra males imaginarios, e incesantemente se pedía protección a los Estados 
Unidos contra la barbarie mexicana. Teníanj razón los quejosos. Los había- 
mos hospedado; los habíamos ayudado a enriquecer con nuestra incuria; 
los habíamos reverenciado como a seres superiores que se dignaban mirarnos 
para ejercicio de su desprecio. Y los temíamos también. Para temerlos no 
nos había faltado razón. Sin hacer incursiones en la historia patria, apenas 
mencionaremos que los franceses perdonados en Sonora en 1853, — cuando el 
Gobierno fusiló a los cabecillas de la expedición filibustera, organizada en 
la Alta California por el conde Rousset de Boulbon, — fueron los mejores 
guías de los invasores napoleónicos, en 1863, por el interior de la, República; 
y concretándose a la actitud desleal de otros extranjeros, cuando el cuartelazo 
de 1913, hay que recordar el importante papel que representaron, ante Huerta, 
los mismos que habían hecho genuflexiones bien remunerades ante Porfirio 
Díaz y auxiliado con abundantes elementos a los asesinos de Madero, en la 
Ciudadela, durante la Decena Trágica. 

Siempre dieron la cara al vencedor, con la mira de obtener concesiones 
lucrativas y la perpetuación de privilegios sobre los nacionales, que desde 
tiempo inmemorial, los gobernantes de esta pobre México, les fueron otorgan- 
do, con notoria injusticia. Y el hecho de haberse salido con la suya en 
todos los casos de expoliación y explotación al pueblo mexicano, ha dado 
por resultado de que aún los desvalidos en su totalidad, cuando llegan a 
México, desde que pisan el suelo de la hospitalidad, van contra nuestros in- 
tereses y se complacen en ultrajarnos. El extranjero que enriquece, amparado 
por el Gobierno, es el primer enemigo de México. Empieza por apartarse de 
la comunidad y forma rancho aparte con sus conciudadanos y con los miem- 
bros de otras colonias; excluyendo a los mexicanos de su trato social. Nos 
echan en cara que somos inferiores. 

Por supuesto, que toda regla tiene excepciones, y a ésta de nuestras 



54 ALVARO OBREGON 

colonias extranjeras, no le falta la suya: españoles y franceses, y aun in- 
gleses, alemanes y norteamericanos ha habido y hay en México que han 
comprendido el espíritu manso y generosos d^l país, y lejos de tratarnos con 
soberbia, nos han amado. Estos son nuestrob nermanos, sobre los prejuicios 
raciales que ciegan a los demés. 

Obregón logró que muchos hombres rompiensen el cascarón de la igno- 
rancia; se desentumieran y alzaran el vuelo hacia el campo de batalla, a 
combatir al fatídico Villa; al bandido de aquende el Bravo, y magnífico Marte, 
ante el amarillismo de la nación vecina. 

"Era tan grande el entusiasmo despertado entre las clases populares en 
favor de la Revolución (dice el mutilado héroe, en su obra "Ocho mil Kiló- 
metros en Campaña, pág. 434.) que si hubiéramos tenido armas suficientes, 
habríamas podido armar más de veinticinco mil hombres, antes de salir de 
la ciudad; pero carecíamos de armamento para nuevos contingentes, y por 
estra razón, tuvimos que despaprovechar muchas voluntades que se ofrecieron 
a ir a la lucha armada, en contra de la Reacción. Sin embargo, nuestras 
filas se aumentaron en cuatro mil hombres, y un contingente de más de 
cinco mil hombres desarmados, la mayor parte, pertenecientes a los gremios 
obreros sindicados en la "Casa, del Obrero Mundial". Y agrega que también 
se sumaron a las filas revolucionarias, comerciantes, industriales y empleados 
en bancos de la Capital. 



ALVARO OBREGON 55 



XIII 



El torandizo Villa, cuando se percató de la evacuación de la ciudad de 
México, por las tropas de la División del Noroeste, debió comprender que 
Alvaro Obregón iría a perseguirle y a combatirlo con todas sus fuerzas y 
con todo su poder. Debió comprender, no obstante las adulaciones con que 
lo divertían Angeles y los otros consejeros reaccionarios, y las lisonjas 
risibles que le prodigaba la Prensa norteamericana para divertirse con él, — 
que el prestigio que hubiera podido ganar, figurando, hombro a hombro, con 
los revolucionarios más prominentes, quedaba reducido a nada. En adelan- 
te sería el general Bum Bum de la zarzuela. En política no le quedaban sino 
dos papeles: el de histrión y el de asesino. Ante la conciencia popular, no 
cabía comparación entre el hombre que traiciona la causa que lo ha puesto 
sobre las armas y el que se propone luchar por ella hasta el fin. 

Obregón había favorecido a Villa concediéndole buena fe, pundonor, 
patriotismo; pero bien distintamente pensó de él, después de la expedición 
de Chihuahua, y Sonora, cuando tuvo oportunidad de personarse con el dis- 
idente y concocerlo a fondo. Su rudeza testimoniaba la baja estofa de que 
procedía; su ruin corazón se había mostrado en las tentativas de asesinato 
a sus compañeros de armas, que, además, eran sus huéspedes; su espíritu 
apocado, en la facilidad con que las influencias de la adulación lo hacían 
cambiar de parcecer, pasando de lo malo a lo bueno y de lo bueno a, lo malo, 
con una rapidez sólo concebible en el versátil cerebro de la infancia: 
¿Quién dice algo de su lealtad, de su disciplina y su respeto al Primer Jefe, 
que él había seguido por elección, por convicción, por fe en su pericia mil- 
itar, en su dignidad y tacto político ? Todos sabemos que la ambición de una 
subida milagrosa hasta el primer puesto de la República, había incubado en 
el corazón del desdichado Villa, merced a los empeños de los reaccionarios 
caídos. Vieron ellos en el Jefe de la División del Norte, una rosa náutica que 
les iría marcando nuevos y nuevos derroteros, a medida que los necesitasen, 
hacia el recobro de los bienes nacionales que habían perdido. La orienta- 
ción rumbo al poder escapado de las manos tenía que partir de Chihuahua. 
Pero en Chihuahua, VILLA dejaba de ser VILLA, para tornar a convertirse 
en Doroteo Arango, el foragido que se refugiaba en las montañas, cuando a 
raíz de un delito o de un crimen, se veía acosado por la autoridad. 

Con la plenitud de la insurrección de Villa coincidió el ardor bélico de 
Zapata que, en combinación con Doroteo, había recibido de aquel larga can- 
tidad de pertrechos de guerra y elementos de toda suerte, con que sostener 
a los imbéciles indios que le siguen aún, creyéndole un redentor de la raza, 
y los malévolos consejeros que para explotarle le adulan todavía, La evacua- 
ción de la capital se hizo indispensable. Carranza la ordenó a Obregón, 
sabiendo que el zapatismo continuaba extendiéndose por los poblados del 
Distrito Federal y cometiendo en ellos depredaciones. A Zapata el epíteto de 
ATILA DEL SUR le había sonado musicalmente: parecía como si enterado 



56 ALVARO OBREGÓN 

de quien fué el verdadero Atila, hubiese querido emularlo; si no con la 
espada y la tea, con el machete suriano y la dinamita. 

Obregón con infatigable brío, se dispuso a seguir las hazañas de la 
guerra, y a continuar probando los sinsabores que la guerra apareja. 

El enemigo, esta vez, estaba capitaneado por los secuaces de la Con- 
vención, entre los que se contaban hombres de arrojo. Combates aguardaban 
a Obregón en todas direcciones; así fué que la marcha se preparó fijándole 
un derrotero adecuado, y el número de tropas que convenía con las circum- 
stancias. 

El éxodo se llevó quietamente en los días comprendidos entre el 10 y 
el 11, no sin burlar las disposiciones del enemigo, de levantar la vía en un 
tramo bastante a impedir la salida de las tropas. 

Erre que erre con la manía de que Obregón había tenido un choque con 
Carranza, los habitantes metropolitanos, luego que se percataron de la evac- 
uación de la plaza, no se hicieron más cruces; Obregón iba a perseguir al 
Jefe Supremo de la Revolución hasta dar con él en tierra, y ocupar su puesto. 
Los corresponsales de la Presna extranjera que desde el arribo de la Divis- 
in del Noroeste, habían estado a entrevistar a su general en jefe, supieron a 
que atenerse; pero, a los periódicos con que se correspondían, les enviaron 
noticias que si no acordaban con la verdadera situación de México, eran los 
que convenían a los diferentes intereses de los particulares que mayormente 
influían en los periodistas. En esos momentos sólo era ya posible la co- 
municación de la ciudad de México, con Veracruz; pues los convencionistas la 
tenían sitiada. 

Estos estaban en abierta pugna contra Villa y Zapata. Claro es que tan 
comprometida situación dejaba a pocos de los que la conocían, siquiera, una 
brizna de esperanza en el triunfo de los carrancistas. 

De la Frontera venían telegramas desconsoladores. En Naco, Hill y 
Maytorena habían pactado un armisticio cuya cláusula principal ordenaba la 
suspensión de los ataques en las poblaciones aledañas con los Estados Uni- 
dos, para prevenir complicaciones internacionales. Los vecinos del Norte 
sólo aguardaban encontrar cualquier pretexto para venírsenos encima. 

El Clero y el comercio de alto vuelo se mantuvieron hostiles contra Ob- 
regón, suponiendo que carecía de medios para resistir a un ejéercito de po- 
deroso empuje. So inclinaron ostensiblemente o solapadamente, cuando 
creían peligroso manifestar su sentir con franqueza, al villismo y al zapa- 
tismo, por juzgarlos más fuertes. Porque el Clero y el alto comercio no 
tenían empeño en que triunfara éste o el otro partido, por los principios que 
profesara, sino el bando que fuera sobornable o débil, para que se pudiera 
lucrar en el país, sin riesgo alguno. 

Entre tanto Villa iba extendiendo sus conquistas en el interior del país, 
y los zapatistas se adueñaban del Sur, rápidamente. No cejaban en su em- 
peño de hostilizar el Distrito Federal. Bajo una lluvia de benediciones de 
los expoliadores de los pobres, la ocasión de engrandecer a costa de la mis- 
eria pública, se instaló en Palacio, el gobierno de la llamada soberana Con- 
vención. 



ALVARO OBREGÓN 57 

La nota conminatoria de Washington de la que en otro lugar hemos ex- 
tractado algunas líneas importantes, hubo de envalentonar a los convenció - 
nistas por figurarse que a ellos sí los iban a apoyar los Estados Unidos, pues 
contaban ya de antemano, con la simpatía del comercio extranjero. Por menos 
y con menos, vimos más tarde al comercio apelar a su condición de extranje- 
ría, y pedir a Washington lacrimosamente, y con las manos juntas, que vin- 
iera un barco a recoger a los quejosos y transportarlos a país civilizado. Y 
un barco vino a Veracruz. Recibió a bordo, no los que habían armado el 
cotarro, sino a centenares de aventureros y vividores que suelen cambiar de 
nacionalidad según el viento que sopla. Familias que habían venido a Méx- 
ico merced al auxilio pecuniario de las autoridades norteamericanas, con el 
carácter de mexicanos destituidos, cuando el terremoto y el incendio de San 
Francisco, California, regresaron a los Estados Unidos en el barco pro- 
tector; dáandose por americanos víctimas en México. Otros aventureros de 
diversas nacionalidades hicieron lo mismo. De los netamente norteameri- 
canos se aprovecharon una mayoría de mujeres y niños para dar una vuelta 
gratis a su país natal; pero apenas entró triunfante la gente de Carranza, 
algunos meses después, y las vías fueron restablecidas, regresaron los refu- 
giados a sus hogares, donde nunca habían sufrido molestia alguna. 

El avance al Norte se fué escalondando con tino, siendo los principales 
lugares que fué ocupando Obregón: Cazadero, San Juan del Río, El Colora- 
do, Querétaro, Celaya. Allí se libraron dos formidables batallas. Por último, 
el memorable punto Trinidad. En Trinidad cayó Obregón gravemente herido 
y perdió su brazo derecho. Durante la penosa odisea, se instaló el Cuartel 
General en un carro del tren, y un carro del tren fué más tarde hospital y 
sanatorio para el glorioso mutilado. Hubo en el trayecto que ir reparando 
lasvías, en muchos puntos, que el enemigo no cesaba de destruir; había que 
defenderse de una lluvia pertinaz que estorbaba las operaciones militares, 
ques era la estación pluviosa, y los deslaves ocurrían con frecuencia, y los 
descarrialamientos, muy a menudo, eran sus resultados. Fué menester de 
desembarazarase de cargas enojosas; por lo que Obregón envió a Veracruz, 
a los individuos del Clero que llevaba prisioneros. 

De Veracruz llegaba una rociada de malas nuevas: Villarreal había sido 
derrotado en Ramos Arizpe, (Coahuila) ; el general Pablo González se hallaba 
en grande aprieto en Tampico, pues el enemigo miraba codiciosamente ese 
importante puerto de la República, como lugar propicio para situar en él su 
Cuartel General; y también como centro de riqueza, pues el petróleo que por 
allí so exporta le daría una fortuna. Además se dispondría de todo lo que se 
necesitara como combustible para alimentar las locomotoras con que conta- 
ban los villistas para su servicio en campaña. 

Los carrancistas tenían perdidas todas sus plazas, excepto Agua Prieta 
en Sonora, y Laredo y Matamoros en Tamaulipas. 

Las fuerzas leales al Primer Jefe se encontraban aisladas. Carecían de 
vía herrada, para su movilización, no pudiendo auxiliarse unos a otros. En 
cambio el enemigo lo tenía todo: ferrocarriles, vías, armamento, provisiones 
y gente organizada militarmente y ya expedita en el manejo de las armas. 



58 ALVARO OBREGON 

Villa comandaba en jefe a la cabeza de 30,00o hombres, mientras que los 
mefistóeles reaccionarios le soplaban al oído todos los pasos de la traición. 
No le faltaban ni en consejos de tácitica, Angeles, ni Miguel Díaz Lombardo en 
sugerirle como comprometería al país, con los Estados Unidos, distribuyendo 
la propiedad de los extranjeros residentes, o asesinando a éstos con lujo de 
ferocidad. 

Obregón decidió embestir a los disidentes por el centro. 



ALVARO OBRvEGON 59 



XIV 

Cargaba el enemigo sobre el Ébano y Tampico. 

Era increíble lo que el agricultor sonorense, al iniciarse la campaña contra 
la Convención, el villismo y el zaptismo, había gando en conocimientos de 
táctica. Era ya el estratega por excelencia, y su pericia, como organizador 
de datallas corría parejas con su denuedo y su valor. 

Sucesivamente libró dos hechos de armas en Celaya; en el primero, el 
resultado, aunque fué un triunfo, un triunfo de sus tropas, no fué un triunfo 
decisivo. El enemigo había tomado la ofensiva. La matanza fué espeluzan- 
te, habiendo sufrido pérdidas de consideración ambos ejércitos contendientes. 
A Obregón le hireron el caballo, lo cual prueba que no hacía el general la 
guerra desde donde se ve a los combatientes con catalejo, como los mon- 
arcas europeos de actualidad, sino como aquel Enriquez IV de Francia, que 
encargaba a sus soldados, que se guiasen, por la pluma de su sombrero, cuando 
él mismo comandaba las tropas en presencia del enemigo. En los días aciagos, 
Obregón y sus aguerridos compañeros siguieron la triste suerte del soldado. 
Comían lo que Dios quería, de pie, sentados en piedras, o en troncos de ár- 
boles, o hermanablemente tumbados en el suelo. 

A menudo Obregón, antes de entrar en batalla, arengaba a sus tropas 
para infundirles arrojo: arrojo del que él se sentía rebosar, animado por el 
ideal de la causa libertaria en cuyo triunfo se hallaba empeñado. 

Cuando el enemigo se retiró dejando el campo regado en sangre y sembra- 
do de cadáveres de uno y otro partido, Obregón, procedió a reconcentrar sus 
fuerzas al norte de Calaya. Hizo el acostumbrado requirimiento a sus solda- 
dos excitándolos a pelear, y esperó la nueva embestida de los villistas. Villa 
venía sobre él, conduciendo a los 31,000 hombres que ciegos de ira, y ad- 
miradores del seudo caudillo, lo seguían incondicionalmente al desastre que 
le aguardaba. 

Obregón que tan mansamente había querido avenir a Villa con Carranza, 
oportunamente, no era el mismo Obregón que esperaba a su contrincante per- 
fectamente preparado a vencer o a morir. 

Desde Ahualulco tuvo los primeros indicios de la defección de Villa, 
quien, por telegrama enviado de Zacatecas el 25 de junio de 1914, exponía un 
capítulo de quejas contra don Venustiano. Le acusaba de poner obstáculos 
a la marcha del ejército del Norte hacia México, y llamaba inactivas a las colu- 
mnas al mando del general Pablo González. Entonces fué cuando Obregón 
exhortó al infidente a no serlo. Hizo todo lo posible por persuadirlo a volver 
atrás del camino de la defección, encareciéndole el valor de la fidelidad al 
jefe elegido de todos, querido por todos. Le aseguró que las dificultades 
administrativas que se presentaban se allanarían a su debido tiempo, pues 
no era asunto del momento en que lo único de conveniencia urgente era 
continuar la lucha todos unidos al rededor de Carranza, hasta conseguir la 
victoria de la Revolución. 



60 ALVARO OBREGÓN 

Todas sus gestiones fueron vanas, y por eso, Obregón más tarde insistió 
en que se le permitiera marchar a la cabeza de las tropas que batieran al 
rebelde; por eso cuando Doroteo Arango, desde la hacienda de Trojes intentó 
a hablar por teléfono con el héroe sonorense, éste rehusó de plano, manifesta- 
do su negativa en una dura forma que desconcertó al solicitante, por ines- 
perada. 

Noticias que llegaban del campo villista enardecían aún más el espíritu 
guerrero de Obregón y afirmaban su resolución de llegar a un combate de- 
cisivo. Este por fin se llevó a efecto. Después de algunos días de nutrido baleo 
y de maniobras varias de parte de los dos partidos combatientes, los villistas 
se retiraron perseguidos por las huestes obregonistas, quendando el triunfo 
señalado y decisivo a las armas del general don Alvaro. Unos y otros tuvie- 
ron que lamentar bajas de consideración. 

A seguimiento de esta victoria, dispuso Obregón continuar tras de las 
huellas de Arango. 

Mientras Obregón y los valientes que compartían con él los sinsabores de 
la lucha y sus peligros, se batían en Veracruz¡ consumía las esperanzas del 
triunfo de la Revolución, una gran ansiedad. Varios de los civiles que ambi- 
cionaban puestos elevados, para cuando el gobierno libertario se estableciera, 
andaban desazonados y pedían, en sus adentros, a la, divinidad que quisiera 
oírlos, que Obregón fuera protegido e iluminado. Algo, a decir verdad, elo- 
giaban su percicia y confiaban, intermitentemente, en el éxito de las ope- 
raciones militares que él organizara. 

Cunando llegó el parte de Celaya, dando cuenta del feliz suceso, circuló 
la noticia por la ciudad porteña en alas de las olas de marchas guerreras, 
del alegre repique de las campanas y del estallido de millones de cohetes. 

Al parte oficial el Primer Jefe respondió con el siguiente comunicado 
telefráfico, dado a conocer en la orden del día, ante las fuerzas vencedoras: 
"Faros, Veracruz, 15 de Abril de 1915. — General Alvaro Obregón. Acabo 
de recibir el mensaje de usted en que me comunica el brillante triunfo al- 
canzado hoy en las inmediaciones de esa ciudad, sobre las fuerzas de la re- 
acción capitaneadas por Francisco Villa. Felicito a usted y al Ejército bajo 
su mando; el primero que encuéntrase en lucha por libertad, venciendo en 
una batalla al ejército más numeroso y de mayores elementos que se ha 
puesto frente a los Ejércitos del Pueblo, que han luchado por sus derechos 
y por su libertad. Con la victoria de hoy queda vencida la reacción, y espero 
que muy pronto terminará esta guerra que tantos sacrificios y tanta sangre 
de buenos hijos ha costado a la Nación. Con pena me he impuesto de las 
pérdidas que hemos tenido. Saludólo afectuosamente. — V. Carranza." 

En contraste con la rectitud de Obregón y la parquedad para redactar 
sus partes, sólo al Primer Jefe enviados, pues que el Primer Jefe era la única 
autoridad reconocida por los revolucionarios de buena fe, Villa de cuanto paso 
daba (menos naturalmente de los criminales a toda luz) cuenta a los nor- 
teamericanos, valiéndose de la prensa de los Estados Unidos con cuyo gobierno 
deseaba congraciarse. Y en los momentos aflictivos para la Patria, cuando 
Zapata telegrafiaba a Funston pidiéndole que no entregase a Veracruz, hasta 



ALVARO OBREGON 61 

su llegada, para que la ciudad pudiera disfrutar de las garantías que iba 
él mismo a otorgarle, Villa por su lado, repleto de orgullo y de riqueza, 
soñándose repantigado en el sillón presidencial, ya en connivencia con los 
exfederales derrotados, con los científicos fracasados y rugientes en su des- 
pecho, también demandaba al invasor que no abandonara, la región veracruzana, 
maculada por la planta de los intrusos. 

Entre tanto Obregón respondía al jingoísmo ya fuese disimulado, ya desca- 
rado, con enérgicas frases. 

En Celaya recibió una nota de los cónsules de Francia, Alemania, Ingla- 
terra y Estados Unidos, cuatro naciones que no estaban para partir un piñón, 
pero que las circunstancias unían en aspiraciones y deseos humanitarios en 
beneficio de los no combatientes. Transmitían una amenaza espeluzante de 
Villa, de asaltar la plaza de Celaya en el plazo de tres días, si Obregón insistía 
en resistir en ella. 

El General, en su respuesta bastante más breve que la nota que contesta- 
ba, dice: "considero innecesaria la intervención de los extranjeros para que 
nosotros, los mexicanos, cumplamos con nuestro deber." 

Villa se prepara a librar la acción amenazadora, enviando a la Presna 
Asociada de los Estados Unidos el telegrama siguiente: 

"Irapuato, Gto., Abril 6 de 1915. — Prensa Asociada. — El Paso, Texas. — Los 
reveses sufridos recientemente por mis soldados en Querétaro y Guadalajara, 
fueron resultados de errores de los jefes estacionados en esos lugares. Ayer 
fueron despachados de Irapuato doce mil hombres para combatir al ejército 
de Obregón en Querétaro. Yo tengo las mayores esperanzas de que mi 
ejército no solamente derrotará a Obregón, sino que aniquilará por completo 
sus fuerzas. Mañana saldré de esta ciudad a la cabeza dé veinte mil hombres, 
para Guadalajara, y los mandaré personalmente contra el bandido Diéguez, 
quien pagará su audacia de tratar de crear la impresión de que puede derro- 
tar a un villista. — Francisco Villa, General en Jefe." 

A pesar de las bravatas, las cosas no salieron a gusto del bandido: el 
valiente Diéguez continúa sin pagar la audacia de pelear contra la ambición, y 
Villa cantó la palinodia después de la batalla. Aun canta la palinodia por los 
ámbitos de la República, pero no a solas, que es ésa, canción de las que 
suelen corear todos los despechados, todos los fracasados y los caídos que la 
soberbia hinchó y la vanidad les puso vendas en los ojos. 

¡No podría ser de otro modo. 

Las destrozadas tropas de Arango siguieron a su alicaído jefe hacia el 
Norte, perseguidas por las victoriosas de Obregón que no sólo había podido 
conservar a, Celaya, sino ocupado también otras plazas importantes. 



62 ALVARO OBREGÓN 



XV 

No en vano había dicho al Primer Jefe, Obregón desde Celaya, en mo- 
mentos muy comprometidos para el ejército revolucionario: "mientras me 
queden un soldado y un cartucho combatiré". En cumplimiento de sus pa- 
trióticos deberes habría dado gustoso la vida, si el Destino no se hubiera 
empeñado en ahorrarla para gloria de la Nación. 

Con la estratagema de haber hecho tocar diana, cuando el peligro de la 
derrota era más inminente, lo que abatió los arrestos del enemigo y lo 
desconcertó, por creerse ya vencido, inició Obregón la ofensiva sobre el bando 
enemigo, llevando a sus tropas al triunfo. En las vastas planicies, sitio, escogi- 
do para reñir, nada tan fácil como ser alcanzado por los proyectiles, ya en un 
sitio, ya en otro. 

Fueron diversos los aspectos de la gran batalla del Bajío. Ya eran 
tiroteos intermitentes, ya cargas cerradas de caballería, ya granadas aisladas 
que a intervalos no muy precisos, iban a recordar a los combatientes por la 
buena causa, que debían prepararse a morir. 

En Trinidad, habiéndose dado por completamente terminados los sucesos 
de Celaya, por cuyos resultados placenteros se habían regocijado todas las 
poblaciones dominadas por la Revolución, sobrevino la gran desgracia. 
Mientras Obregón acompañado de sus valientes compañeros Serrano, Pina, 
Jesús M. Garza, Aarón Saenz, Ezequiel Ríos, Rafael Valdés y otros, hacía un 
recorrido por la hacienda de Santa Ana, y se dirigía a, unas trincheras, el 
enemigo estableció un recio cañoneo sobre el campamento revolucionario. Una 
granada alcanzó a Obregón arrebatándole un brazo. Pina Ríos, y Valdés, los 
más cercanos a su Jefe, cayeron también por la fuerza de la explosión y 
afortunadamente uno de ellos sin sufrir lesiones. Ríos, por el contrario, fué 
seriamente herido por dos balines de la, granada. 

El caso fué tan rápido, tan rudo el golpe, y tan dolorosa la herida, que 
Obregón en un rapto de locura, al verse bañado en sangre y horriblemente 
mutilado, quiso atentar contra su vida,. El hombre con sus flaquezas, se 
sobrepuso al héroe en ese instante de sufrimiento agudo y de desilusión. 
Era natural que siendo joven todavía, y estando apalabrado para contraer 
segundas nupcias, viera su porvenir destruido, con la mutilación del brazo 
derecho. 

Afortunadamente la pistola no estaba cargada como de ordinario, pues un 
ayundante al limpiarla esa misma mañana, había bajado el proyectil. 

Tuvo el valor de andar en ese estado, y el arrojo de decir al general 
Murgiía, que acudió a súbita llamada: "diga usted al Primer Jefe que he caído 
en cumplimiemto del deber y que muero bendiciendo a la Revolución". 

Pasada la primera impresión, el general herido y sangrando conoce la 
verdadera situación en que se halla. Convoca los recuerdos, reúne las ideas, 
y aunque atosigado por cruentos dolores, preocúpase por la suerte de la patria. 
Puso el mando del ejército de Operaciones temporalmente en los hombros de 



ALVARO OBREGÓN 63 

un denodado compañero, y revolucionario leal, y se dejó conducir a donde lo 
llevasen para operarle prontamente, pues su vida estaba en peligro. 

Refiere un testigo presencial que las tropas que seguían a Obregón 
inmediatamente se conmovieron al saber la desgracia, y que aquellas for- 
madas por yaquis se desorientaron. Rugían unos de rabia, otros lloraban 
emocionados. 

Los enemigos, por convenir a sus fines que los creyeran victoriosos hi- 
cieron cundir el rumor de la muerte de Obregón, primero entre sus chusmas, 
después procuraron que la noticia volase por la, región del país donde los no 
combatientes esperaban can ansiedad el resultado de los sucesivos combates. 

Obregón, tan pronto como su estado lo fué permitiendo, era informado por 
su segundo de las contingencias de la campaña; y cuando supo la ocupación 
de la plaza de León por su gente, como si tan feliz suceso hubiera sido una 
panacea, sintió el herido que le nacían fuerzas extraordinarias para continuar 
en la línea de fuego. 

Unas tras otras siguieron las victorias; después de León, Guanajuato, 
Aguascalientes, San Luis Potosí, Zacatecas, Saltillo, Torreón y finalmente la 
rendición de Sonora. 

Al año siguiente el Primer Jefe, cuando ya había triunfado la Revolución, 
y se había instalado en Querétaro el gobierno preconstitucional que ante- 
cedió y preparó el definitivo que nos rige, invitó a Obregón a visitar el que 
fué campo de Celaya, en nombre de la ciudad fué condecorado el invensible 
jefe, con una medalla de oro. Allí donde acaecieron las históricas contiendas 
contra la Reacción traidora, Carranza puso la primera piedra de un monumento 
que la Patria agradecida eleva a la memoria de las victimas de los bélicos 
acontecimentos. 

El exergo de la medalla dice: "La ciudad de Celaya, a su invicto libera- 
tor, el general A. Obregón, Abril 7 y 15 de 1915." 



64 ALVARO GBEEGON 



XVI 

Obregón ha sido puesto a prueba de lealtad, varias veces, por los adalides 
del reaccionarismo; pero de todas las tentaciones de tración con que han 
querido embaucarlo los enemigos, he salido el triunfante. Ha demonstrado 
hasta la saciedad no estar hecho de la madera de Cristóbal de Olid, cuya 
traición a Cortés le ha hado más renombre que sus hazañas militares en la 
guerra de la Conquista. 

Viendo Ojeda, cuando contendía con Obregón, en Sonora, que su caída 
sería segura si confiaba la victoria de sus tropas al éxito caprichoso de la 
lucha en el campo: prefirió resolver la contienda por un golpe de cohecho. 
Con ese fin confió a uno de sus oficiales la tarea de sobornar a Obregón. 
Había comprendido que como se vence a un antagonista, en el fragor de la 
pelea, jamás llegaría él. a vencer a la Revolución; pues a los continuos 
descalabros que ésta infligía a los defensores de Huerta, debía ya su gran 
prestigio militar el Jefe del Cuerpo de Ejéercito del Noroeste. 

Concebida en el ruin cacumen del jefe ex-federal la idea del soborno, 
tocó proponerlo al coronel Eleazar Muñoz, quien en otro tiempo, militando en 
las filas de la legalidad, había sido compañero de armas de Obregón. 

Cumplió Muñoz su cometido enviando al Cuartel General de los Consti- 
tucionalistas, la siguiente carta contenida en la respuesta que le dio a la 
misma, Obregón: 

"Campamento Constitucionalista en Estación Maytorena, — Julio 10 de 
1913. — Señor teniente coronel Eleazar Muñoz. — Compamento Federal. — He 
quedado impuesto de su nota que dice: "Autorizado por el señor general en 
jefe, hágole esta proposición:, Véngase usted con su gente a nuestro lado y 
le será reconocido su grado de general, teniendo el mando de la gente que a 
su grado corresponde, en la inteligencia que para mayor seguridad, puede 
conferenciar con el mencionado general en jefe a la hora que usted indique." 

"No será quien milite en defensa, de un gobierno criminal quien ha estado 
dispuesto al sacrificio de su vida defendiendo la dignidad nacional; pero si 
por una monstruosidad me arrastrara a tal degradación, no me pondría bajo 
las órdenes de un hombre que sin ningunos concimientos militares ha llevado 
sus tropas al desastre y a la vergüenza, para dejarlas luego abandonadas a 
la hora del peligro, y a quién sólo conozco por la espalda, pues donde quiera 
lo he vencido y tengo la seguridad de vencerlo. Réstame sólo significarle mi 
pena porque usted, a quien aprecio, milite en un ejército que por pundonor no 
debía existir. Lo saludo atentamente. — General Alvaro Obregón." 

Para el delicado general, la carta aquí reproducida fué de emoción indes- 
criptible; sintió como si lo hubieran abofeteado en plena faz. No se ultraja 
la dignidad de un hombre de decoro proponiéndole que traicione a sus jefes, 
que venda a sus amigos, que despedace una causa, que desgarre una bandera, 
que envilenzca el suelo que le vio nacer, sin provocar el enojo más violento. 



ALVARO OBREGON 65 

En el momento en que acababa Obregón de destrozar a la gente de Ojeda, 
en la batalla de Santa María, y cuando se preparaba a movilizar sus tropas 
sobre Guaymas, fué cuando el sempiterno derrotado le envió la nota de 
Muñoz. 

En Culiacán recibió otra tienta reaccionaria que tuvo la audacia de darle 
el general Joaquín Téllez, del ejército federal, con la más refinada hipocresía, 
pidiéndole que se uniese, con las tropas que comandaba, a las huestes de la 
usurpación, para que juntas peleasen contra los invasores norteamericanos, 
que acababan de establecerse en Veracruz. Téllez apelaba al patriotismo de 
Obregón. 

La dignidad sopló, de nuevo, al oído del gran revolucionario la respuesta 
adecuada; y Téllez fué objeto de las siguientes líneas: "Señor Joaquín Téllez. — 
Guaymas. — El abominable crimen de lesa, patria que el traidor Huerta acaba 
de cometer provocando deliberadamente una intervención extranjera, no tiene 
nombre. La civilización, la historia y el Ejército Constitucionalista, único 
representante de la Dignidad Nacional, protestarán con toda energía contra 
los hechos; y si los norteamericanos insisten en la invasión, sin atender a 
las notas que nuestro digno Primer Jefe, don Venustiano Carranza, ha puesto 
al presidente Wilson, el Ejército Constitucionalista, al que tengo el honor de 
pertencer, luchará hasta agotar sus ñutimos elementos, contra la invasión, 
salvando de esta manera la Dignidad Nacional, cosa que no podrán hacer us- 
tedes porque la han pisoteado. Por lo expuesto verá usted, que no estamos 
dispuestos a unirnos con un ejército corrompido que sólo ha sabido pactar con 
la tración y el crimen. 

Si ustedes son atacados en ese punto, por los barcos norteamericanos, y 
derrotados como de costumbre, se les permitirá la retirada, determinándose 
el lugar donde deberán permanecer, hasta que se reciban instrucciones del 
Primer Jefe sobre lo que debe hacerse con ustedes. — 'General en Jefe, Alvaro 
Obregón." 

Esta bochornosa propuesta a defeccionar del bando de la legalidad, hecha 
por Téllez a Obregón, coincidió con otra similar de que fué objeto el bravo 
general Diéguez. También a este jefe se le invitaba a desertar de la causa 
de la justicia, en nombre del patriotismo. Consultado Obregón sobre esto, 
aconsejó a Diéguez la respuesta categórica que debía darse a los cohechadores 
de Mazatlán. 

Durante la breve estancia del Ejército Constitucionalista a principios de 
1915, por telegrama suscrito en San Antonio, Texas, el conocido reaccionario 
y famoso escritor, don Federico Gamboa, en nombre de una junta híbrida de 
vencidos de todos los matices políticos, que se daba a conocer por el título de 
JUNTA PACIFISTA, intentó hacer un llamamiento a Obregón invitándolo a 
rendir las armas, para que en unión de los expatriados, que ahora set llamaban 
PACIFISTAS, todos laboraran hasta formar un GOBIERNO QUE LLENARA 
LAS ASPIRACIONES TODAS, si se quería SALVAR A MÉXICO DE LA 
ANARQUÍA O LA INTERVENCIÓN. 

La respuesta al telegrama de referencia fué también comunicada a 
Gamboa por el telégrafo, y debe haber dejado al distinguido escritor muy 



66 ALVARO OBEEGON 

bien documentado para su próxima producción literararia, si esta ha de 
versar de política. Dice así: 

México, 7 de febrero de 1916. — Señor Federico Gamboa, San Antonio, 
Tex., E. U. A. — Me he enterado de su mensaje en que viene invitándonos en 
nombre de un grupo de mexicano» expatriados en esa, a deponer las armas. 
Los que hemos tenido el valor suficiente para ofrecer nuestra sangre a la 
República, no depondremos las armas mientras no hagamos desaparecer de 
nuestro suelo, a los excecrables traidores que vendidos a la reacción, pre- 
tenden hundir nuestros principos revolucionarios. Si ustedes en lugar de 
buscar refugio ba jo una bandera extranjera, empuñaran cada uno un fusil, 
afiliados al partido que mejor les acomodara, su labor sería más efectiva y 
tendrían cuando menos el honor de llamarse ciudadanos. — General Alvaro Ob- 
regón." — Así se obra solamente cuando no se tiene ambición y se va derecho 
a un fin: servir a la Patria. 



ALVAEO OBREGON 67 



XVII 



Obregón, al optar por la carrera de las armas, a que fué llamado per- 
entoriamente, pos las dolencias de la Patria, lo primero que sacrificó fué su 
salud. Las fatigas de la campaña minaron su delicado temperamento, ha- 
ciendo que le sea muy penoso pugnar incesantemente contra tenaces enemi- 
gos. En el campamento de San José, de Guaymas, las rudezas de la campaña, 
en consuno con los rigores del clima, causaron al soldado todavía novel, 
aunque investido del cargo de Jefe de operaciones, un ataque de insolación. 
Teniendo que recluirse a su cama por algunos días, su primer cuidado fué dar 
cuenta al Gobernador de Sonora del estado en que se hallaba el cerco de 
Guaymas, que había establecido para hacer que cayera la ciudad; llamando 
la atención de aquel jefe sobre el peligro de un avance de las tropas revo- 
lucionarias, en las condiciones desventajosas en que en esos momentos se 
encontraban, respecto de los federáis. Manifestó que un combate dado en 
tan malas condiciones sería, duradero y costoso de vidas y de parque. Además, 
él no veía ninguna probabilidad de éxito, triunfando sobre el enemigo. 

En. un encuentro había ya sido alcanzado por una bala que le hirió en una 
pierna, aunque no de gravedad; y en la batalla librada a inmediaciones de 
Trinidad, cayó en el patio de la hacienda de Santa Ana del Conde, para le- 
vantarse gloriosamente mutilado. De entonces acá lucha Obregón con una lar- 
ingitis crónica, que le postra a menudo, y de la que no logran sacarlo los 
esfuerzos de la ciencia. No obstante su menguada salud, atiende con dili- 
gencia lo mismo a las delicadas comisiones que se le confían desde que la 
Revolución se ha cambiado en gobierno firme y legítimo, como atendió a las 
especiales labores de la Secretaría de Guerra que sirvió por algún tiempo. 
Consargró a esas labores su energía diurna; y sin tomar en cuenta que la 
noche con sus sombras brinda al reposo y corresponde con especialidad a 
quien más ha trabajado durante el día, trasnochó, en cansadas vigilias, orde- 
nando apuntamientos, hechos a la ligera en el cuartel, bajo la tienda, o a la 
escasa luz del vivac, para dar cuerpo a su obra "Ocho mil Kilómetros en 
campaña". Es esta una relación sencilla y sincera de su breve e intensa 
vida militar, abundosa en rectificaciones y reivindicasiones. ¡Cuántas noches 
fatigosas ocupó en dictar, sucesivamente, a dos taquígrafos las páginas de 
ese libro vivido e interesante, desentendiéndose del creciente menoscabo de 
su salud; 

Lejos de mirar su organismo, que de robusto iba tornándose en endeble, 
lo gastaba en el cumplimiento de arduos deberes militares, de obligaciones de 
civilidad contraídas al abandonar el hogar labriego, para incorporarse en el 
grueso de la comunidad social. En todas partes, en toda situación, en todas 
condiciones por difíciles que sean, Obregón está en sí y sobre sí. No desoye 
los clamores del humanitarismo, como jefe de tropas: cuida que sus hombres 
alternen las fatigas del Combate con treguas que le permitan repararse; pro- 
cura de que no falten fondos para que los haberes sean oportunamente re- 



68 ALVARO OBREGÓN 

partidos, pues que son, en rigor, muy bien ganados haberes, los cuales podrían 
escasear debido a las irregularidades contingentes de la guerra. Con la venia 
de la superioridad, impone préstamos forzosos, lanza papel moneda a los 
mercados, o impone multas a los presos políticos que le caen en las manos, 
para allegar los recursos que se necesitan para el socorro de la gente de 
armas. 

Su espíritu ecuánime le dice que debe tenerse por igual a sus compañeros, 
ante la ley y la disciplina militar: por eso es que a seguimiento de una dis- 
posición que él mismo ha dado, ordenando que ningún hombre del cañonero 
"Tampico," abandonara el barco encallado en un banco de arena; habiéndose 
dado la ocasión de hallarse él con. la chusma marinera, a bordo de la in- 
móvil embarcación, el enemigo que se había dado cuenta de la presencia del 
jefe, por la bandera izada en el mástil, empezó a disponerse a un encuentro, 
haciendo avanzar al otro cañonero, el "Guerrero", sobre el "Tampico". Ver 
Obregón los preparativos de una lucha naval, en tan menguadas condiciones 
para resistirla, por hallarse en un barco varado; y sentir el impulso que 
grita "sálvese el que pueda", fué todo uno. El primer móvil del hombre, ante 
el peligro, dictado por el instinto de conservación, fué reembarcarse inme- 
diatamente, en su veloz lancha de gasolina, huyendo de todo riesgo; pero no 
triunfó el instinto de conservación, sino la intuición moral: recordando el 
General que la tripulación del "Tampico" permanecería atada a su puesto, 
en acatamiento a la orden que él había, dado, resolvió noblemente permanecer 
a bordo, y sortear la vida, lado a lado de sus bravos de mar¡ Suerte fué 
para todos que el único cañón, montado en la proa, del buque amagado, y ya 
prisionero ahuyentara al "Guerrero", el cual volvió al seguro de sus amarras, 
en el fondeadero de donde había zarpado, listo para combatir! 

Temeroso de provocar complicaciones internacionales, con qué prudencia 
recomienda a los jefes de su mando que cuando la línea de combate se sitúe 
en vecindad de pueblos norteamericanos, se evite el tiroteo en la dirección 
de la nación quisquillosa. Pero, en libertad para ordenar el dispositivo del 
combate, sus medidas son enérgicas, rudas, decisivas. Con el enemigo a la 
vista, sabe muy bien donde conviene batirlo; hacia donde, alejarlo con maña, 
de su centro de operaciones; debilitarlo, gastarlo, por cuanto ardid de guerra 
le sugiere su índole bravia. Porque Obregón, si es manso y clemente con los 
vencidos, hasta donde lo permiten los cánones de la guerra, tiene, en los 
momentos de la lidia, la, pujanza del león en la libertad de la selva. 

Ha sido la suya, al través de la extensión de la, República, una gira de 
arrojo, a la vez que de templanza. En ella fué entregando a la Revolución 
importantes plazas arrancadas al enemigo a sangre y fuego; en ella fué 
acogiendo misericordiosamente a los antagonistas que sinceramente se le 
rendían, con voluntad de adherirse a la buena causa. 

Don Venustiano Carranza no desestimó las cualidades de Alvaro Obregón: 
fué cauto, y por lo mismo no se fué de bruces dispensándole toda su confianza, 
antes de conocerlo. Lo pospuso a Angeles, el hipócrita, muy a los comienzos 
de la épica cruzada; pero a medida que fué reconociendo sus méritos, como 
resultado de una acuciosa observación, le concedió frecuentes ascensos; habi- 



ALVARO OBREGON 69 

endo llegado a ofrecerle la Secretaría y el Despacho de Guerra, en Septiembre 
de 1914. Agradecido el agraciado se negó a aceptar el puesto, por creerlo 
prematuro todavía : muestra de que la modestia ha sido la reguladora de todos 
los actos de su vida. Por fin, subsecuentes victorias obtenidas para conso- 
lidación de la Causa, orillaron al Primer Jefe a reiterar su invitación, que 
fué aceptada, con lo que el heroico divisionario entró a colaborar en el 
Gabiente, al reinstalarse, en Querétaro, el Gobierno de facto. Comenzó a ac- 
tuar Obregón en la Secretaría de Guerra, sustituyendo al general Pesqueira, 
en 13 de marzo de 1916. 

El nombramiento de Secretario de Guerra, recaído en la persona de aquel 
revolucionario sonorense, fué recibido con aplauso por el Estado de Sonora, 
el cual se sintió como alviado del peso de la traición de Maytorena. Recorda- 
ban con júbilo los sonorenses que a la llegada de don Venustiano a Hermo- 
sillo, allá en los comienzos de la lucha,, había habido una entusiasta manifesta- 
ción en su honor; y que con ese motivo el Primer Jefe que reconocía la par- 
ticipación importantísima que a Obregóon tocaba en los triunfos alcanzados 
por el Ejéercito revolucionario, movido por la gratitud y la justicia, diri- 
giéndose a los sonorenses que abundaban principalmente entre los asistentes, 
dijo: "Desde esta fecha queda nombrado Jefe del Cuerpo de Ejército del 
Noroeste, uno de los hijos de Sonora: el general Alvaron Obregón." 

La jurisdicción del Cuartel General, en que debía operar el Ejéercito del 
Noroeste, abarcaba los Estados de Sonora, Sinaloa, Chihuahua, Durango y el 
territorio de la Baja California. 



70 ALVARO ORREGON 



XVIII 

En servicio activo del Despacho de la Secretaría de Guerra, estaba ya 
Alvaro Obregón, cuando a causa del atentado de Villa en una de las pobla- 
ciones fronterizas de los Estados Unidos, el sentimiento hostil de aquella 
nación contra México se recrudeció como por encanto. Los E. Unidos, con sus 
agrias notas conminatorias, empezaron a dejar sentir el rudo zarpazo con que 
suelen amenazar a las repúblicas latino — americanas, cuya debilidad es no- 
toria, apenas éstas se resisten a obsequiar los deseos del país coloso. Pero 
aparte de la expectación inquietante que tuvo en un brete a la república, por 
algunos días, del incidente villista, ninguna dificultad inallanable surgió, en 
la vía delineada por el gobierno de la. Revolución, para encarrilar, por ella, 
la cosa pública. Cual más cual menos cada funcionario, dentro de la esfera 
de sus arbitrios y posibilidades, trató de abrirse camino, entre las trabas del 
momento, para salir adelante con la tarea administrativa que le había sido 
conferida por el Primer Jefe. Algunos gobernadores — Alvarado en Yucatán, 
por ejemplo — llegaron a obtener rápido éxito, en sus gestiones administra- 
tivas. En general la nación, mediante la secuela ordinaria de que se sirven 
los pueblos establecidos bajo un régimen regular, se echó a cuestas la tarea 
compleja que le competía, de una manera definitiva y normal. 

Se fué haciendo lo que humanamente se podía hacer en un país vasto 
y revuelto, asediado por enemigos irreductibles que todavía supeditan el pa- 
triotismo y el honor a miras ambiciosas y egoístas, desde su exilio voluntario 
en el extranjero. Pero como toda labor administrativa es compleja de suyo, 
y lo que México demanda lo es mucho mas, debido a las circunstancias 
especiales en que lo colocó el cambio radical de mandatarios y el cambio más 
radical aún y redentor de orientación hacia otros ideales, hubo que bregar 
resuelta y enérgicamente, para llevar a la práctica un plan eficiente de gobi- 
erno. Hubo desde luego que esperar a que una nueva constitución diera leyes 
nuevas, y las fijara en Carta Magna, sancionada por el primier congreso 
emanado de la Revolución. 

Mientras éste hacía su advenimiento, en todos los ramos de la adminis- 
tración se dio comienzo a gobernar. Apenas se reducían al Gobierno los 
cabecillas inconscientes e irresponsables que se habían apartado de la Causa, 
por desconocer sus finalidades, o por haberlas interpretado errónea -mente, las 
tropas reivindicadoras se apoderaban de los lugares antes acosados por el 
enemigo ;los limpiaban del bandidaje y reinstalaban en ellos autoridades 
salidas sin mancha de la Revolución. Con eso se dio principio a la saludable 
obra de la formación de una patria nueva. 

El arado, aprovechando la estación propicia para las siembras, ha roturado 
ya por dos veces la tierra, en todas direcciones. La semilla arrojada en el 
surco, por manos expertas, produjo abundantes y buenas cosechas el año 
último, las cuales no obstante la insuficiente comunicación del centro del 



ALVARO OBREGON 71 

país, con las entidades aledañas, redujo notablemente la escacez en mercados 
y tiendas de abasto. 

Causas y concausas de la incomunicación territorial han sido cuidadosa- 
mente estudiadas desde entonces, al igual que lamentadas, por los goberna- 
dores de los Estados, los cuales, empeñosos por remediar tan grave mal, han 
ido tomando medidas para que no tardemos mucho en ver por carreteras y 
calzadas, hatajos y carretas acarreando cereales y frutos, desde las lejanas 
regiones del país, donde huelgan las líneas herradas, al centro, o a puntos en 
que las mercancías puedan ser embarcadas, a bordo de los ferrocarriles. Otras 
mejoras han de seguir a estas indudablemente, así es que con beneplácito espera- 
mos los mexicanos todos ahora que, en aquellos lugares ya purgados por la ame- 
tralladora y el cañón, del virus zapatista y la peste villista, se siga el ejemplo 
de Yucatán, democratizando al pueblo, no en teoría, sino en práctica; y el 
ejemplo de Tabasco que, desde el año anterior, se dio a abrir caminos y car- 
reteras para poner en comunicación, unos con otros, recónditos puntos hasta 
hoy apartados, cuya producción agrícola es asombrosa. También se han 
estrechado allí las distancias entre las vías fluviales y las escasas de rieles. 

Este plan de romper el aislamiento de las varias entidades federales, 
facilita la explotación de los productos nacionales. Al mismo tiempo, el 
estímulo que consigo trae la ganancia inmediata coadyuva a sacudir el 
marasmo de las clases proletarias, sobre todo, en aquellos puntos del país 
donde el clima enerva. 

Por lo pronto y refiriéndonos no más a la importancia de las obras 
públicas en las regiones mencionadas, hay que acentuar su significación, 
y sus ventajas locales; pues cuatro ricos estados de la República se ponen 
al habla, después de cuatro siglos de mutismo que los mantenía en rivalidad. 
Chiapes, Tabasco, Champeche y Yucatán, los cuatro estados que están para 
entrar en actividad, tienen puesta la mira en el istmo de Tehuantepec, como 
punto favorable de exportación. De los cuatro sabemos casi nada los habi- 
tantes de la metrópoli; excepto que por su dominio se pirran poderosas com- 
pañías extranjeras. 

Paulatinamente, como lo permitía la penuria del país, y sobrepasando 
por las ¡numerables dificultades con que se tropieza, cuando hay que gober- 
nar combatiendo, iba ya la Administración preconstitucionalista a sus fines, 
cuando el estulto Villa, con sus abominables hechos interrumpió bruscamente, 
aunque por breve tiempo, la actuación gubernativa. Despechado a causa de 
las inumerables derrotas que le han infligido, posteriores todas a la máxima 
con que lo castigó Obregón en los campos de Celaya, recomenzó sus viles 
hazañas de bandidaje. Otra vez volvió a tremolar su bandera roja y negra 
de destrucción y muerte ;la que le ha concitado el horror de la gente seria 
y el terror del pueblo. Con gasto de energía, que pudiera emplear en patrió- 
ticos empeños, ha emprendido la regresión a sus inveteradas fechorías 
aún más desalmadas y villanas. Osando asaltar las pequeñas ciudades 
limítrofes de la nación vecina con nuestra frontera, para comprometer la 
integridad nacional, ha provocado la ira de los Estados Unidos, cuyas auto- 
ridades dispusieron que una fuerza armada saliera hacía el Sur, bajo el 



72 ALVARO OBREGON 

nombre de "Expedición Punitiva"; y cruzando la línea divisoria, invadiera 
el suelo mexicano. En pocos días, dicho Cuerpo de Ejército, bien equipado 
y provisto de víveres, se diseminó por Chihuahua, desentendiéndose el 
gobierno de Washington de las reiteradas protestas del nuestro, expresas 
en notas de la Secretaría de Relaciones. 

Fué durante la labor, como encargado de la Secretaría de Guerra, del 
general Obregón, cuando se desarrolló la secuela de interpelaciones y ex- 
plicaciones, treguas y combates, entre mexicanos y norteamericanos. Hubo 
muertes que lamentar en nuestras filas; pero los invasores también sacaron, 
además de pérdidas de vida en algunos encuentros, otras en mayor número 
ocasionades por los rigores del clima, mortífero por excelencia para gente 
adventicia y sin precaución. Rara vez salieron airosos, aqunque siempre lo 
afectaban, los solados enemigos, que si escapaban a las balas, no eran per- 
donados por la disentería. Para no desvirtuar su programa de benefactores 
de la humanidad, al acercarse a los suburbios de los poblachos, atraían a 
las indiadas que en ellos habitan, ciegas por ignorancia, con provisiones de 
boca, y aún algunas monedas de cobre. Los indios aceptaban de buena 
gana las dádivas; muchos creyendo que el Gobierno Constitucionalista se 
las enviaba; otros suponiendo que los norteamericanos eran los zapatistas, 
de quienes se decía que peleaban por la restitución de tierras a sus ori- 
ginarios poseedores. Iban de aquí para allí los seudo persecutores de Villa; 
y el bandolero se les escabullía burlándose de ellos. En esta gira no 
hacían sino profanar el suelo mexicano, ufanándose de ello, así como de 
las liberalidades que, a su juicio, iban derramando entre nuestro pueblo 
desvalido. Es de desdichada recordación para los intrusos la escaramuza 
por ellos motivada, en la cual cayeron exánimes varias unidades de la 
"Expedición", y puesto en fuga el resto del contingente militar: se aven- 
turaron a entrar armados y en formación a cierto lugarejo llamado "El 
Carrizal", desautorizadamente y pasando por alto las intimaciones del jefe 
mexicano, Gómez. Este les había hecho advertencias pertinentes. Gómez 
al percatarse de la audaz intromisión, apercibió sus ametralladoras y con 
ellas dio la bienvenida a los punitivos. El denodado Gómez sucumbió en 
ese combate. Naturalmente la grita de la Prensa allende el Bravo fué 
sonada. La del amarillismo que hace las delicias del millonario californiano 
Hearst y le consume buena parte de su cuantiosa hacienda, fué la que se 
dio más vuelos y sacó más provecho. Los periódicos de Hearst se vendieron 
como pan caliente. Pusieron en alarma los poblados diseminados a lo largo 
de la línea divisoria, en ambos lados, por pertenecer a las rancherías que 
los constituyen, principalmente, a ciudadlanos norteamericanos, que son 
sempiternos causantes de nuestra desazón y de la latente pugna internacional. 

La algarada que alzaron los periódicos, con las noticias alarmistas, fué 
propicia a los especuladores de oficio, para subir el monto de algunos artií- 
culos de plaza, como convenía al lucro, y convertir otros, en expresiones 
numéricas de valor insignificante o nulo. Hubo eco resonante por toda la 
República. Desde luego encendió la indignación en aquellos bien intenciona- 
dos de nuestros connacionales que, ansiosos de paz, ayudaban modestamente 



ALVARO OBREGON 73 

a la consolidación del Constitucionalismo; trabajaban con anhelo para que 
se afirmara la administración, e impugnaban la contumcia y la malicia de los 
expoliadores del Norte, en mantener un cuerpo de Ejército en territorio mex- 
icano, que, sarcásticamente llamaban, en sus notas diplomáticas, territorio 
amigo. 

Continuamente nos humillaban en sus informes, con reseñas de falsas 
victorias sobre los incansables luchadores de la reivindicación nacional; de 
ahí era que los enefermos de irremediable pesimismo vieran, en la prolon- 
gada estancia de los invasores la prótesis de alguna tragedia cercana en que 
peligrara la soberanía nacional. 

Frente a frente de los desinteresados patriotas, alzábase el relieve de 
los acomodaticios que van firmemente a lo suyo, con mengua de su honora 
y menoscabo de la patria. Estos, en ocasión del incidente norteamericano, 
se desataban en denuestos contra el Constitucionalismo, imputándole graves 
cargos: el principal era el de impotencia para confrontar la invasión ex- 
tranjera, ni por el persuasivo medio de la diplomacia, ni por el agresivo de 
la guerra. Los que así pensaban no se recataban para expresarlo: eran de 
esos buscones que en cualquier incidente político sacan granjerias, atendiendo 
solamente al medro y sin dárseles una liga el por enir de la patria. 

En este estado de cosas, los Estados Unidos se obsecaron en perpetuar 
definitivamente en México la Expedición Punitiva, motivo de otra nota in- 
ternacional. 



74 ALVARO OBREGON 



XIX 

Siguió como expresión de hostilidad el boycotaje. El boycotaje de nues- 
tras producciones en los Estados Unidos fué proclamado por algunos diarios 
norteamericanos de los que amparan a empresas y compañías comerciales 
que importan mercancías de Europa, o de las Américas del Centro o del Sur, 
y a productores que no necesitan de nuestra materia prima para sus in- 
dustrias. Los desencatados de patriotismo, acostumbrados a resolver las 
dificultades políticas de México, con que importemos gobiernos extranjeros, 
como cuando aquella Junta de Notables de maldecida recordación nos trajo 
a Maximiliano de Hapsburgo, hicieron planes a la sordina. Los que menos, 
deseaban que se abriera a, los advenedizos huéspedes, de par en par, las 
puertas de la Nación, para que ellos, si lo tenían a bien, fuesen sentándose 
cómodamente en los escaños administrativos. ¡Y qué felices y qué satis- 
fechos nos sentiríamos los mexicanos. — decían — gobernados sabiamente por 
el queblo norteamericano, tan progresista y tan cabal! A estos, principal- 
mente, la noticia del boycotaje les produjo un brusco despertar. Despertaron 
de los ensueños de extranjerismo que les hacían esperar el adelanto y la 
prosperidad de la nación y el bienestar comunal, del trasplante de una leg- 
islación exótica, atinadamente creada para otros pueblos, respondiendo a 
las necesidades de ellos, en concordancia con sus condiciones circunstantes, 
y en harmonía con sus idealidades de finalidad. 

Decir que los extranjeristas despertaron, o que debieron haber desper- 
tado no es un ocioso decir, pues observaciones hechas en esos días, y que 
no viene fuera de camino expresar aquí, nos ofrecieron, entre otros varios, 
dos hechos paralelos. Por un periódico californiano, órgano de la colonia 
italiana en aquella región norteamericana, que fué nuestra otra vez, se supo 
la noticia de que una extranjera, radicada en Sonora, México, a su llegada 
a San Francisco, como fugitiva de la, guerra civil que nos afligía en la fron- 
tera, declaró que si el proletariado y la indiada sonorense abominaban de la 
intervención norteamericana y se matenían en pie de guerra contra todo 
intento de invasión de los Estados Unidos, la plutocracia, en cambio, hacía 
incesantemente votos porque un protectorado del Norte encausara a México 
por la carretera florida de un progreso similar al del país vecino. Conjun- 
tamente cruzaba la línea divisoria un informe oficial del cónsul mexicano, en 
California, que ponía en conocimiento de la Administración constitucionalista, 
el hecho de estarse llevando a efecto el boycotaje de nuestros productos. Al 
presentarlos en el mercado, eran plenamente rechazados. A algunos artí- 
culos se les había subido sin consideración el importe de derechos; a otros 
el flete, y otros más, como por ejemplo, la fruta, que en un tiempo cubrió 
los mercados de la Unión Americana, era a la sazón vista con recelo, y ar- 
rojada al mar en muchos casos. Añadía el mensaje consular que con aquellos, 
productos nuestros, todavía insustituidos y quizá insustituibles, por los 



ALVARO OBREGON 75 

hábiles y arrojados traficantes del país vecino se hacía una excepción: eran 
aceptdos. Pero, aceptados, ¿cómo? Se sacaban a la plaza, ocultándose su 
procedencia, como si proceder de México los rebajara en calidad. 

Comparando las dos noticias, la de que una extranjera intrusa y desa- 
gradecida de la hospitalidad que se le dispensaba, exhibió interpretándolos 
a su antojo, los sentires y pensares de una importante clase social de México, 
como lo es la plutocracia, y la que aportaba la información consular, bastante 
detallada y precisa, se llega a la conclusión de que los norteamericanos neces- 
itan de las riquezas de nuestro suelo, y por eso lo ambicionan; y a conquis- 
tarlo les ayuda una agrupación de nuestros coterráneos, a quienes llamarí- 
amos, lenien temen te : los equivocados. ¿ Equivocados de convicción, sin mali- 
cia y por ignoranca? A ellos tocará aclarar el punto cada vez, — por desgracia 
con harta frecuencia, — que los norteamericanos nos amenacen con la inter- 
vención. Bueno sería recomendarles, por lo pronto a esos antipatriotas, que 
tuvieran presente que tierras poseídas, de reciente adquisición, por los nor- 
teamericanos, como Hawaii, Filipinas y Puertorrico; y otras intervenidas 
como Santo Domingo, o tomadas bajo la protección del coloso, como Costarrica, 
Nicaragua, Panamá y Haití, producen artículos similares a los nuestros, los 
cuales tienen que ser preferidos por nuestros eternos molestadores, pues con 
ello nos muestran su poder; máxime cuando nos ven pasando por doiorosa 
crujía, en defensa de nuestros derechos y de nuestros intereses. Bien mirado, 
a los Estados Unidos ¿ qué les importa nuestra soberanía nacional? 

Al punto de celebrarse las conferencias internacionales de qué depen- 
dería la aclaración de muchos puntos esenciales para la resolución definitiva 
de intrincados problemas políticos, no cabía profetizar, porque ha pasado ya 
el tiempo en que las profecías eran oportunas, y se cumplían. Así los dis- 
cretos prefirieron aguardar a que el curso de las cosas señalara la conven- 
iente orientación. Algunos que, con marcado optimismo, aguardaban sólo lo 
bueno, del resultado de las conferencias, pensaron que era prudente que no 
nos echáramos a depender de los mercados norteamericanos, o de los pequeños 
Estados de la América Central, protegidos por la Unión Americana, para el 
consumo de nuestra producción, así fuese mineral o agrícola. Estaban de 
acuerdo, en que a México le convenía sacudirse de su habitual y criminal 
marasmo; empeñarse en empresas de vuelo, formando compañías que se 
decidieran a arriesgar cuantiosos capitales, en solicitud de mercados de con- 
sumo, en las repúblicas amigas, cuyos efectos de subsistencia son disímiles 
a los nuestros. También estaban de acuerdo en que nos dirigiéramos a los 
mercados de Europa. No se escapaba a los proponentes que los Estados 
Unidos buscarían el medio de hacernos competencia, apadrinando las pro- 
ducciones de sus pequeñas aliadas y protegidas: las republiquitas de la 
América Central. De la lucha que originara la competencia, aunque no fuese 
más que el estímulo del trabajo nos resultaría un bien. Pero este plan era 
rebatido por millares de individuos que se sentían fatalmente atraídos por 
la intervención yanki. 

En la cuestión del desarrollo de las riquezas nacionales, (tan traída y 
llevada en lenguas por cierta Prensa, principalmente por los periódicos de 



76 ALVARO OBREGON 

Hearst, el desprestigiado millonario de California, poseedor de extensas re- 
giones mineras en Chihuahua,,) el que tenía que dar su fallo definitivo era el 
pueblo mexicano; tanto porque a él atañe principalmente asegurarse un por- 
venir del tamaño que él mismo lo haya soñado, cuanto porque, individual- 
mente, tiene cada quien que poner a prueba la suma de sus energías, en 
servicio de la Patria. 

Ningún extranjero ni colectiva ni individualmente ha de gastar sus 
fuerzas, ni dedicar sus conocimientos en la técnica de ningún arte, industria 
o ciencia, para hacernos ricos y felices: por el contrario, approvechará todo 
lo que sepa y todo lo que pueda, en beneficio de sus intereses, y aun a costa 
de los nuestros. Esto deben tener en cuenta los que veneran a los extranjeros 
como semidioses. Lo han demostrado así los extranjeros que, desde la guerra 
de Independecia a acá, han venido a establecerse entre nosotros, ya tempo- 
ralmente, ya de manera definitiva. Cuando han hallado que los negocios a que 
dedicaron su empeño y su tiempo no les darían la compensación soñana o 
apetecida, con este o el otro pretexto fútil, han apelado a sus cónsules, que- 
jándose de las enormes pérdidas que les causaban la anormalidad del estado 
del país. Muchos, en lugar de aparecer en la lista de industriales o comer- 
ciantes, con sin igual descaro se entrometieron en nuestra política, poniendo en 
práctica toda suerte de bellaquerías, para hacer fortuna; o declaradamente 
cometieron atroces crímenes, escudándose con el uniforme militar. 

La consideración excesiva, casi rayana en homenaje de sumisión, que 
hemos guardado a los extranjeros, nos provocó la intervención francesa; pos- 
teriormente ellos nos han puesto al borde de serias complicaciones interna- 
cionales. En la nota de Lansing, contestando a la que nuestro Gobierno había 
enviado a Washington, en la que pedía la desocupación del territorio ultrajado 
por la llamada Expedición Punitiva, varias veces se alude a las propiedades y 
personas de los ciudadanos americanos, como si México tuviera mayores ob- 
ligaciones hacía los extraños que nos hacen el favor de venirnos a explotar, 
que para con los nacionales. Vaya una muestra: "Las depredaciones en per- 
sonas y propiedades americanas dentro de jurisdicción mexicana han sido 
todavía más numerosas." — "Este Gobierno — el de Washington — ha exigido re- 
petidas veces en los términos más enérgicos, que el Gobierno de facto" proteja 
las vidas y hogares de los ciudadanos americanos y que dé la protección que 
las obligaciones internacionales imponen, a los intereses americanos . . ." 
"Es irracional esperar que los Estados Unidos retiren sus fuerzas de territorio 
mexicano o impidan su nueva entrada, cuando su presencia es el 
único freno de ulteriores ultrajes de bandidos, y el único medio 
eficaz de proteger las vidas y los hogares americanos . . ." — "porgue si el 
Gobierno mexicano no puede proteger las vidas y las propiedades de los 
americanos, expuestas al ataque de los mexicanos, el Gobierno de los Estados 
Unidos está en la obligación, como le sea posible, de hacerlo así." Tales ex- 
ijencias apremiantes nos afligieron cuando el país estaba revuleto; y eran 
procedentes de una nación pacífica que proteje a sus ciudadanos y se ajusta 
a los principios de la Ley, haciendo la vista gorda, a los frecuentes lincha- 
mientos en que perecen americanos, a manos de sus connacionales, en medio 



ALVARO OBREGÓN 77 

de los más inquisitoriales tormentos que puede inventar el salvajismo. 

Alvaro Obregón entendió en las conferencias internacionales que pre- 
cedieron a esta nota, con la prudencia del ciudadano que ama la paz, y los 
ardores y energías del patriota. En ocasión del memorándum firmado por el 
general Obregón condicionalmente, y a reserva de que Carranza aprobara o nó, 
las cláusulas propuestas, — memorándum que fué reprobado — el representante 
diplomático de México, el mismo Obregón, notificó con laconismo resuelto, a 
los generales americanos, Funston y Scott, que el Gobierno mexicano no per- 
mitirla el paso de nuevas tropas de los Estados Unidos a suelo mexicano; y 
que, para impedirlo, los comandantes militares de la frontera hablan recibido 
ya las órdenes necesarias. 

Con deslealtad que merece muy duros comentarios, tanto Scott como Fun- 
ston negaron haberse enterado de la notificación referida; y dieron orden de 
cruzar la línea, a nuevas tropas; exponiéndolas a los ataques de los soldados 
constitcuionalistas que vigilaban la frontera. A esto llamó Lansing "hostilidad 
manifiesta de los comandantes militares hacia las tropas americanas, em- 
peñadas en la persecusión de las bandas de Villa". 

La firmeza y la energía del General Obregón, ante las untuosas y pérfidas 
aserveraciones de los representantes norteamericanos, no son características 
exclusivas de él: le vienen de abolengo. Precisamente en ocasión de las 
Conferencias a que nos venimos refiriendo, una de las tres hermanas del 
General, que se encontraba ahí presente, manifestó su entereza viril ante las 
mujeres de Ciudad Juárez. 

Para demostrar el carácter de una de aquellas tres mujeres que se encar- 
garon de la niñez de Obregón y guiaron su infancia, quiero hacer hincapié 
sobre este rasgo de la menor de ellas: Rosa. 

Para celebrar las Conferencias de Ciudad Juárez, Chih., entre los Gen- 
erales Hug L. Scott y Frederick Funston, en representación del gobierno Ame- 
ricano, y el General Alvaro Obregón entonces Secretario de Guerra y Marina 
en el Gabiente del Señor Carranza, en representación del Gobierno Mexicano, 
para pedir la salida de la llamada Expedición Punitiva, el General Obregón se 
trasladó a Ciudad Juárez en su coche especial "Siquisiva" que servía de alo- 
jamiento a su familia. 

Después de algunos días de expectación general en el país, cuando empe- 
zaban a creerse estériles las Conferencias, acrecentóse en toda la frontera la 
zozobra más intensa, esperándose de un momento a otro la ruptura de las 
hostilidades; en medio de aquella suprema inquietud se presentó un día en el 
carro del General una comisión de damas mexicanas invitando a la hermana 
de Obregón a ofrecer una manda al Todopoderoso si libraba a México de la 
Intervención; Rosa se excusó al principio, pero como las señoras se dieran 
cuenta de que lo hacía aconsejada únicamente por la cortesía, le suplicaron 
que con toda franqueza les dijera el verdadero motivo porque no quería tomar 
parte en la promesa; a lo que Rosa dio esta hidalga respuesta: "Quiero que 
ni Dios me conozca el miedo." 



78 ALVARO OBREGÓN 



XX 

Ser caudillo donde todos por su valor podían haberlo sido, tocó en suerte 
a Obregón, para que esclareciera más su figura militar; pues los hombres que 
acompañaron a aquel jefe en los primeros combates, los que él menciona con 
laude en sus partes de batalla, se llamaron: Hill, Hay, Alvarado, Diéguez, Sosa 
y Camacho, Gutiérrez, Manzo, Acosta y Trujillo, Lucio Blanco, Cabral, Bule, 
Manríquez, Urbalejo, Contreras, Nielas Díaz de León, Benjamín Chaparro, J. 
J. Méndez, Amavíscar, Luis M. Achondo, Rivera Domínguez, Fructuose Mén- 
dez, Lino Morales, Félix Romero, Andasola, Enríquez Moreno, Gaitán Busti- 
lios, Quiroz, Buelna y García, Quiroga, Serrano, Bernardo Fálix, Aarón Saenz, 
Lorenzo Muñoz, Dr. Osornio, y un humilde telegrafista: Ángel M. Pérez. Cons- 
te que no los he mencionado a todos; Obregón sí. En otra edad, en otra 
tierra, en otro ambiente, aquellos bravos militares de un día, héroes para la 
posteridad, se habrían repartido los nombres de los guerreros que inmortalizó 
Homero en su Iliada. ¡ Tal brillan sus hechos en la cruzada nacional por la 
democracia! Obregón ha sido el invensible Aquiles. Algunos de esos esforza- 
dos ya no se cuentan en el número de los victoriosos, pues cayeron vencidos 
por la muerte, envueltos en un sudario de sangre. 

Cuesta trabajo creer que algunos de esos valientes, salidos a la lid por 
la atracción de un ideal y en seguimiento de una enseña democrática, hayan 
podido defeccionar más tarde: desertaron del baluarte de la lealtad, tocados 
de ambiciosos movimientos, e incorporáronse en las filas de la traición, donde 
Villa, el degenerado, se señorea y conjura contra la Patria, cometiendo es- 
pantosos crímenes. ¡Lucio Blanco, Cabral, Urbalejo . . .! ¿A qué citar a 
los equivocados en actuación, a los sordos a los clamores de la Patria afligida? 
Ellos llevarán el castigo de su error, en la privación de sus derechos de 
ciudadanía y en la vergüenza de aparejar sus nombres, con el de un bandido, 
ante la Historia. 

Obregón, con la ecuanimidad que preside los actos de su carrera militar — 
para no hacer incursiones impertinentes en su vida privada, pues él es ecuánime 
siempre — refiere los pormenores de la defección de sus compañeros de armas, 
al igual que consigna su comportamiento relevante antes de ser inficionados 
con el ejemplo de Villa, Zapata y Maytorena. Por el relato sincero de sus 
partes a la superioridad, supimos de la indisciplina de Lucio Blanco, en Tepic; 
de la abrogación de facultades de Alvarado, antes del asalto a la plaza de Naco; 
de la agresión de Bracamonte, de las vacilaciones de Buelna, de la fuga taima- 
da de Maytorena, de las malandrinadas imbéciles de Villa, tutoredo por Felipe 
Angeles. 

Ecuánime es Obregón y justiciero: da ejemulo de moralidad devolviendo 
con horandez el dinero que maneja para gastos de guerra; el que abandona 
el enemigo, el que él mismo crea, mandando hacer bonos, el que percibe de 
multas, contribuciones y gabelas. Su integridad deja una estela por donde 
quiera que él pasa: atacado tenazmente por los veinte mil zaptistas que hos- 



ALVARO OBREGONl*F l.¡ 79 

tilizaban la ciudad de México, sabía que tendría que evacuarla; y cuando a 
ellos se decidió, hizo notificar a los causantes de la contribución que iba 
a imponer al comercio, al clero y a la banca, que formaría una junta de per- 
sonas respetables que distribuyera entre los necesitados los fondos que se 
colectaran, aunque él tuviera que abandonar la ciudad. Quiso quitar del 
ánimo de los agraviados — los contribuyentes siempre lo son — todo asomo de 
desconfianza. 

En Orendáin y Castillo, capturó al enemigo un gran botín: en numerario, 
solamente, medio millón de pesos; de todo lo cual dio estrecha cuenta, ques 
jamás ha sucedido que a Obregón se le pegue el dinero ageno; incidente muy 
común entre los detractores del respetable ex-jefe del Curpo de Ejército del 
Noroeste. No ascendió desde la miseria, por la denigrante escala de la 
rapacidad, a los altos puestos que ha desempeñado en la jira revolucionaria; ni 
regresa a su hogar agobiado por riquezas adquiridas, de ocasión (comisiones, 
contratos, herencias negociables, &.), ni por la vergüenza de haber sido 
señalado cuppbable de concusión, ni de haberse sentado en el banquillo donde 
declaran los cacos. Sus convicciones son firmes. Estudia una situación antes 
de acometerla; medita un plan antes de resolverlo; toma el tiento a la carga 
antes de echársela a los hombros. 

En presencia de un obstáculo de momento, ni retrocede ni se amilana. 
Es diligente y es resuelto: corta vías para incomunicar a Guadalajara, cuando 
le conviene que esté aislada esa capital; y, contrariamente, improvisa catorce 
kilómetros de vía, en tramos de quinientos metros, ques no tenía material suf- 
iciente para hacer pasar de Maytorena, a Cruz de Piedra dos locomotoras y 
material rodante, por hallarse la estación de Empalme, que era el punto de 
entronque, en poder del enemigo. En cambio se niega a levantar el camino 
herrado de los ferrocarriles Central y Nacional, entre Querétaro y México, 
según lo había dispuesto el Primer Jefe, al ordenar la desocupación de la capi- 
tal, con motivo de la ruptura de Carranza con los convencionistas que lo tra- 
icionaron. Objetó que semejantes providencias serían ante Villa, la revelación 
de la impotencia de las fuerzas constitucionalistas para confrontar al enemigo. 
Al mismo tiempo — añadía — se daba al bandolero que combatían las tropas 
leales, ocasión de aniquilar a los denodados que luchaban por la Causa, en el 
Norte, el Oriente y el Occidente de la República. A suprudencia se debió que 
durante la campaña toda, el C. Primer Jefe, más bien que darle órdenes, le 
hieriera insinuaciones pertinentes, con la salvedad de que obrara en todo como 
le dictara su juicio. 

Cayentano Andrade, en sus "Perfiles Constitucionalistas", escribe desde 
Morelia: "Alvaro Obregón es la revelación más perfecta de la potencia ir- 
resistible del elemento honrado que se yergue en representación de la justicia, 
para derribar tiranías y castigar duramente la suurpación y las traiciones: 
es un carácter que marcha siempre en línea recta al cumplimento del deber; 
sin desviarse un ápice de las obligaciones contraídas, sin desmayar un sólo 
momento en su empresa, cualesquiera que sean las contrariendades y peligros 
ques se les presentan; sin transacciones ni pactos con los traidores que de- 
svirtúan la pureza de una causa y amenguan su fuerza; siempre lleno de la 



80 ALVARO OBREGÓN 

fe que traslada las montañas, y de la lealtad inquebrantable, pone a toda hora 
su espada y su inteligencia al servicio de la Patria y la defensa del derecho, 
la legalidad y la justicia." 

Que es inclinado a avenir ánimos, lo dicen la discreción y el tacto cou que 
obró cuando tuvo en observación a Maytorena; cuando fué a convencer a sus 
compañeros de armas, — disgustados del nombramiento de Felipe Angeles, como 
ministro de la Guerra, al grado de querer presentar su baja, — de que el Primer 
Jefe aducía razones, mercedoras de tomarse en cuenta, para no revocar ese 
nombramiento; y finalmente, al empeñarse en atraer de nuevo a la causa revo- 
lucionaria el espíritu tornadizo de Villa, no obstante el riesgo en que puso la 
vida. 

Aunque vencedor siempre en las batallas decisivas, no sabe jactarse de que 
el triunfo se deba, en todo caso, a su pericia o a su valor: antes concede que 
algunas victorias las debió a circumstancias especiales que obraron en favor 
de la Causa; y reconcoe y declara con frecuencia en sus informes, el valor 
y la bravura del enemigo. 

Su indiscutible energía para imponer una severa disciplina en las tropas 
de su mando no lo ofusca hasta orillarlo a cometer injusticias; serenamente 
investiga las causas de los actos, de sus subalternos, en apariencia punibles, 
deteniendo su fallo mientras desconoce la verdad. El caso de Kloss, que pudo 
convertirse en tragedia, es un comprobante. Kloss, coronel a las órdenes de 
Obregón, volvió inopinadamente las piezas que ya tenía emplazadas en dis- 
positivo de combate, y se retiró con ellas de la lid, en los momentos que se 
libraba reñida lucha, en terrenos de Celaya. Enterado de la huida, el indigna- 
do General en Jefe, disponse que el fugitivo coronel sea detenido y pasado por 
las armas inmediatamente. Pero la investigación sucede a la sentencia; el 
reo explica que había retirado la artillería para que no cayese en poder de 1 
enemigo, toda vez que al hacer, el grueso de los que reñían, un movimiento de 
flanco, las piezas quedaban desamparadas. Obregón, entonces revoca la fa- 
tídica sentencia y declara la inculpabilidad de Kloss. 

Tuvo en cuenta el General las razones del subalterno y tuvo en cuanta 
también que las harmonía entre un mandatario con aquel que tiene asignada 
la obediencia pasiva y callada, echa las bases firmes de todo buen gobierno. 



ALVARO OBREGON 81 



XXI 



Dice Solís, en su historia de la Conquista de Máxico, refiriéndose a, los 
capitanes Alvarado, Montejo y Dávila, "que eran sujetos de calidad conocida y 
más por su valor y proceder: segunda y mayor nobleza de los hombres." 

El proceder es la piedra de toque de los luchadores que han llegado a ver 
sus hazañas famosísimas coronadas con el triunfo de la causa que los motivó. 
Cualesquiera que fuesen los escombros que les estorbaron el camino, ellos se 
dieron maña para removerlos y apartarlos de sí; si se encontraron en los 
atenáceos de la miseria, supieron resistir; vencieron a la muerte sacando vigor 
del cansancio, energía del desfallecimiento, sangre nueva ebullente y abundante 
de la enfermedad; pero cuando sus manos enguantadas de vencedores regocija- 
dos estrecharon, en el salón de los festines, otras manos enguantadas también, 
manos pulidas por la ociosidad que saben sólo oprimir efusivamente las de 
los hombres que socialmente ascienden, que políticamente se encumbran, 
cuando oyen las lisonjas hiperbólicas que suelen representar en el ambiente 
de los palacios del Gobierno, han cedido ablandándose poco a poco y sin 
sentirlo, ante la mentida lisonja. Esos son generalmente los hombres que 
escalan el poder inopinadamente, como consecuencia de un afortunado tumbo 
de dados. 

Pero Obregón ha sido muy otro: no resbaló por las untuosidades de la 
adulación: su potencialidad individual, que lo hace aparecer como caballero 
blindado de la Edad Media, no se desmoronó a la manera de un trozo de 
azúcar revenida, por el constante filtrar de una gota de agua. 

En contraste con la blanduja consistencia moral de muchos de los revo- 
lucionarios, hoy en auge, cuyos procederes bien pudieran desprestigiar la 
Causa y poner en tela de juicio los ideales que se ostentaron en el pendón 
revolucionario, la contestura de Obregón se ha dejado ver en su conducta. 
El héroe de Celaya no ha f laqueado a las zalemas de la adulación. Inflex- 
ible en presencia de toda suerte de lagoterías, con que los mentecatos que 
andan a la husma de empleos, embaucan a los jefes, advenedizos en los car- 
gos públicos, ha sabido conservar en los altos puestos de su cargo, la digni- 
dad y el decoro que los altos puestos merecen. Del mismo modo que supo en 
el taller de mecánica y en el modesto despacho de agricultor, tener el car- 
ácter propio que aquellas ocupaciones requerían, y que le valieron el respeto 
de la comarca. 

Sin prodigarse como el eterno POSSEUR oficinista de todas las admin- 
istraciones, fué siempre accessible, en las audiencias públicas que todo fun- 
cionario de una república está obligado a conceder. Y a las abundosas soli- 
citudes de los pretendientes que a él acudían, respondió menos con benevo- 
lencia, con ser mucha la suya, que con extricta justicia. No se creyó dueño 
de los fondos de la nación, como muchos gobernantes, y se abstuvo de rep- 
artirlos entre sus amigos y parientes, amparando la dádiva con elgún nom- 
bramiento de empleo oficial. También a la hora de nombrar los empleados 



82 ALVARO OBREGON 

que debía y necesitaba para los servicios de su despacho, rehusó a los de- 
mandantes de sinecuras el regalo que pedían, y otorgó los empleos vacantes 
nada más, a quienes, con ser capaces de servirlos bien, acreditaran su hon- 
orabilidad, con buenos antecedentes. En consonancia con esa rectitud genial, 
habiendo notado, al establecimiento del poder constitucionalista en el Es- 
tado de Jalisco, que algunos individuos obsecados por el fanatismo clerical, al 
hacerse cargo de los puestos públicos que solicitaron, eran exhortados por 
la gente de Iglesia a retractarse de la protesta de adhesión al Plan de Guada- 
lupe, que al tomar posesión de sus respectivos empleos se les exijía, y ellos, 
flacos de espíritu, lo hacían compungidos y jeremiacos, Obregón los desti- 
tuyó, en seguida de haberles expedido el nombramiento respectivo. 

Algunos de esos politicastros por oficiosidad, que representan a los fra- 
casados en todas las revoluciones, y son los pretendientes consuetudinarios 
de canongías, en todas las administraciones, han tachado de rudeza a Ob- 
regón; mayormente al entrar en las plazas tomadas a sangre y fuego. No 
ha sido su conducta examinada a la luz de un buen criterio. Al mandar pasar 
por las armas a los jefes enemigos que, por les azares de la guerra han 
caído en sus manos, Obregón ha aplicado leyes vigentes, severas quizá, pero 
que no era de su resorte ni de su incumbencia ni modificar ni abolir: obró 
así, o de tal o cual manera, siempre en cumpliimiento de su deber. Además 
los hombres que inventaron la guerra inventaron un juego cruel. Desde que 
Jehová guiaba a su pueblo a la conquista de la tierra fecunda y rica que 
habitaban ya otros queblos con anterioridad, y de esa tierra sacaban su pan, 
y esa tierra tenían por suya, y la amaban, el Dios de los Ejércitos, en quien 
se suponen las virtudes que faltan a los hombres, dictó a su elegido, Moisés, 
un código de preceptos, uno de los cuales se refiere a lo que debe Israel, 
vencedor, hacer con los vencidos. "Cuando Jehová te hubiera metido en la 
tierra, prometida, no harás con ellos (los enemigos dominados) alianza, ni los 
tomarás a merced, ni consagrarás con ellos; sino que destruyendo, los des- 
truirás, y no los perdonará tu ojo." 

¡ Si Madero el bueno, si Madero el santo hubiera tenido por egida a 
Jehová, en vez de a Jesús de Nazareth, en sus pugnas contra el porfirismo, 
¡qué diferente habría sido su suerte, y también la suerte de la República! 

Obregón no ha sido cruel. Las exigencias de la guerra lo obligaron a 
decretar la pena de muerte contra los trastorandores del orden público para 
salvaguardar la sociedad, de atropellos, ataques y crímenes. Su carácter de 
jefe de un numerosos ejército vencedor, hubiera flaqueado si no toma medidas 
enérgicas contra los desmanes de una soldadesca ebria de triunfo, en pose- 
sión de una grande y rica ciudad sometida, donde la mayoría de la polba- 
ción era hostil a los revolucionarios, pues la dura raigambre del cientificismo 
tenía maniatados a los ignorantes de lo que fuese libertad, y los más avisados 
— que lo eran los ricos: propietarios, banqueros, comerciantes, etc. — era tanto 
lo que medraban, incensando a tiranos y a usurpadores, que no podían dar la 
bienevinda, a lo menos ur a bienvenida sincera a la Revolución triunfante. 

A grandes males fué menester que Obregón opusiese grandes remedios. 



ALVAEO OBREGON 83 



XXII 



En los primeros días de mayo, apenas se instalaba el Gobierno bajo 
la egida de la nueva Constitución. Había renunciado el Gabinete, y, en el 
público, no faltaban comentarios acerca de los nuevos ministros que nom- 
braría Carranza, sin que al citar nombres, sin ningún fundamento de varaci- 
dad, cada quien hiciera objeciones a los individuos por tales nombres desig- 
nados, o los ensalzaran hasta lo sublime, aplaudiendo por su acierto a don 
Venustiano. 

Los optimistas no hallaban tilde que poner sobre las disposciones admi- 
nistrativas, y asentían a todo. Las modificaciones, a la hora de reorganizar 
las diversas oficinas dependientes de las Secretarías de Gobierno tanto en el 
ramo civil como en el militar, a que se puso la mano desde luego, a muchos 
causaron extrañeza; a no pocos, disgusto; pero los beneficiados en los cam- 
bios de empleo, o los empleados que lograron conservar el suyo fueron igual 
número de adeptos que ganó el Constitucionalismo, con sendas rubricas, al 
pié de los nombramientos de los nuevos subsecretarios. Se dijo a los que- 
josos que la selección de servidores del Gobierno era de absoluta necesidad, 
y tenía que llevarse a cabo irremisiblemente. Se buscaba en ello la eficiencia 
de los torpes o remisos; la moralidad de algunos individuos que, a lo menos 
en políticia, han dado siempre mucho que decir. Gloriábanse de estar bien con 
cualquier mandatario, y de medrar en todos los puestos públicos que se les 
confiaba, por insignificantes que éstos fuesen. En consecuencia, a los jactan- 
ciosos de todos los partidos, agolpados a última hora alrededor de la Revo- 
lución, como al único asidero para vivir, se los obligaría a depurar su con- 
ducta; y salidos con bien de la investigación, se los reduciría a cumplir con los 
debres que se echasen a cuestas, en servicio del Gobierno. 

Al advenimiento de Carranza a la presidencia de la República, los actos 
del estado civil, las actuaciones judiciales y los contratos en que intervinieron 
autoridades ilegítimas (convencionistas y huertistas) habían sido declarados 
nulos. Otras reformas importantes se habían hecho en el ramo de Justicia 
que iban poniendo la base a lo mucho que faltaba aún por hacer. En el Dis- 
trito Federal se dio cima oportunamente a organizar los Tribunales de Cir- 
cuito ye se marcó así mismo la división territorial. Todas las sendas que 
pueden conducir a la nación a la prosperidad y al adelanto, al comenzar el 
período presidencial de don Venustiano, estaban siendo escombradas con di- 
ligencia. 

Pero otros ojos tenían, para mirar el horizonte político, más extenso cam- 
po visual. Veían a la Reacción despechada, inconforme con su derrota, echar 
obstáculos a las plantas del Constitucionalismo, valiéndose de ruines medios: 
buscando siempre complicaciones con los Estados Unidos. 

En esos primeros días de mayo, empezó a murmurarse en los corrillos 
que Obregón, separado definitivamente de la política, abandonaría la capital. 
A los amigos del entonces reciente ex -secretario de Guerra y a personas que 



84 ALVARO OBREGÓN 

sin ser de su intimidad, lo concocían lo bastante para poder apreciar sus 
méritos, la resolución del Secretario de Guerra de abandonar la política, no 
les causó serpresa: la esperaban. La regresión del soldado triunfante a la 
tierra amiga no significa la vuelta del personaje inerte y estulto, sino un paso 
adelante en la, vida libre de la naturaleza, así como la entrada del soldado, 
cargado de laureles, en el taller, no quiere decir que un esclavo ha vuelto a 
su cadena. Que Obregón abriera el camino a los combatientes cuyos servicios 
no hacen ya falta, porque a medida que el Gobierno se consolida, van aplanán- 
dose los escombros que en su camino se ofrecían, era una lección de buen 
ejemplo; pero ante el criterio obtuso de muchos que, por holgar de inteligen- 
cia, han menester ser guiados, por las socaliñas de los politicastros profesion- 
ales que miran siempre al medro, la partida de Obregón significaba su caída 
final: una ruptura de relaciones con el Presidente de la República. Siguieron 
por varios días comentarios más o menos públicos y más o menos enconados, 
salidos de la casa directora de todas las agresiones contra la gente de valer: 
una redacción: la del periódico del escándalo. 

Emulo del amarillismo de la Prensa norteamericana de cierta clase, un 
desdichado periodista de última hora, como ya había sido también, con éxito, 
revolucionario de última hora, se valió del diario en que trafica con el decoro 
de la nación, para asestar taimados golpes contra la figura inmaculada de 
Obregón. Al anunciarse de una manera segura que el General se apartaría 
del Ejército y de la política, regresando al solar natal para entregarse a la 
vida privada y al descanso de la fatigosísima campña de que tanto había men- 
ester su quebrantada salud, el aludido periódico amarillo hizo alusiones viles, 
de mal escondida ruindad, con referencia a la reuncia doble que había hecho 
la primera figura de la Revolución: la de Secretario de la Guerra y la de 
General de División. Decía aquél órgano de la mordacidad, que así como se 
le aceptaba al renunciante la dimisión como Secretario de la Guerra, se le 
rehusaría la del generalato. ¡Y lo asentaba el procaz papel con tan singular 
fruición ¡ 

Así fué en efecto: al texto de la doble renuncia, el Gobierno dio una res- 
puesta, que aunque no satisfacía las aspiraciones del laborioso agricultor ni 
las del modesto ciudadano, sí debió halagar y conmover el corazón del caudil- 
lo. El texto de ambos documentos, que reproducimos en seguida, aclaró las 
dudas en el ánimo del pueblo; contristó a los buenos amigos del General, por- 
que iban a perderle, y dio ocasión a que los siervos por atavismo, que ahora se 
inclinan al rededor de una hoja de papel, se regodearan del suceso. 

Los Comandantes Militares y Jefes de Operaciones de la República reci- 
bieron una circular, con carácter de urgente, firmada por la Secretaría de 
Guerra, con fecha 30 de abril de 1917. — Dice así: 

"Después de las cinco de la tarde de hoy hora en que rendirá su protesta 
como Presidente de la República, el C. Primer Jefe del Ejército Constitución- 
alista, por acuerdo del mismo cesará como Secretario de la Guerra y Marina, 
quedando al frente de la Secretaría indicada despachando los asuntos de la 
misma y hasta que se designe nuevo Secretario de Guerra, el general Ignacio 
C. Enríquez, Oficial Mayor de la propia Secretaría. 



ALVARO OBREGON 85 

Lo comunico a usted para su conocimiento y efectos. General Alvaro Obre- 
gón. — Rúbrica. 

A esta circular había precedido la renuncia enviada, a don Venustiano Car- 
ranza. En la renuncia aludida, se expresa así el General: 

"Habiéndose restablecido el orden constitucional en la República y 
devuelto con él al país el Gobierno legítimo que le fué arrebatado por el 
usurpador Victorian Huerta, al asesinar a los C. C. Presidente y Vice-Presi- 
dente re la República, señores Francisco I. Madero y José Ma. Pino 
Suárez respectivamente, deja en consecuencia de estar en vigor el Plan de 
Guadalupe que creó la Primera Jefatura del Ejército Constitucionalista, 
cesando usted, por lo tanto, en sus funciones del Primer Jefe de dicho Ejército 
y así mismo las comisiones que usted con tal carácter nos confirió a los que 
hemos venido colaborando a su lado, expresándole mi pena por no haber 
podido desarrollar en la Secretaría de Guerra las energías y actividades que 
hubiere deseado, debido al quebrantamiento de mi salud, acentuado de tal 
manera en los últimos meses que me incapacitó por muchos días para atender 
los asuntos oficiales. — Realizadas yá las principales finalidades del mo- 
vimiento revolucionario que con ejemplar abnegación y patriotismo supo di- 
rigir usted y cerrado yá este período durante el cual tuvimos la necesidad de 
armarnos para derrocar por la fuerza al llamado Gobierno de la usurpación, 
los que no pudimos permanecer indiferentes ante los asesinatos de febrero, 
considero satisfechas en gran parte las aspiraciones que me llevaron a ese 
movimiento, no pudiendo continuar colaborando con el Gobierno que hoy se 
inicia hasta la completa realización de mis aspiraciones, debido al agotamiento 
de mi salud que me pone en la imperiosa necesidad de buscar mi restableci- 
miento, siendo por lo tanto mi deseo suplicar a usted con todo respeto que 
con la misma fecha en que quedo relevado del cargo de Secretario de Estado 
y del Despacho de Guerra y Marina con que usted se sirvió honrarme, se me 
releve también del grado de General de División del Ejército Constitucion- 
alista, ya que dichos nombramientos me fueron otorgados por Ud. con su 
carácter de Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y usando de las 
facultades extraordinarias de que estaba investido y yá que mi estado de sa- 
lud y mi falta de vocación por la carrera de las armas me incapacitan para 
confinar definitivamente en dicha carrera que solo acepté transitoriamente 
y como una necesidad imprescindible, por ser de índole moral, que teníamos 
los que orgullosamente quisimos hacernos acreedores al honroso título de 
ciudadanos. — Ruego a usted se sirva tomar en consideración la justa exposi- 
ción en que mi petición apoyo, para acordarla de conformidad, asegurándole 
a mi vez que si un nuevo peligro, interior o exterior, llegare a amagar 
nuestra dignidad nacional o los principios proclamados por usted durante 
la Revolución, estaré enteramente listo, como hasta hoy, a empuñar el fu- 
sil y marchar al lugar que la superioridad me designe. — Para terminar quie- 
ro hacer presente a usted mi más profunda gratitud, primero por el ejemplo 
que ha sabido darnos, segundo; por las consideraciones y confianza con que 
siempre se ha servido distinguirme, y tercero: por las oportunidades que se 
sirvió proporcionarme, donde pude probar que mi divisa, ha sido y será siem- 



86 ALVARO OBREGON 

pre el cumplimiento del deber. — Mé es satisfactorio hacer a usted presentes 
las seguridades de mi respetuosa subordinación. 

Constitución y Reformas. México, I o de Mayo de 1917. A. Obregón. 

Al C. Venustiano Carranza, Presidente Constitucional de los Estados 
Unidos Mexicanos. Presente." 

El Presidente de la República respondió con el texta que sigue: 

"El C. Presidente se enteró de la atenta comunicación que le dirigió 
usted con fecha primero del presente mes, en la cual le manifiesta que habi- 
éndose restablecido el orden constitucional en la República, y devuelto al 
país el gobierno legítimo, que le fué arrebatado por el usurpador Victoriano 
Huerta, deja de estar en vigor el Plan de Guadalupe, que creó la Primera 
Jefatura del Ejército Constitucionalista, y cesan, por lo mismo, en sus fun- 
ciones, el Primer Jefe de dicho Ejército y las comisiones que éste confirió 
con tal carócter; expresando, además, que como considera usted satisfechas 
las aspiraciones que lo llevaron al movimiento armado en contra de la 
usurpación, y que debido al agotamiento de su salud, que lo pone a usted en 
la imperiosa necesidad de buscar su restablecimiento; pide que con la misma 
fecha en que queda relevado del cargo de Secretario de Estado y del Des- 
pacho de Guerra y Marina, se le releve también del Grado de General de 
División del Ejército Constitucionalista, ya que dichos nombramientos le 
fueron otorgados por el Encargado del Poder Ejecutivo, con su carácter de 
Primer Jefe del mismo Ejército, usando de las facultades extraordinarias de 
que estaba investido; y como dicha comunicación a que vengo refiriéndome 
es la ratificación de otra que dirigió usted a la Primera Jefatura, con fecha 
29 de enero del presente año, en la que expresa el mismo propósito de re- 
tirarse a, la vida privada. 

"Por acuerdo del C. Presidente digo a usted en respuesta que, tomando 
en consideración las razones en que se funda su reiterada petición, y habi- 
endo cesado en sus funciones todos los colaboradores de la Primera Jefatura, 
que con el carácter de Secretarios de Estados formaron parte del Gabinete 
hasta el 30 de abril anterior, se ve en la necesidad, aunque con pena, de 
privarse por ahora de la valiosa cooperación de usted para seguir prestando 
sus interesantes servicios en la Secretaría de Guerra aun cuando espera 
fundadamente que si la enfermedad que usted padece no reviste grave- 
dad, o la obtener el restablecimiento de su salud, lo cual desea con toda sin- 
ceridad, estará usted dispuesto a continuar colaborando, como hasta ahora 
en la ardua tarea que ha iniciado el Gobierno General. 

"El C. Presidente estima que no tiene facultades para admitir la re- 
nuncia que hace usted del grado de General de División, pues según el com- 
promiso que contrajo al expedir despachos para los diversos grados en el 
Ejército Constitucionalista, tendrá que someter a la consideración del Senado 
de la República, todos los nombramientos de Generales y Jefes que expidió 
en la época de la Revolución, para que aquel alto cuerpo sea el que resuelva 
respecto de los que deban ser ratificados; y si después de hecho esto, como 
seguramente tendrá que efectuarse, usted insistiere en separarse del Ejército 



ALVARO OBREGON 87 

con licencia ilimitada, dicho asunto tendrá que tramitarse conforme a la ley 
de la materia. 

"El C. Presidente me encarga expresar a usted, en nombre del Gobierno 
General de la Nación, el agradecimiento más cumplido por los valiosos ser- 
vicios que con todo patriotismo y gran atingencia ha prestado usted a la 
Causa Constitucionalista, primero en la lucha contra la usurpación del Gen- 
eral Victoriano Huerta, después contra la Reacción, encabezada por Fran- 
cisco Villa, y últimamente en la reorganización del Ejército, desempeñando 
el delicado cargo de Secretario de Guerra y Marina. 

"Sírvase usted aceptar, señor General, las protestas de mi muy distin- 
guida consideración y particular aprecio. — Constitución y Reformas. — Méx- 
ico, a 4 de mayo de 1917. — El Subsecretario de Estado, Encargado del Des- 
pacho del Interior,— Aguirre Berlanga."— Al C. General de División Alvaro 
Obregón. — Presente." 

La determinación del Grl. Obregón para separarse de la secretaria de 
Guerra, no fué tomada bruscamente, como lo demuestra el siguiente docu- 
mento : 

"Al margen: Estado Mayor. — Número 5667. — Al centro: Un sello que di- 
ce: Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra y Marina, México. — 
ALVARO OBREGON, General de División del Ejército Constitucionalista y ac- 
tualmente Secretario de Estado y del Despacho de Guerra y Marina, ante 
usted con el mayor respeto pasa a exponer lo siguiente: 

Que estando para restablecerse el orden constitucional en la República 
que devolvería a la Nación el Gobierno legítimo que le fué arrebatado por 
la usurpación en el mes de febrero de 1913 y que siendo esta la fecha que se 
ha venido fijando desde que se lanzó a la, lucha para retirarse a la vida pri- 
vada y habiendo desaparecido las dificultades internacionales con la próxima 
retirada de las fuerzas americanas de nuestro territorio, no ha encontrado 
ya ningún inconveniente para la realización de sus propósitos; creyendo de 
su deber hacerlo del superior conocimiento de usted a fin de que, si lo estima 
conveniente, se proceda a elegir la persona que haya de sustituirlo, quien 
podrá hacerse cargo desde luego de la Subsecretaría, donde aprovechando el 
corto tiempo que aún permanecerá en ésta, podría interiorizarse ampliamente 
de muchos detalles que, si no son de trascendencia, sí podrían facilitar sus 
labores en lo futuro. — Aprovecha esta oportunidad para reiterar a, usted, una 
vez más, su atenta subordinación y respeto. 

CONSTITUCIÓN Y REFORMAS.— México, D. F. 29 de enero de 1917.— A. 
Obregón. 

Al C. V. Carranza, Primer Jefe del Ejército Constitucionalista Encargado 
del Poder Ejecutivo de la Nación. Querétaro. 



88 ALVARO OBREGÓN 



xxill 

A poco de haber tomado don Venustiano Carranza posesión de la pres- 
idencia de la República, las hablillas del vulgo, siguiendo la corriente malé- 
vola del periódico insidioso que lucha por triunfar en la Prensa, por medios 
muy reprobados, murmuró que, el general Obregon se marchaba al Norte, 
apartándose de la política. Muy por lo bajo añadían los murmuradores: SE 
VA A PRONUNCIAR CONTRA EL GOBIERNO. Pero el Presidente, que 
tiene fe en Obregón, de cuya fidelidad ha recibido numerosas pruebas, en 
los más difíciles momentos para la Revolución, conferenciaba a menudo con 
el Divisionario, mientras que los tornadizos, que llamamos más propiamente 
pancistas, desertaban de su despacho en Chapultepec, como si hubieran visto, 
en las puertas, el aviso del Consejo de Salubridad advirtiendo al público el 
peligro de contagiarse de la Peste. 

Obregón preparaba su viaje. Ya cuando estaba a punto de llevarlo a 
efecto, el Partido Liberal Constitucionalista, que un grupo de honorables 
revolucionarios habia organizado, alrededor de Obregón, y al cual Obregón 
mismo pertenecía, expidió la siguiente convocatoria: — "Partido Liberal Con- 
stitucionalista*. — Convocatoria. — Habiéndose tomado en asamblea plena el 
acuerdo de despedir al miembro de este Partido, C. General Alvaro Obregón, 
quien saldrá de esta ciudad el día de hoy 24 de mayo, a las cinco de la 
tarde, se convoca a todos los socios para que se reúnan en las oficinas del 
Partido a las 3 p. m. de ese mismo día, a fin de dirigirse a la estación de 
Colonia y cumplir con el acuerdo de referencia. — México, mayo 22 de 1917. — 
El Secretario, Claudio M. Tirado." 

Y no sólo los miembros del Partido respondieron al llamamiento, sino 
que el público se dio también por convidado, asistiendo en masa desde varias 
horas antes a la señalada para la partida del tren. 

Entre la multitud compacta que llenaba el andén, en la estación de 
Colonia, podía verse destacar el uniforme militar, pues militares en buen 
número, abundaban entre los concurrentes. Eran estos los bravos com- 
pañeros del General. Lado a lado habían combatido con él, afrontando los 
mismos peligros; habían compartido con él, en momentos aciagos, las amar- 
guras de la vida en campaña y la satisfacción de la victoria. Otros, como 
subordinandos leales que estiman a su jefe, cuya pericia y talento reconocen, 
no quisieron faltar a estrechar la mano de su jefe, como adiós de despedida. 
La importancia del acto y la prestancia del viajero eran testimoniadas por 
la calidad del elemento civil que a los militares se añadía: el Presidente de 
la República acompañado de su esposa y de su secretario particular; el sub- 
secretario de Guerra, el Comandante Militar de la Plaza, el Oficial Mayor de 
la Secretaría de Guerra, el Jefe del Departamento de Estado Mayor de la 
misma, el Jefe del Departmento de Marina, el General don Pablo González, 
los Ingenieros don Eduardo Hay y don Alberto Pañi, Secretario este úutimo 
de Industria y Comercio; los diputados Jesús Urueta, notable orador, y don 
Miguel A. Peralta; los senadores don Juan Sánchez Ascona, distinguido pe- 



ALVARO OBREGÓN 89 

riodista; y don Cutberto Hidalgo y otros más, muchísimos más. El Guerpo 
Diplomático estuvo representado por los Ministros de Alemania y del Japón. 
Hubo también comisiones del Congreso, del Senado y de varias Sociedades 
Obreras, así como también de los Establecimientos Fabriles y Militares. 
Todos los concurrentes festejaban al viajero con entusiasmo y muchos lograr- 
on estrecharle la mano efusivamente. 

Momentos antes de la marcha, del tren, agradecido y conmovido Obregón 
por aquella cariñosa despedida, salió de su carro, accompañdo de don Ven- 
ustiano Carranza, y arengó brevemente a la concurrencia. Entre las frases 
que dirigió al auditorio, dijo: "Me retiro satisfecho de haber cumpildo con 
mi deber de ciudadano y tranquilo por dejar el Gobierno de la República en 
buenas manos. Seguro estoy de que no volverán a entronizarse en Móxico 
dictaduras." A los obreros les manifestó que no era pertinente crear difi- 
cultades al Gobierno Constitucionalista presidio por Carranza, y agregó que 
todos los elementos nacionales debían unirse para ayudar a la Administración 
a reconstruir el país. Concluyó diciendo lo que de seguro cumplirá: "Yo 
estaré al lado del Gobierno donde quiera que me encuentre, cualesquiera que 
sean las condiciones que me rodeen." 

Un aplauso unánime y nutrido acogió con frenético entusiasmo la corta 
arenga de Obregón. 

En seguida algunos admiradores del valiente militar, deseosos de mani- 
festarle sus simpatías, pronounciaron también cortas orcaiones de felicita- 
ción. El tren se puso en marcha entre vivas y aplauso, a los ecos de una 
banda militar. Fué acompañado hasta Tacuba el General, por el Presidente 
de la República y su esposa. 

Obregón al disponer su viaje, sentía que como revolucionario, su tarea 
estaba terminada, con la instalación de un gobierno constitucional emanado 
de la gran Revolución nacional; su fidelidad a Carranza era patente, pues 
él mismo, con la expresión sincera que le distingue, lo manifestó en las 
frases dirigidas al público, momentos antes de partir. Sentía que tomar 
parte del bogierno constituido era colocarse muy cerca de la Administración, 
en la Administración misma, donde los ojos no podrían ver los errores que 
quizá se cometieran, ni apreciar las necesidades del pueblo. Había visto 
cómo otros participantes del régimen revolucionario se habían conducido a 
la hora del triunfo. No comprendía él que atravesando la ciudad en automó- 
vil, en todas direcciones, fuese servir a la Patria. Una vez llegado el triunfo 
definitivo, por medio de las armas, el guerrero está ocioso; y ¿ qué otra cosa 
mejor pudo hacer que retirarse a la vida privada, a ejercitar la actividad en 
algún oficio o profesión? 

El ciudadano no se alejó: se fué el militar en busca de salud y de des- 
canso. Desde el hogar está vigilante del bienestar de la Patria, como un 
simple ciudadano, como un civil, dispuesto a armarse y a volver a luchar, 
contra compatriotas o contra extranjeros, cuantas veces lo requirea la au- 
tonomía nacional, la democracia, y la libertad del pueblo. Minetras el lema 
de Obregón sean la moralidad y la verdad, no hay nada que temer de él, ya 
se encuentre dentro del territorio mexicano, o fuera de él; ya forme parte 



90 ALVARO OBREGÓN 

del gobierno, o viva apartado de la cosa pública, para concentrar toda su 
atención en la faena agrícola a que se ba dedicado en sus mejores años. 

Libre del pesado cargo de gobernar, feliz con volver al terruño, entre 
sus familiares, entre sus antiguos compañeros y amigos, se alegra de no haber- 
se dejado engañar por la adulación. Seguro de que el hombre en el poder 
es corruptible, se aleja de toda posibilidad de corrupción. 

No hay que decir que los enemigos que la envidia ha creado alrededor 
de Alvaro Obregón se pusieron contentísimos de su alejamiento del centro 
administrativo. Temen esos menguados que la intriga que constantemente 
manejan para enriquecer y dominar a los mentecatos, que forman su mínimo 
partido, fracase con la presencia del héroe. Pero éste, con su ecuánime es- 
píritu y su nobleza habituales, sigue el curso de vida que se ha trazado, sin 
importarle la sanción de sus antagonistas. 

A reiterados e insidiosos ataques hechos por la Prensa, algunos subal- 
ternos y amigos del General, respondieron explicado la conducta de su jefe; 
quien por hallarse ausente, ni siquiera tendría notifcia de que lo censuraban. 
Pero por fin, las censuras llegaron hasta Obregón, en su retiro de Sonora, y 
en seguida suplicó a sus leales camaradas que dejaran seguir su corriente a 
la murmuración, sin hacer rectificación alguna. 

Cinco meses después de la salida de Obregón, de la Secretaría de Guerra, 
se recibió en la capital, por varias personas y por la prensa una circular que 
bien pudiera ser una mordaza para los maldicientes, si la murmuración fuera 
atajable. Dice así: "Los Angeles, California, 25 de septiembre de 1917. — 
Seor Rafael Martínez, — Director Gral. de "El Demócrata".' — México, D. F. — 
Estimado correligionario y amigo: — Tengo el gusto de en vírale adjunta una 
circular que acabo de expedir a mis amigos anunciando la^ apertura de mi 
oficina de negocios, en Nogales, Sonora, la que pongo a las órdenes de usted 
para servir sus apreciables encargos. — Soy, como siempre, su amigo y correli- 
gionario que sabe estimarlo. General, Alvaro Obregón." 

"Gral. Alvaro Obregón. — Apartado 24, Nogales, Sonora, Mex. — Septiembre 
18 de 1917. — Señor don Rafael Martínez. — México, D. P. — Muy Señor mío: 
"Con esta fecha he abierto una oficina de negocios en este lugar, que girará 
bajo mi propio nombre, la cual se encargará de toda clase de exportaciones e 
importaciones, ya sea del extranjero como del interior del país, dando pre- 
ferente atención a la exportación de garbanzo y ganado, así como 
a la importación de toda clase de maquinaria, para lo cual cuento 
con las mejores conexiones en Estados Unidos. — "Se atenderá tam- 
bién a la compra y venta de terrenos y minas, y toda clase 
de negocios que se me confien para su manejo de comisión. — "Durante 
mi ausencia quedará al frente de mi oficina el señor Ignacio P. Gaxiola, de 
cuya firma sírvase tomar nota al calce. — "Esperando verme favorecido por 
sus valiosas órdenes, me suscribo de usted, su affmo. y S. S. — Alvaro Obre- 
gón. — "El señor Ignacio P. Gaxiola, firmará: — "p Alvaro Obregón, I. P. 
GAXIOLA." 

"El Demócrata" cuya es la circular transcrita, la comentó de este modo: 
"Tiene alta significación este hecho del divisionario sonorense. Después de 



ALVARO OBREGON 91 

haber sido uno de los elementos principalísimos para la salvación de nues- 
tras instituciones y del decoro nacional; después de haber llevado a cabo 
actos de supremo patriotismo, cayendo herido gravemente en el campo de 
batalla, durante decisiva lucha, exclamando: "Digan al Primer Jefe del Ejár- 
cito, que sucumbo pensando en la Patria y bendiciendo a la Revolución," y 
regando con su sangre el campo donde caía, en tanto que la Victoria hacía 
llover su frente, rosas y palmas; después de haber sido el Secretario de 
Guerra y Marina, el Ciudadano general Obregón, abre una oficina de trabajo 
para, como cualquier otro ciudadano, laborar en el campo de las actividades 
comunes." Y agrega: — "Este hecho del general Obregón, que nos confirma la 
opinión que de él tenemos formada, nos induce a reflexiones políticas que son 
patrióticas. Siendo la sinceridad, norma de nuestro modo de ser, en los as- 
untos nacionales, y estando ineludiblemente acostumbrados a pensar mucho 
más para el público que para nosostros mismos, damos libertad y echamos a 
volar esos pensamientos. Ascendemos tanto cuanto nos es posible a la cum- 
bre del presente, y desde allí miramos hacía el porvenir." . . . 

"Si desgraciadamente, la Revolución pierde color y forma, y los reaccion- 
arios, hábiles y mañosos, se rehacen y llegan a preponderar en las postri- 
merías del actual período presidencial, entonces el general Obregón deberá 
ser presidente, por su vehemencia, por su radicalismo, por sus circunstancias 
naturales propicias para el caso: Si por el contrario, la Revolución trans- 
formada en Gobierno enraiza y prepondera, siendo lo indicado la serenidad, 
es el general González quien, por sus virtudes caraterísticas, debe ser el 
electo para dirigir los destinos nacionales. 

Pensando y sintiendo así, con satisfacción intensa palpamos que las tres 
figuras actúan debidamente. Así las queremos; así las necesitamos; que no 
degeneren; que se mantengan erguidas; que sepan estar a la altura de las 
circunstancias; que con los hechos que lleven a cabo después del combate, 
confirmen lo profundo de sus sentimientos y lo elevado de sus ideales. 

Sus proezas nos entusiasman, porque son ellos quienes como exponentes 
de los revolucionarios, han de justificarnos a todos. RIP-RIP." 

Tenemos fe, nosostros también, en que Obregón volverá a México a ocu- 
par el alto puesto a que sus méritos lo han hecho acreedor, cuando el pueblo 
vuelva a los comicios, a elegir el mandatario que ha de suceder al libetrador 
Carranza. 



92 ALVARO OBREGON 



XXIV 

Lamenta Obregón que en México, la Prensa — salvo determinados pe- 
riódicos que cumplen su alta y noble misión — no sea sincera. La Prensa-dice — 
es para él pueblo, especialmente para aquella porción rural de poco o ningún 
trato con la sociedad de las ciudades importantes, una Sibila a la cual se 
tiene la obligación de creer. Muchas veces en el taller de mecánica, óyo a obreros 
machuchos y experimentados sostener alguna aberración, con todas sus 
fuerzas, alegando que tal o cual cosa era cierta porque la decía el periódico. 
El periódico, para ellos, tenía valor de credo, y la fe de los obreros en el credo, 
leído en lestras de molde, era y continúa siendo ciega. Por lo mismo exige 
a la Prensa honradez y verdad. La verdad en todo: lo bueno para que nos 
regocije, lo malo para que nos advierta y nos prepare a soportar sus con- 
secuencias. 

Sabe que la misión del periodismo es compleja y ruda. Que hay que 
contener al impetuoso y alentar al descorazondo; que es menester enfrenar 
la ambición y dar aliento a las aspiraciones sofocadas en las reconditeces del 
pecho de los que ya han perdido toda esperanza. , 

El periódico interpreta la palabra del pueblo, cuando la porción inteli- 
gente y culta de él sugiere reformas; <3¡rea ideales, estudia, descubre, 
lucha por el mejoramiento de la raza y por el bienestar del país; pero el 
periodista debe acallar la voz popular, cuando viene de la porción mayor de 
una nación desenfrenada y loca, que comete dislates, y se entrega al desen- 
freno y al abuso, en nombre de derechos fantasmagóricos, que, a llegar a 
obtenerlos en realidad, ni los sabría comprender ni sabría que hacer con 
ellos. 

Es el periodista guía de las muchedumbres que anhelan marchar hacía 
arriba, en ordenada procesión, por la inevitable rampa del progreso; y ayuda 
al que desmaya, levanta al caído, y presta su brazo vigoroso a los que, miran- 
do hacía lo alto, se apresuran a alcanzar el punto de llegada. Debe el perio- 
dista, en vez de hacerse bombo, o hacérselo a la publicación en que cola- 
bora, prescindir de su personalidad y ocultar su nombre; contribuir a la obra 
patriótica de engrandecer a la nación por medio de la enseñanza, ejemplaria: 
descorrer el velo de los misterios que deben ser luz, escombrar de telarañas 
los cerebros ofuscados, devolver en nombre de la justicia, el honor a quien, 
teniéndolo, cayó accidentalmente en oprobio; dejando que la ignominia, de 
suyo y sin esfuerzo, caiga donde la atrae el delito, como de suyo y sin es- 
fuerzo, después de una avenida impetuosa, recobra el agua su nivel. 

Para mengua de nuestras instituciones liberales, recuérdese lo que fué 
la Presna, en los contados días del gobierno de Madero; Madero le permitió 
hablar sin taxativa; y ella abusó tanto del privilegio a que no estaba acostum- 
brada, que se cansó de escarnecer al presidente mártir, hasta dar con él en la 
tumba. ¿ Quién no recuerda las palabras de un diario, muy leído en aquellos 
días, al siguiente del asesinato de Madero y Pino Suáarez, dando cuenta del 



ALVARO OBEEGON 93 

crimen?: "Se ha violando el quinto mandamiento, pero la República se ha 
salvado." 

Aquellos tiempos duros hacían para la Prensa que quería ser honrada, una 
labor penosa. Un mes después del triunfo de la Revolución dmocrática, que 
había sido al establecerse todo jubilo, se declaró la demagogia. El ideal de 
libertad, desvanecido en pocos días, cedió al libertiaje del que nadie pedía 
dudar si abría los ojos y miraba, si ponía atento el oído y se daba a escuchar. 
Por los cuatro vientos de la República no se vio brillar otra cosa que la ta- 
jante espada blandiendo a todos lados y descargada sobre cabezas de ino- 
centes; el machete y el puñal haciendo obra demoledora y sangrienta; y la 
descarga del mauser, y el etsallido de la dinamita, en vez del pujante rugido 
de la locomotora o del martillo acompasado de la fábrica. 

Obra, si no total de la Prensa sediciosa, fué a lo menos en parte. Su par- 
ticipación fué solapada y criminal. Ella propaló con delectación el rompimien- 
to de la unidad revolucionaria, y azuzó a unos descontentos contra otros, y a 
todos contra, el Gobierno legal. Por la mediación del periódico, vencidos y 
vencedores se ultrajaron; inferiores y superiores se hicieron mutuamente 
declaraciones ofensivas de desestimación y menosprecio. Privaron la pasión 
y el coraje; y a los denuestos que se decían en público los mismos periodistas 
que a la vez ocupaban puestos en la Administración, sucedieron escándalos en 
las calles, en que los enemigos se encontraban y se llegaban a las manos. 

Al anunciarse las elecciones, los periódicos asumieron actitud política y 
se afiliaron a diversos partidos, siempre con mala fe. Los partidarios de este 
o aquel candidato, no pensaban en principios, sino en grangerías. Ninguno 
se empeñaba en instituir un gobierno moral, sino otro que fuese hábil en 
limpiar las arcas del Erario, e hiciera buen reparto entre los que le sacaran a 
flote. Y así, adulando unas veces a los mandatarios que subencionaban a la 
callada, y otras al populacho que se mostraba descontento, los periodistas 
llevaron a cabo su obra ruin: derrocar al gobierno legal que había privado de 
sumas cuantiosas a la Prensa, en cambio de concederle ilimitada libertad. 

Otra Prensa ha surgido de la Revolución que empuñó el estandarte del 
Plan de Guadalupe; pero, con excepciones muy estimadas, no podría decirse 
que ésta sea muy otra y distinta de aquella. A medida que las hojas impresas 
se multiplican, la verdad se esconde más y más. Salen a luz los aconteci- 
mientos achicados hasta lo más mínimo, o magnificados hasta más allá del 
Sumun de la ponderación: desfigurados, siempre. 

Cuando Obregón solicitó su separación completa del Ejército, creyendo, 
con justicia, su labor de soldado terminada, puesto que con la punta de su 
espada había arrancado a tres facciosos (Félix Díaz, Zapata y Villa) la mitad 
de la República, par entregarla a la Revolución, el periódico amarillista y 
reconocidamente escandaloso, con malicia que se veía a las claras, hizo notar 
que sólo aceptaría el Gobierno la renuncia del General-héroe, como Secretario 
de Guerra, pero no como militar. Al mismo tiempo abogaba porque la primera 
magistratura de la Nación y los puestos principales fueran siempre servidos 
por civiles. Y en ocasión del banquete (uno de tantos) que de despedida ofre- 
cieron a su jefe varios miembros del Ejército a iniciativa del General don 



94 ALVARO OBREGON 

Martín Espinoza, se omitió en la información de ese diario, el brindis del 
general Pablo González, como se había omitido el que en otro banquete, 
Carranza pronunció, encomiando la labor importante del bravo soldado. Por 
eso los hago constar aquí, en estas páginas destinadas a popularizar, en todo 
el país, al hombre que ha dado su energía, y su salud, y uno de sus nobles 
miembros, a la Patria del porvenir. 

Tomando la reseña de uno de los banquetes, de un periódico que de veras 
supo cumplir con su misión (y que por eso no vive ya) va aquí transcrita: 

"El homenaje al General A. Obregón." — "Fué un delicioso rincón de 
Chapultepec, donde los comensales, secundando la iniciativa del General 
Martín Espinosa, se reunieron. 

"Eran como trescientos, repartidos en distintas mesas, y a ouen seguro 
que de haberse dado mayor publicidad a los preparativos del homenaje, 
habríase quintuplicado el número de aquellos. 

"En la mesa de honor, y a la derecha del eneral Obregón, tomaron asiento 
el subsecretario de Relaciones, señor Garza Pérez y los señores Ministros de 
las Repúblicas de Salvador y Chile, sentándose a la izquierda del bravo 
Divisionario el subsecretario del Interior, señor Aguirre Berlanga, el General 
Benjamín Hill y el representante diplomático de la República Argentina, 
Doctor Malbrán. 

"Dos bandas de música y el septeto 'Cosío Róbelo' de la Cuarta División, 
amenizaron la comida — que fué genuinamente mexicana — y nunca con respecto 
a ella podrá emplearse el tópico consabido de que 'la más franca cordialidad 
animó la fiesta.' 

"Pero lo saliente fué el discurso del propio General Obregón, improvisado 
y dicho Con la imperturbable serenidad de espíritu que es peculiar al ilustre 
soldado de la Revolución. 

"En otro lugar de esta plana va el texto íntegro de la referida improvi- 
sación, y hemos querido que también vaya una fiel transcripción de las 
palabras pronunciadas por el General don Pablo González, en el banquete 
celebrado en Chapultepec hace tres días. 

"Y hemos querido dar en el número los dos textos, para acabar de una vez 
con cierto linaje de leyendas, y para que se vea con claridad meridiana qué 
alto piensan y con cuánta claridad hablan, óigalos quien los oiga, los dos 
patriotas que por el unánime consenso de los revolucionarios, figuran hoy a la 
cabeza de los hombres representativos del país." — Así habla don Pablo: — 
"Cuando se aleja de nosotros uno de los revolucionarios más caracterizados, 
de los más fieles, de los que estuvieron luchando por la legalidad desde los 
primeros días de la Revolución Constitucionalista, nos es grato a los que 
quedamos, testimoniarle nuestro cordial afecto y expresarle nuestro deseo 
de que no sea muy larga su separación de nuestro lado. 

"El General Obregón obtuvo la licencia que solicitó para separarse de un 
alto cargo del actual Gobierno. Deja un vacío que no es fácil de llenar 
porque ahora, más que nunca, la Patria necesita de sus buenos servidores; 
pero ya que las circunstancias nos imponen aceptar el retiro de nuestro 
distinguido compañero, los que amamos sinceramente la causa revolucionaria 



ALVARO OBREGÓN 95 

y ágenos a, todo personalismo, sabemos estimar los méritos de sus grandes 
paladines, lamentamos muy sinceramente que el General Obregón nos prive 
de su valioso contingente en estos momentos. 

"Lo despedimos con el sentimiento de los que ven alejarse un elemento 
valioso, un revolucionario de primera fila y un ciudadano de altos y firmes 
principios; pero a la vez con el afecto que nos merece un compañero de 
luchas y sacrificios y un sostenedor de nuestra bandera, en épocas de 
vacilación y de peligro. 

"Yo al levantar ahora mi copa por el General Obregón, hago votos por su 
bienestar personal, por el grato recuerdo que deja en las filas constitu- 
cionalistas, y porque, no muy tarde, vuelva junto a nosotros, para colaborar 
con todo su valor en la obra de reconstrucción y progreso de nuestra Patria." 

"Así habla Obregón: "Antes de comenzar esta comida, considerando yo 
que me sería ofrecida por alguna de las personas que la organizaron, supliqué 
al Sr. Lie. Roque Estrada, que contestara en mi nombre el discurso y me 
excusara con ustedes por no hacerlo yo personalmente, por los motivos que 
todos ustedes conocen; pero en el curso de la fiesta han desfilado por mi 
mente algunas consideraciones de tal naturaleza, que me obligan, aunque 
sea con mengua de la poca salud que me queda, a contestar personalmente. 
Voy, pues, a hacerlo, hablando con toda sinceridad, puesto que nunca lo hago 
de otro modo: 

Esta fiesta tiene para mí una grande significación, porque ha sido orga- 
nizada por un grupo de hombres que no han manchado sus manos ni su 
conciencia durante la Revolución, que tan ricos filones ofreció a los hombres 
de pocos escrúpulos; y estoy seguro porque así me lo dice mi experiencia, 
que muchos de estos hombres que contribuyeron a erogar los gastos de esta 
modesta comida con que quisieron distinguirme, tuvieron que hacer un sacri- 
ficio modificando el ya exiguo presupuesto de su hogar. Digo que lo sé por 
propia experiencia, porque yo mismo he tenido que hacer esa modificación en 
mi presupuesto privado, cada vez que he tenido que erogar algün gasto para 
obsequiar a un amigo. 

Pueden estar ustedes seguros que no será la distancia ni el tiempo lo que 
de ustedes me separe, pues a los hombres los une su moralidad, y siempre 
hay una relación directa entre la distancia que separa a los picaros de un 
hombre honrado, con el estrechamiento de las ligas que éste tiene con los 
hombres que saben conesrvar puro su nombre. 

Como decía yo hace algunos días en un escrito, un incidente de índole 
moral me lanzó a la, Revolución, porque consideré que al no aceptar la lucha, 
habría quebrantado mi dignidad aunque hubiera salvado mi cuerpo; pero 
felizmente, y perdónenme ustedes mi poca modestia, conservo incólume mi 
moralidad, aunque se haya mutilado mi cuerpo. 

Yo acepto y agradezco esta manifestación de vuestra simpatía, y les 
encarezco que nunca les ciegue el afecto por las personas, sino que estén 
siempre alerta, porque todos los hombres somos corruptibles y para esto 
no hay nada más propicio que el poder. Es por esto que ustedes deben estar 
pendientes de todos los hombres que en la Revolución conquistaron alg¡n 



96 ALVARO OBREGÓN 

prestigio, y tener siempre como signo de su pureza las distancia que les 
separa de los perversos, pues es preciso convencernos de que no es posible 
estar bien a un mismo tiempo con los picaros y con los honrados. 

Yo he procurado distanciarme lo más posible de los perveross para acer- 
carme, también lo más posible, a los hombres honrados, y nunca me consi- 
deraré distanciado de los que han conservado incólume su moralidad a través 
de la revolución. 

Yo no puedo saber cuantos son los hombres honrados que hay en el país: 
sé que son en reducido número: pero con ellos, cualquiera que sea el lugar 
donde me encuentre y cualquiera que sea el tiempo transcurrido, yo estaré 
siempre." 

En otro banquete ofrecido a Obregón por las Cámaras en Chapultepec el 
Presidente Carranza levantó su copa. Reinó gran silencio entre todos los 
concurrentes, puestos en pie, y el Honorable Primer Magistrado se expresó 
así: 

"No creí tener que dirigir la palabra en esta honorable reunión, ya que 
se trataba solamente de una demostración de simpatía al General Obregón; 
pero hoy que se ha dicho que se retira de la vida pública seperándose a la 
privada, me cabe la obligación de expresar lo siguiente: Desde hace algún 
tiempo el General Obregón me manifestó sus deseos de retirarse del Gobier- 
na para atender a su salud y obtener algún descanso. Mas en estos mo- 
mentos, señor General Obregón, nadie de los que a mi lado combatieron a la 
usurpación que dio fin al Gobierno constituido, tiene derecho a retirarse a 
la vida privada, porque la República no está salvada: en su vida de Nación 
neutral está expuesta a verse complicada, contra su voluntad, en el conflicto 
que parece convertirse en universal, y por lo tanto, señor General Obregón, 
el Gobierno de la República tal vez necesitará de los servicios de sus leales 
colaboradores que, como vos, siempre habéis demostrado lealtad y patriotismo. 
Por esto deseo que vuestra salud pronto se restablezca y no os digo; adiós; 
sino¡ hasta la vista;" 

Urueta en otro elocuente brindis expresó que la labor de Obregón en la 
Secretaría de Guerra "no fué de un general con la fuerza de las armas, sino 
la de un ciudadano consciente de sus deberes." 

Este banquete fué organizado por un grupo de Diputados al Congreso de 
la Unión y se verificó en el restaurant de Chapultepec, la noche del 15 de 
Mayo de 1917. 

Obregón salió de México, el 24 de Mayo. 

"Pocos días después, al tomar el Sr. General Obregón, con su familia el 
tren que debía llevarlo al Occidente del país, para de allí emprender su viaje 
al Norte, una multitud como pocas veces se ha visto reunida por adhesión 
y cariño a un hombre público, se aglomeraba en la estación del ferrocarril 
para dar su adióos al héroe de Celaya. La ovación que se le tributó fué in- 
mensa. En repetidos gritos le fué expresado el vehemente deseo de que 
volviese; de que volviese cuanto antes." 



ALVARO OBREGON 97 



xxv. 

Se necesita que una intuición de esas que sólo ocurren en ciertos espíritus 
privilegiados ponga en los hombres de gobierno el don de comprender lo 
ACTUAL, su ambiente y su época. Esa intuición la posee el general ex- 
secretario de Guerra, y ha dado prueba de ello, al retirarse de la actividad 
administrativa, para observar desde un rincón la marcha del Gobierno. 

Conocedor de la actualidad política de México y convencido de que los 
hombres cuando no sean corrompidos son corruptibles, Obregón ha huido 
temerosos del contagio, a ablucionarse en las puras aguas del hogar campesino, 
donde no le llegue el miasma de la polución político-social. Ha visto, con 
pena, el principio del cisma revolucionario que la malevolencia de unos 
cuantos quidams, revolucionarios espurios, y ambiciosos de vieja cepa, ha 
iniciado en el Gobierno; con la mira de llamar la atención y hacerse conspi- 
cuos, con el posible intento de trabajar por sus candidaturas a los más altos 
puestos administrativos, en al siguiente período electoral. 

Con el pretexto de que lo que México desea es un gobierno formado de 
elementos civiles, esos enemigos declarados de los aguerridos militares que 
acaban de salvar a la patria de las garras de inventerada dictadura, desde las 
columnas de un periódico semi-extranjero, han comenzado una pedrea contra 
el Ejército. ¿Ignoran que el Ejército es el que expone la vida en los campos 
de batalla, y que sin el brazo fuerte del soldado no hay plan salido de la 
mente de un gran civil, por bien organizado que sea, que pueda llevarse a 
cabo.? Detrás del cuertelazo o de la insurrección violenta que fragua la 
ambición, puede haber un rudo militar, que induzca a las tropas a la sedición 
sobornándolas: eso basta; pero una gran revolución, como la que acabamos 
de ver, requiere el conjunto de todos los elementos valiosos de la nación: 
abogados que den nuevas leyes, o reformen las vigentes; hacendistas que 
manejen el tesoro; hombres de superior cultura que encaucen y dirijan la 
educación popular; soldados valerosos que tomen las armas y se midan con 
formidables y poderosos enemigos. Son los soldados tan indispensables para 
llevar a cumplido término una revolución, que cuando no se cuenta con ellos, 
los civiles se improvisan soldados. Todo el caudal que se consigue, o del que 
se dispone, es para destinarlo a los gastos de guerra. Se recurre a mil 
arbitrios para proveer a las tropas de pertrechos y contingentes bélicos, y se 
está pendiente, en la oficina, en el taller, en la banca, en la casa de comercio, 
en el rancho o la hacienda, del teléfono o telégrafo que informan del estado 
que guarda, o del curso que sigue la campaña. Y cuando es el ejército el 
objeto de la inquietud o la esperanza pública, mientras dura la guerra, ¿ hay 
razón para postergarlo después del triunfo? ¿Hay razón para humillarlo y 
para excluirlo de la participación en los asuntos administrativos, alegando que 
ha peleado, no por bien de la patria, sino por interés de medro personal? 

Cierto, que no han faltado militares que desconociendo el pundonor, y 
desprovistos de noción moral, hayan enriquecido por el abuso del poder mili- 



98 ALVAEO OBREGÓN 

tar. Ciertos civiles de igual carencia de moralidad y sobradamente audaces, 
han hecho lo propio. A unos y a otros les ha brindado la suerte ocasiones 
propicias para explotar al pueblo y para expoliar las arcas de la Nación! y 
estos dos tipos de corrupción política son los que contienden abiertamente por 
derechos de mando. Están ambos en su papel. Una lotería inesperada, el 
hallazgo de un tesoro, el descubrimiento de un filón, detrás de un empleo en 
el Gobierno, pueden limitar la ambición de riqueza; pero la de poder, no. 
Esta más crece cuanto más poderío se ha llegado a alcanzar. 

No se le ocultó a Alvaro Obregón sue habría militares que, si al iniciarse 
la Revolución, en las primeros encuentros iban a ofrecer sus pechos a la Patria, 
más tarde se corromperían. A ese respecto, el desinteresado patriota dirigió 
al Primer Jefe, desde Puebla, un proyecto de decreto que le rogaba aprobase, 
en el cual, después de hacer varias consideraciones sobre las DESENFRENA- 
DAS AMBICIONES DEL MILITARISMO, en México, autor de cuartelazos, 
asesinatos y traiciones, y refiriéndose muy particularmente a los últimos casos 
(la defección de Pascual Orozco, el crimen de Huerta y la traición de Francisco 
Villa), proponía que de una plumada se rubricase un precepto constitucional, 
inhabilitando a los militares en servicio de la revolución, CON LAS ARMAS, 
para ocupar puestos públicos, a menos que hubieran solicitado su baja en 
el Ejército, seis meses antes de la fecha, de las elecciones. Y era la segunda 
vez que Obregón pedia la canción de ese decreto: pues, por medio de Adolfo 
de la Huerta y Roberto V. Pesqueira, lo había hecho con anterioridad. Pero 
también supuso que los civiles no serían santos, y vio claramente que se cor- 
romperían al igual que los soldados. En efecto, lo hicieron. La Revolución 
estuvo bien nutrida del elemento ordinariamente parifico: médicos, ingenieros, 
y abogados hubo bastantes que abandonaron a numerosos y productivos 
clientes, por arrojarse, con audacia temeraria, a las contingencias de la 
Revolución; varios hombres ricos renunciaron a la comodidad más envidiable; 
y siendo comerciantes, a pingues ganacias, para lanzarse a. la aventura. 
Abundaron los empleados públicos que dieron de mano bien remunerados 
puestos, y obreros que soltaron la herramienta, agricultores que huyeron de 
las haciendas, y estudiantes que despreciaron las aulas. Todos corrieron 
tras el ideal. 

Más de entre esta multitud de esforzados también ha sacado la ambición 
buena cosecha. Los hay de todas clases: prevaricadores, pancistas, y tam- 
bián ladrones. ¿Quién pasará por alto a los civiles que ni siquiera sortearon 
los peligros de la lucha, lado a lado de aquellos otros? Bien conocidos son 
los más audaces, los que se sentaron en el banquete de la fortuna, por haber 
escalado las altas cimas del poder, arrastrándose como los reptiles. 

Obregón ha sentido en su honrado pecho, más de una vez, el pinchazo 
envenenado de estos seudo revolucionarios que ponen la espalda a la honra- 
dez, y miran sólo el poder soberano, ya que están ahitos de riqueza proveniente 
de abusos y de robos, sin importárseles un bledo ni el honor, ni la dignidad 
propia, ni la suerte de la Patria. ¿Qué han sido, qué son para esos reprobos, 
los ideales que armaron a los hombres honrados de la Revolución? ¿Contri- 
buyen al establecimiento del nuevo estado de cosas, con algo más que con 



ALVARO OBREGÓN 99 

adulaciones a los gobernantes, y con esa grita destemplada de acusaciones e 
injurias contra aquellos hombres de provecho y de bien, en quienes temen 
un posible o un probable candidato a la magistratura suprema de la Nación? 

Desde su retiro del Norte, Alvaro Obregón, en su actitud expectante, ob- 
serva serenamente que sus movimientos son vigilados por los esbirros de los 
ambiciosos de mando; sus pasos medidos, su labor política rebajada, su valor 
discutido, su honorabilidad regateada. Obregón conoce a los mentecatos que 
por paga lo siguen y lo calumnian los que constantemente lo traen a maltraer 
en partes telegráficos que anuncian los falsos viajes que se le atribuyen, los 
mentidos propósitos que pretenden adivinar en él. Los mal intencionados 
propagandistas de todos los absurdos que se le imputan no cejan en su procaz 
obra malévola, haciendo circular de boca en boca esta especie malvada: 
"Obregón no está ya con Carranza, "Obregón se fué a pronunciar contra el 
Gobierno, allá en la, frontera, para que le ayuden los norteamericanos." 

Pero el ex-Ministro de la Guerra es una columna fuerte y erguida que no 
se pandea ni ante los empujones de la solapada malmetencia, ni ante el 
roer paciente de la envidia. Su rectitud lo pone fuera del nivel de los 
villanos. 

Quietamente, quedamente formula Alvaro Obregón el plan eficiente de 
actividad con que ha de contribuir en lo futuro a la obra colectiva de recons- 
titución de la Patria. No se le esconde que México debe y tiene que formar 
una sólida mancomunidad racial, con el resto de la América latina, para salir 
ilesa de la ambición sajona. 



100 ALVARO OBREGÓN 



XXVI. 

¿Qué mira Obregón desde su retiro allá en Sonora, cuando dirige la 
vista en torno suyo? Podríase asegurar que en cualquier punto que afirme 
la planta, ese punto es un eje sobre el cual gira la patria entera, por la que 
él vigila, por la que él vela, dispuesto siempre a salir a la defensa de su 
integridad, o a colaborar en su pacificación completa, a su adelanto y a su 
felicidad. Ya ha empezado a dar muestras. 

Apenas alejado de la Administración, como importante miembro de ella, 
sin parar mientes en la dolencia crónica que le mortifica y le pide reposo, al 
vislumbrar el conflicto provocado en Sinaloa, por algunos ayuntamientos que 
se rehu saron a reconocer al general don Ramón Iturbe, como Gobernador 
Constitucional de aquella entidad federativa, de acuerdo con el Presidente de 
la República, se translada a Mazatlán; se pone al habla con los disidentes 
munícipes, poniendo en juego Obregón el espíritu conciliador que le distingue, 
y logra allanar todas las dificultades que se ofrecían para aprobar la elección. 
Iturbe, sin obstáculos ni disgustos, gracias a la mediación de su antiguo jefe 
y compañero de armas, se hizo cargo del gobierno de Sinaloa. 

Entre tanto los impertinentes de la planta baja de la prensa que militan 
desmañada y torpemente en la información local, no dejan el nombre del 
General salir de los puntos de la pluma: de tiempo en tiempo lo traen a mal 
traer como asunto de falsas noticias para que el lustre de tal nombre dé a 
las publicaciones que lo sacan a luz, la, importancia y el interés de que ellas 
carecen. 

Obregón observa al través de sus anteojos de larga vista, el resurgimiento 
de México, a pesar del bandolerismo que todavía no ha sido posible aplastar 
ni en campos ni en caminos; a pesar del raterismo ciudadano, siempre en 
creciente; a pesar del latrocinio desvergonzado a que se han dado los in- 
verecundos que se acogieron a la revolución, no cegados por el respandor del 
ideal, sino por el brillo del oro y la refulgencia del poder. 

¿Ve a México concordar con el concierto latino -americano que se alza 
de las naciones sud- continentales de América? ¿Sueña con que nuestra 
patria crezca en calidad que iguale a su cantidad territorial? Creemos que 
sí. Obregón es el obrero político lleno de la fe que da la juventud, del e- 
spíritu magnánimo y generoso que da el valor; lleno también de la conciencia 
que despierta una, vida trabajosa y ardua, tal y como se lleva en los juegos 
de la guerra, tal y como se expone a la corrupción, en la lucha social. 

A medida que la nación se reorganiza, vamos saliendo del aislamiento de 
antaño, por virtud de nuestras propias fuerzas, y los vecinos continentales 
que nos puso España en América, sin tener la cortesía de presentarnos a ellos, 
se nos acercan ya con interés y nos miran sin desconfianza. 

Sin dolemos de lo tardío de nuestro reconocimiento, por ellos, por los 
países hermanos, como elemento primario de una gran nación continental, 
ya que en la hora de ahora estamos reparando ellos y nosotros ese error, lo 



ALVARO OBRBGON 101 

hacemos de veras. De veras nos estamos acercando mutuamente. Unidos 
todos los indo-hispanos con el estrecho nudo de la solidaridad de la raza, de 
los ideales y de los procedimientos para lograr idénticos fines, nos haremos 
más fuertes. A ello va la República desde que triunfó la Revolución; pero 
el reaccionarismo palúdico que no cesa de envenenar el ambiente, anquilosa 
la potente maquinaria de la Administración. 

El retirado ministro de la Guerra declara que es antipatriótico cohonestar 
con palabras y prevaricar con acciones: si se juzga con rectitud al gobierno 
o a los gobiernos, debe ser la sinceridad la que asome a los labios, a la hora 
de recriminar, y no la mentira y la lisonja. El Gobierno vencedor ha puesto 
su confianza en varios de los combatientes intelectuales vencidos, y les ha 
encargado la misión de propagar nuestros principios políticos y sociales por 
la extensión meridional de América. Comenzaron ya su tarea, y nos atra- 
jeron voluntades que no esperábamos tan pronto. Este paso importante de 
acercamiento recíproco ha principiado a resultar en una común inteligencia y 
una concordancia de aspiraciones. Pronto nos conoceremos los hispano- 
americanos ya sea por la comunicación espiritual que ha de traernos ine- 
vitablemente el intercambio de ideas, valiéndonos de la Prensa, ya sea por 
medio de los propagandistas, viajeros en todas direcciones, que interpreten 
nuestro sentir y divulguen nuestro obrar, allá en las apartadas regiones del 
Continente. De vuelta esos viajeros nos traerán de seguro en sus impresiones 
personalísimas, el reflejo del alma de aquellos pueblos nuestros hermanos. 

Pero conviene observar y luego discernir. ¿Es nuestra postura política 
más firme que la de las repúblicas hermanas? ¿Lo es igualmente nuestra 
postura social? La solución de estas cuestiones puede sólo apreciarse por el 
observador lejano que mira su país como si éste le fuera extraño. Y desde 
el borde fronterizo del país coloso, Obregón está en condiciones apropiadas 
para poner en ejercicio su criterio. Desde allá habrá visto que en uno y otro 
respecto, superamos los mexicanos a algunos otros pueblos de nuestra raza, 
que sienten todavía sobre el dorso, la presión colonial, cuando no la férrea 
mano del imperealismo norteamericano; y competimos con otras agrupaciones 
de organización robusta que se debaten, como nosotros, por encajar su mole 
administrativa de macizos cimientos, en la honda cepa de la solidaridad 
racial. 

La gravedad que entraña una unión de esfuerzo, un conglomerado de 
energías para responder, ante la civilización, del porvenir de los pueblos indo- 
hispanos, no debe tomarse como un juguete que con pasar de manos pierde 
su importancia. Graves, serios, responsables de la obra común que han 
emprendido los revolucionarios de toda América, durante un siglo entero, 
están obligados a serlo siempre. Que el platonismo y la acción infecunda, 
por versátil, queden relegados en el acervo de nuestras vergüenzas latinas. 
Después de las iniciativas apuntadas en el campo de la actuación lo que con- 
viene es actuar, sin intermitencias ni descanso. Lo que conviene es crear 
espíritu de concordia en el pueblo: aquellos países en sus pueblos; nosotros 
los mexicanos en nuestro pueblo; y saber mantener ese espíritu, y mantenerlo 
a todo trance por la persuación de que la concordia, enaltece y ensancha el 



102 ALVARO OBREGON 

recinto moral de las naciones y acrecienta su riqueza, tanto cuanto las debi- 
lita y las desgasta la discordia. 

Obregón, que es un hombre dotado de firmeza de carácter, tiene las fases 
todas del patriotismo. Puede ser civil o militar, cuando las circunstancias 
lo pidan; puede ser el funcionario público de labor activa, o el ciudadano 
modesto y obscuro, cuyo trabajo se verifica en el apartamiento de un taller 
de aldea, en la soledad augusta de la tierra panificadora, en la beatitud envi- 
diada y discreta del hogar. Sus obras como lo reza la suscinta sentencia 
bíblica, "el árbol se conoce por sus frutos," sus obras, que no sólo son triunfos 
militares serán los frutos de una intensa y honrada labor civil, que nos 
acercará discretamente hacía los pueblos hermanos, para que todos formemos 
la raza fuerte. 



ALVARO OBREGON 103 



XXVII. 

México tiene que establecer con los demás pueblos latinos de América una 
mancomunidad social. ¿Cómo? Principiando por laborar en pro de la Paz 
interior y de la consolidación del nuevo gobierno, y extendiendo después 
cordialmente los brazos a las repúblicas amigas, grandes o pequeñas, que le 
son comunes en origen, en habla, en idiosincrasia y en costumbres. 

El don de gobernar se adquiere gobernando, es cierto, pero también re- 
quiere estudio y observación. 

Así como entre los derechos del hombre se cuenta muy principalmente el 
de que cada uno se labre el propio porvenir, de igual modo las naciones poseen 
ese derecho, y son muy culpables cuando lo supeditan, o se descargan de él 
como de un peso aplastante. 

En el ejercicio del derecho de organizar naciones han sido muy duchos 
los sajones, cuyos múltiples gobiernos puedan lisonjearse de haber creado 
pueblos para los países, tan hábilmente, como países para los pueblos. 

El mundo del siglo XIX se debió principalmente a Inglaterra, éste que 
ha comenzado el siglo XX parece ser obra de los Estados Unidos, en compe- 
tencia con la misma Inglaterra y con la autócrata Prusia, cuyos primeros y 
robustos impulsos la tornaron en la poderosa Alemania antes de los comienzos 
de la sangrienta guerra europea. Y todavía amenazaba cambiar en algún 
poder formidable, por virtud de sus adelantos en la ciencia en todo lo que 
es conservatismo, a no ser las modificaciones de la guerra que todo lo tras- 
trueca. 

La raza sajona, dominadora audaz últimamente, es la misma chusma de 
bárbaros cuya irrupción, en el siglo V, transformó la faz y el corazón de 
Europa, aniquilando la civilización latina. 

En paragón con las impetuosidades de los pueblos bárbaros los latinos 
más inclinados a la molicie que a la acción, se arrojan voluntariamente a 
los mayores riesgos, se precipitan a las fauces abiertas de la tradicional boca 
de lobo, con tal que la caída se verifique con el mismo grandioso aparato del 
circo, donde los cesares presidían el sacrificio de los mártires cristianos. 
Caer, por caer trágicamente, ceñidas las frentes de rosas, y enarbolando 
palmas frente al enemigo triunfante. 

La finalidad de los pueblos latinos de América a los que pretendemos 
pertenecer los mexicanos — para no referirnos más que a ellos — tal cual los 
ideales latinos la han concebido, consiste en vencer en buena y sonada lid, 
contra potentes enemigos, y luego echarse a dormir, en el enervante lecho 
de la victoria, por los siglos de los siglos. Y en tanto que la molicie afemina 
a los victoriosos y los consume reduciéndolos a una vida de contemplación 
puramente imaginativa, los pujantes pueblos del Norte se rejuvenecen y se 
renuevan, por la acción sin reposo, por la decisión sin vacilaciones, por la 
clarividencia de que están dotados, por el propósito firme. La acción fecunda 



104 ALVARO OBKEGON 

ha de llevarlos por todas las vías, hacía todos los rumbos, a hacerse dueños 
y señores del mundo. 

Esto que en general es de todos conocido, y nadie pretende negar ni 
disfrazar siquiera, tiene pronta y práctica aplicación en el curso de los sucesos, 
de cosa de veinte años acá, desde el triunfo de los Estados Unidos sobre 
España, al cual siguió la absorción de las naciones libres del África, por la 
bien y justamente llamada pérfida Albión.. ¿Actualmente Alemania, no ha dado 
pruebas de resistencia y pujanza en la formidable lucha, de crueldad sin com- 
paración, por lograr un imperioso anhelo: la prosperidad comercial y el 
dominio de los negocios en la América latina? Grandes y atrevidas han sido 
sus empresas. 

Pero la influencia de los Estados Unidos en el desarrollo de los países 
de habla española y portuguesa, en el nuevo continente, es sin duda de ma- 
yores perspectivas para el porvenir que la europea, mientras cuente el coloso 
del Norte con las ventajas de la cercanía al sitio de su ambición, Centro 
América y América del Sur, y la comunicación con ella por el puente de 
México. 

Los Estados Unidos saben aprovechar todas las coyunturas que se les 
ofrecen: Mientras Europa ha gastado su energía y su tesoro, combatiendo 
con todas sus fuerzas, los Estados Unidos se dedicaron a aumentar sus ri- 
quezas surtiendo a los beligerantes de material de guerra y a los neutrales de 
mercaderías varias, tanto provisiones de boca como aperos de labranza, ma- 
quinaria para diferentes industrias, drogas, &. Al mismo tiempo convirtiendo 
a los intelectuales y a los artistas que, huyendo de los horrores de la matanza 
y la destrucción, fueron a radicarse en el gran país o temporal o definitiva- 
mente, en maestros de sus artes y ciencia, han mejorado escuelas y talleres 
y han establecido una corriente de cultura con el resto de América, que los 
ayudará a afirmar y a sostener su influencia en el mercado. 

No obstante el estado de guerra en que se halla ahora el país, varias son 
las corporaciones que, con el fin de acaparar los negocios en el lejano Sur, 
están constantemente organizándose, aunque los medios de llegar a ello no 
sean idénticos. Cierto día allá en Wall Street, se anunció con solemnidad que 
varios interesados en fomentar la exportación de productos nacionales, hacía 
las repúblicas centro y sud-americanas, habían creído conveniente fundar una 
nueva y poderosa sociedad. Se hizo: denominándose "American International 
Corporation." Fué una reunión de financieros, que con capital no menor de 
cincuenta millones de dolares, empezó a laborar. De la importancia y miras 
de esa sociedad puede colegirse, recordando las palabras con que el vice- 
presidente de la misma enteró de la fundación a los miembros de Wall 
Street: "Tendremos — dijo — ingenieros peritos y personal competente en toda 
clase de construcciones, y no se limitarán a esto, las actividades de la Em- 
presa, pues también tendrá personal idóneo para administrar todas las pro- 
piedades que se adquieran." Otras compañías, por otros medios, van al mismo 
fin, y cada uno a lo suyo. 

Con motivo de la participación de los Estados Unidos en la guerra europea, 
se variará de medios, buscándose los adecuados al estado de cosas en la 



ALVARO OBREGON 105 

actuslidad; pero no se variará de fines. Si México no se defiende con sus 
propias fuerzas, y confía su desarrollo a sus propios recursos y a su propia 
actividad, está irremisiblemente perdido. 

Los hombres de la talla de Alvaro Obregón observan fríamente el desa- 
rrollo de los sucesos en el país vecino, al mismo tiempo que vigilan el re- 
surgimiento gradual de la patria nueva, bajo auspicios de la fenecida Revo- 
lución. El general, mismo, da el ejemplo mejor que puede dar un ciudadano 
a sus conterráneos: trabaja. Trabaja con ahinco, no sólo para mejorar su 
heredad, sino que sus altruistas sentimientos lo estimulan, lo aguijonean para 
que contribuya al engrandecimiento del Estado de Sonora, en cuanto a la 
producción de las tierras se refiere. 

No ha olvidado Obregón, por el manejo de la espada, el más noble del 
arado, gasta las vacaciones que le ha concedido la Administración gubernativa, 
en cultivar garbanzo que nutre, que enriquece y que inspira. ¿No fué culti- 
vando garbanzo como Obregón tuvo sus ratos de poeta? 



106 ALVARO OBREGON 



XXVIII. 



El problema de nuestra inferioridad es de los que preocupan a Obregón. 
Eso qué duda cabe. En Sonora se está, por razón de cercanía más al tanto 
de como se maneja eüf los Estados Unidos la cuestión racial, sobre todo, 
ahora que el estado de guerra en que se encuentra el coloso del Norte lo 
obliga a confrontar un grueso de millones de alemanes, cuya inmigración 
fué siempre recibida con los hurras del beneplácito. 

Si conviene o no la inmigración de una raza fuerte, en un pueblo 
débil, hemos de presumirlo cuando veamos el sin número de dificultades que 
los alemanes, hechos ciudadanos norteamericanos, y tenidos en altísima 
consideración, han creado al Gobierno de los Estados Unidos, desde que la 
neutralidad de la vecina república, constintió la venta de material de guerra 
a los beligerantes europeos. El poder y la fuerza de los Estados Unidos no 
han podido evitar las voladuras de las fábricas de pertrechos, la destrucción 
de todo aquello que podría exportarse en servicio de las naciones aliadas 
contra Alemania, la conspiración y el espionaje de los teutones; pues ¿qué 
sería de nosotros, acostumbrados a admirar al extranjero, si prosiguiendo la 
obra de expoliación de Porfirio Díaz, continuásemos entregando el país, acre 
tras acre, a los norteamericanos? La sequedad con que Obregón ha tratado 
a los norteamericanos que durante la cruzada revolucionaria, han estado o 
exponiendo quejas, o pidiendo excenciones, muestra que el joven militar, 
está desde hace mucho con la barba sobre el hombro, en cuestión de extran- 
jerizar el territorio patrio. Ha sido cortés en sus respuestas y justiciero al 
obsequiar demandas. Nada más. 

Una vez arrojado a la política, aunque como Cineinato, haya vuelto a 
la labor de la tierra, su espíritu activo y lleno del noble sentimiento patrio 
ha de satisfacerse solamente con el estudio y la meditación de los serios 
problemas que afectan a la Patria. Uno de ellos, muy importante por cierto, 
es el de nuestra inferioridad. 

Cada vez que por intercambio de actas diplomáticas, entre nuestro Go- 
bierno y el de oís Estados Unidos a raíz de sucesos inopinados, se atirantan 
nuestras relaciones con acuel país, el pueblo mexicano reconsidera las condi- 
ciones políticas de México y se preocupa hondamente de la situación, por muy 
breve lapso de tiempo. Mientras le dura el acceso de actividad, se va dando 
cuenta de que los mexicanos han formado tres agrupaciones que miran al 
problema de nuestra inferioridad, desde tres puntos de vista distintos. Cada 
cual desde el suyo, y en total desacuerdo los unos con los otros. Una agru- 
pación, vasta por cierto, es la de los bien intencionados; pero los bien in- 
tencionados se obsecan en no estudiar la idiosincrasia de nuestros potentes 
vecinos, y cegados por la vanidad, no se percatan ni del error ni del peligro. 
Dan por hecho que los Estados Unidos al entrometerse en los asuntos políticos, 
que son absolutamente de nuestro dominio, sin tolerar ingerencia extraña, 
lo hacen por ignorancia de nuestro modo de ser, de nuestro carácter, de núes- 



AL-VARO OBREGON 107 

tros ideales. Asientan que aunque los norteamericanos pretendan ir a lo 
suyo, a expensas de nosotros, jamás lograrán vencernos, en una lucha armada. 
"Nos tienen miedo" — aseguran — y se contentarán con morder la tierra, derro- 
tados y alicaídos en el terreno del combate." Otra agrupación se señala por 
su excepticismo. Duda de todo. Metida en el caparazón de la ignorancia, 
como el caracol en su concha, se niega a admitir hechos que están más allá 
de su comprensión: lo que se le dice estar ocurriendo al otro lado de la línea 
divisoria es un mera soflama. Tener Patria o no tenerla es lo mismo; que 
gobierne un rey o un emperador, un dictador o un presidente, no le preocu- 
pa; que los mandatarios sean nacionales o extranjeros, lo mismo da, con tal 
que haya en abundancia que comer, con que vestir dónde pasear los domingos 
y donde oir misa. 

La tercera y última agrupación la componen los fatalistas que rinden 
parias a la predestinación. Estos deterministas están plenamente convencidos 
de la superioridad racial de los norteamericanos — dando — por hecho que for- 
man un conglomerado congruente bien asimilado-sobre la raza nuestra. Para 
estos individuos nuestra inferioridad es fatalmente irremediable. Razonan 
así: "Los mexicanos no sabemos trabajar y nos domina la pereza; somos 
inquietos e incapaces de gobernarnos: luego estamos irremisiblemente con- 
denados a desaparecer, absorbidos por el coloso del Norte, en virtud de la 
ley de selección." Y diciendo, doblan la cerviz ante los yankees. 

Las tres agrupaciones yerran de concepto y de criterio, no cabe duda; 
pero es más trascendente el error de aquellos que están persuadidos de su 
poquedad e insignificancia, porque ellos se dan por entero, sin vacilar ni 
luchar por su autonomía. A estos conviene estimularlos a que depongan la 
actitud servil y que se levanten erectos y firmes en frente del obstáculo. 

Para concretar, si los Estados Unidos sustentan su grandeza en el trabajo, 
trabajemos; si su fuerza radica en la firmeza de carácter, afirmemos el nues- 
tro para llegar a ser fuertes. 

Obregón lo ha pensado y lo ha sentido, al pulsar a los hombres en los 
peligros y las necesidades de la revolución. Ha comprendido que los actos 
menudos de organización y de administración, que suman los elementos ro- 
bustos y genuinos de la organización y de la administración, de la gran Re- 
pública, sí nos convienen, podemos imitarlos rastreramente, como rastrera- 
mente hemos dado en imitar las lacras y bellaquerías de nuestros vecinos, — 
que esas no nos convienen — y nos hacen merecer, con frecuencia, la tilde 
de americanizados. 

Hay que declararlo con sinceridad, Obregoniana: el país de allende el 
Bravo abunda en cualidades que no nos vendrían mal, si sólo nos aplicásemos 
a excrutar en aquel pueblo, solidario y unido, y responsable de todos y cada 
uno de sus actos. Si eso hiciéramos no tardaríamos en descubrir que la 
razón de su mancomunidad irrompible tiene fuerte raigambre en la educación 
popular. La escuela es el cimiento de la nación: apuntala sin cesar con 
doctrinas nuevas, con enseñanzas nuevas, con sistemas y procedimientos 
puestos a prueba constantemente, para ser adoptados o rechazados, sin 
apasionamientos ni preocupaciones. 



108 ALVARO OBREGON 

Sabe Obregón que si se ensayara en México una reforma general en la 
organización escolar, de seguro que las tres agrupaciones mencionadas se 
fundirían en una capacitada y responsable. La extinción de los que o no se 
preocupan por la absorción, o la desean, o no la temen significaría la resta 
de factores sociales que no favorecen a la Patria. 



ALVARO OBREGON 109 



XXIX. 

Una tras otra, las especies calumniosas contra el general Obregón, que 
la envidia crea y los corifeos de la envidia propagan, han llegado a indignar 
a los dignos compañeros y amigos del citado jefe. En su ausencia los ata- 
ques insidiosos cobraron vuelo. Eu unos, se comentaba tan acre como injusta- 
mente el libro "Ocho mil leguas en campaña," que el divisionario sacó a luz, en 
vísperas de retirarse de la Secretaría de Guerra y de la capital de la Re- 
pública; en otros, se repetía hasta el cansancio el imaginario desacuerdo del 
leal soldado con Carranza. A una de esas saetas voladoras, hizo aclaraciones 
el general Aarón Saenz, y llegada la noticia a Obregón, envió éste, a su amigo, 
la siguiente carta: 

Huatabampo, Sonora, 7 de Agosto de 1917. — Señor General Aarón Saenz, 
México, D. F. — Estimado ahijado y compañero: Alguien, venido recientemente 
de esa capital, me platicó, hace algunos días, cómo se ha tomado usted la 
tarea de aclarar o rectificar escritos insidiosos que a menudo publica la 
prensa de esa capital, con ataques para mí. 

La defensa que usted intenta hacer de mí, es motivo de gratitud de mi 
parte, ya que conozco los móviles que lo impulsan a buscar la manera de 
neutralizar la labor que algunos políticos tratan de desarrollar en mi contra; 
pero quiero suplicarle que no siga tomándose esa molestia, a fin de que no 
entorpezca esa labor que tanto me favorece. 

Reciba usted un saludo cariñoso de su amigo y antiguo compañero. Ge- 
neral Alvaro Obregón. (firmado)." 

Pero si no se preocupa de las murmuraciones de sus conterráneos, aquí 
en el país, donde se ha dado a conocer de los quince millones de pobladores 
de la República, por hechos heroicos y no por mezquindades, sí cuida, con 
celo muy loable, toda suerte de incidentes que sirven de pábulo a los vecinos 
del Norte, para cualquiera intromisión. Así cuando un amigo le comunica 
que uno de los periódicos de la BRIGADA HEARST, ha vertido, en sus colum- 
nas de escándalo, la especie de que Obregón, en un banquete dado en su honor 
en Guaymas, había injuriado al Ejército de los Estados Unidos, inmediata- 
mente se apresuró a repeler la calumnia desmintiendo la noticia: 

"No. 6 Huatabampo, Son. Junio 1917. — Nogales, Sonora, 25. — Eduardo Ruiz. 
— Tu mensaje ayer. Autorizóte desmentir categóricamente publicación que te 
refieres, pues en ninguna parte he vertido insultos algunos para Ejército 
Norteamericano. — Afectuosamente. Gral. A. Obregón." 

El "Nogales Herald" se habrá hecho disimulado con la respuesta y 
abstenídose de hacer la aclaración justa y pertinente que el decoro periodístico 
requería, porque la calumnia conoce su fuerza y da casi siempre en el blanco. 

Además, los periódicos de Hearst, si carecen de crédito entre las personas 
respetables de los Estados Unidos, son leídos por la populachería de aquel 
país, que es la que, en nuestra frontera del extremo Norte, anima a los 
levantiscos, ayuda a los foragidos que nuestras autoridades persiguen y 



110 ALVARO OBREGON 

organiza las expediciones filibusteras que constituyen la plaga periódica— 
del país. 

¿Quién es Hearst, ese enemigo gratuito de México? William Randolph 
Hearst, millonario muy desprestigiado entre sus compatriotas, es hijo de una 
virtuosa y recomendable mujer que gasta sus millones en hacer el bien 
mayor que puede, en tanto que su degradado hijo emplea los suyos en peri- 
ódicos de escándalo. Es el autor del amarillismo en la Prensa norteamericana. 

Innumerables ocasiones Hearst, usando de su influencia por medio del 
periódico y de su riqueza, pues cuenta su caudal por decenas de millones, ha 
pretendido ser electo diputado, gobernador u otro puesto de importancia; pero 
su desprestigio es tal, que ni siquiera ha podido llegar a Alcalde Municipal 
de San Francisco, California, donde tiene fijada su residencia. 

Hearst, despechado por los continuos fracasos que ha tenido en su patria, 
creyendo que en la nuestra nada le faltaría, se volvió primero hacia nosotros, 
en la, época porf iriana, adquiriendo propiedad en el país ; luego contra nosotros, 
porque la Revolución se le puso en medio, como obstáculo insuperable, para 
explotarnos. Entonces, cuando vio que tampoco en México podía adquirir 
la notoriedad que su propia patria le había negado, para llamar la atención, 
apellidó a Villa el NAPOLEÓN MEXICANO. 

Hasta hace algunos meses, Hearst no podía conseguir todavía la solici- 
tada Alcaldía Municipal en San Francisco, último de sus anhelos, aunque sí 
logró persuadir a una gran parte de los demócratas, residentes en aquella 
ciudad, para que le nombraran candidato. 

Muy difícil será que lo haya logrado. 

A últimas fechas, con insistencia se aseguraba que Obregón, apretado por 
el recrudecimiento de su laringitis crónica, y con el fin de explorar los mercado 
extranjeros, para el ensanche del negocio que ha establecido en Nogales, 
haría un viaje por los Estados Unidos y Cuba. 

Lo dijeron personas serias a quienes había que creer. Por lo tanto el 
viaje se verificó cuando ya estábamos para dar fin a estos conceptos sobre 
la actuación política del héroe de León. 



ALVARO OBREGÓN 111 



xxx. 

No obstante la modestia con que Obregón ha llevado a cabo su expedición, 
por tierra extranjera, apenas se supo que había penetrado en el país vecino, 
por Nogales, Arizona, fueron a recibirle, en unión del cónsul mexicano y el 
canciller de aquella localidad, el coronel norteamericano Mr. J. H. Frier; 
Mr. Bristol, Presidente de la Cámara de Comercio, y Mr. Claeget, Presidente 
Municipal de aquella ciudad, colindante con nuestro territorio. Allí fué obse- 
quiado por los mencionados caballeros, personas de prestancia y muy hono- 
rables. Descansó en el hotel Santa Cruz, invitado a ello, especialmente; y 
fué agasajado con música selecta, por una banda americana. Un escuadrón 
de caballería y un batallón de Infantes, a los cuales pasó revista, presentaron 
las armas en su honor. A la partida del general sonorense, un Mayor del 
Ejército de los Estados Unidos, fué comisionado, por el Ministerio de la 
Guerra, para acompañarle por toda la porción del país que iba a, visitar. 

En Los Angeles obtuvo una acogida muy cariñosa. En San Francisco 
recibió infinidad de tarjetas de salutación y bienvenida; también solicitudes 
de audiencia y a comisiones de miembros de las principales casas de comercio 
y compañías mercantiles, que se anticiparon a congratular al distinguido 
huésped. Asimismo, dos representantes de la Cámara de Comercio de San 
Francisco, los señores F. P. Andrews y Frank C. Drew, le colmaron de aten- 
ciones. 

A las innumerables preguntas que le fueron hechas acerca del motivo 
de su viaje, el General respondió: "No tengo ningún inconveniente en 
manifestarlo. Sólo vengo de paseo con algunos amigos, y posible es que me 
sujete a un reconocimiento médico, sea aquí o en New York, en mi brazo, 
pues la curación hecha en el campo de batalla, sin grandes elementos y en 
las circunstancias en que se hizo, pudiera no haber sido del todo completa." 

A otras cuestiones contestó con sobriedad y muy terminantemente, para 
desvanecer los falsos rumores que sobre la situación política de México suelen 
circular constantemente en el vecino país. 

Visitaron a Obregón, durante su breve estancia en San Francisco, además 
de las personas arriba mencionadas, otras notables personalidades políticas, 
en representación de las principales autoridades de aquel importante puerto: 
el Sr. Thomas S. Williams, en representación del Gobernador Stephens, de 
California; el Sr. Eduard Rainey, en representación del Mayor de la ciudad, 
Sr. James Rolph, jr., y el Sr. Justus Wardell, Colector de Rentas Federales 
y representante de los empleados de Gobierno. 

En el banquete con que la Cámara de Comercio obsequió a Obregón, 
estuvieron presentes setecientas personas, a quienes dirigió Obregón un dis- 
curso rebosante en patriotismo. 

En el "Mefistófeles," órgano de la colonia mexicana, en San Francisco, 
California, en ocasión del viaje reciente, se dice de Obregón lo que a continu- 
ación transcribimos: — "En diversas ocasiones, la prensa amarilla ha hablado 



112 ALVARO OBREGÓN 

de movimientos de rebeldía contra el Sr. Carranza, encabezados por el Gral. 
Obregón, quien a cada noticia de ésas responde con hechos muy significativos 
de adhesión al Gobierno de la República; pues la lealtad es una de las 
cualidades más salientes del divisionario sonorense. 

Un rasgo muy hermoso del general Obregón ha sido el de su retiro a la 
vida privada, después del triunfo de la Revolución. Muchos de los revolu- 
cionarios, y aun algunos que no lo han sido sino cuando ya todo estaba pre- 
parado para el triunfo de la causa, han logrado muy buenas sinecuras, em- 
pleos de mucha importancia y significación, y bajes verdaderamente pro- 
ductivos. 

Obregón, más que nadie, más que ningún otro, pudiera haber tenido 
derecho a puestos prominentes, a empleos altamente productivos, a encum- 
bramientos políticos y militares de los más elevados. Sin embargo, nada 
quiso, nada pidió; y cuando juzgó su misión terminada, con la pacifica- 
ción del país, declinó todo cargo, toda recompensa y se retiró 
a sus propiedades de Huatabampo, donde se ha consagrado a las tareas agrí- 
colas. Y sin embargo, cuantes veces su personalidad ha sido útil, para la 
Patria, no ha vacilado en prestar su contingente con el mayor desinterés y 
con la más completa buena fe." 

Visitó a Springfield, Illinois, por ser esa ciudad sin pretensiones, lugar 
donde residió y estableció su hogar Lincoln, el ilustre demócrata que de- 
cretó la libertad de los negros, cuando fué presidente de los Estados Unidos. 
En Springfield fué el viajero mexicano agasajado también; y en el banquete 
que le dieron las principales personas de la localidad dijo: "Cuando vuelva 
a mi patria, y me pregunten algo referente a los Estados Unidos, contestaré 
que fui recibido con la mayor consideración y fui objeto de amables aten- 
ciones. 

Hizo mención del objeto que lo había llevado a Springfield: visitar la 
tumba de Lincoln, quien "no conoció distinciones ni límites, e iluminó el 
mundo." 

Manifestó su deseo de que México permaneciera NEUTRAL, en el con- 
flicto armado de las poderosas naciones del mundo; asegurando que "ASI 
SERIA, SI HUMANAMENTE ESO ERA POSIBLE." 

Como se ve, ni en medio del mayor regocijo, ni cuando pordría el amor 
propio envanecer al hombre, Obregón ha dejado se ser ecuánime y sincero. 
¿Qué mejor ocasión de adular a los norteamericanos y censurar a los ale- 
manes, para crear simpatías en el país vecino? 

Conociendo que su deber no era hacerse reclamo, como frecuentemente 
se lo hacen algunos ambiciosos vulgares que sueñan con llegar a los más 
elevados puestos de lar Administración, excluyéndose siempre, habló de 
nuestro país, DE SUS ENORMES RIQUEZAS NATURALES, DE SU RIQUEZA 
LATENTE Y DECLARO QUE MÉXICO, EXPLOTADO CON TINO Y 
ACIERTO, SERIA CAPAZ DE ATENDER A SUS PROPIAS NECESIDADES, 
SIN SOLICITAR AYUDA DE NINGUNA NACIÓN EXTRANJERA. 

En Washington, Obregón solicitó y obtuvo, sin dificultad ninguna, una 
entrevista con el Presidente de los Estados Unidos, cuyo tópico esencial no 



ALVARO OBREGON 113 

es conocido de ninguna persona extraña al personal administrativo de México. 
Se dice que consistió en una plática sencilla, en los términos que puede serlo, 
cuando se habla de los intereses de dos naciones, cuyos gobiernos quieren 
entenderse, pero que se ven obstruidos por los pedruzcos que echa a su paso 
la ambición desmedida de los traficantes de pueblos. Cuentan que Wilson 
saludó a su visitante con estas palabras, valiosas y significativas, por venir 
de un hombre a quien todos creemos sincero y honrado: Wilson. 

"Ya me era usted bien conocido General Obregón, — dijo Wilson — me era 
usted conocido por sus actos militares y por su conducta política." Lo llamó 
colaborador de Carranza, y al emitir su juicio sobre nuestra Patria, asegura 
la Prensa de los Estados Unidos que el Presidente demócrata se expresó así, 
cuando Obregón francamente le declaró ser uno de los recelosos en cuanto 
a la política de la Unión hacía México. — "Pues bien, señor — expresó Wilson, 
con voz tranquila — usted y sus compatriotas que así piensan, están equivo- 
cados. No niego — siguió diciendo el alto funcionario — que algunos hechos 
llevados a cabo por nostros en México, pudieron dar lugar a una falsa in- 
terpretación de nuestros verdaderos sentimientos hacía ese País; más quiero 
declarar y así lo hago solomenemente, que los Estados Unidos no tienen 
ninguna mira de conquista puesta en México, y que, muy por el contrario, 
nuestro deseo más vivo es conservar y acrecentar nuestras buenas relaciones 
y nuestra amistad con ese país." 

"Posible es que hayamos cometido algún error, en nuestra política hacia 
México; pero ello habrá sido porque ni los hombres, ni los pueblos, ni los 
gobiernos son infalibles; y ellos, como todo lo humano, están sujetos al error; 
más ya lo he dicho, y lo repetiré una vez más: en nuestra política no entra 
para nada la idea de menoscabar, en lo más mínimo, la soberanía de México, 
ni ha sido nuestra mente, jamás, ultrajar el sentimiento de los mexicanos, a 
quienes consideramos y hemos considerado hasta hoy como amigos . . . . " 

Tal declaración hecha de un presidente de los Estados Unidos a un simple 
eiudadano como Obregón, pues que el héroe ha sido militar ocasionalmente, y 
conserva el grado de General porque no le fué permitido dimitirlo, es muy 
significativo y muy alentadora para los mexicanos que al pensar en los Estados 
Unidos, sentimos el terror del que se ve en presencia de un lobo. 

A lo conceptos arriba mencionados della Prensa norte americana, sobre 
la conferencia entre el General Alvaro Obregón y el Presidente de los Estados 
Unidos, la autora de este libro añade el texto de la auténtica, de cuya veraci- 
dad se hace responsable. 

La entrevista entre el señor Woodrów Wilson, Presidente de los Estados 
Unidos de Norte-América, y el señor General Alvaro Obregón, se celebra el 
sábado 28 de octubre de 1917 en el Casa Blanca. 

En Embajador de México en los Estados Unidos, señor Ingeniero Ignacio 
Bonillas, acompañó al General Obregón y sirvió de intérprete durante la en 
trevista. 

Al ser presentado el General Obregón al Presidente Wilson éste le ex- 
tendió la mano y le dijo: 

Es usted demasiado joven para haber conquistado tanta gloria; cuando 



114 ALVARO OBREGÓN 

yo he leído sus hazañas pasadas, creí que serían ejecutadas por un hombre 

de edad madura y tengo mucho gusto de conocerlo personalmente. 

Obregón: — Agradezco a usted los conceptos de encomio que tiene para mí 
y más agradezco la distinción que se ha servido hacerme al dedicar, para 
recibirme, algunos minutos que son para usted en estos momentos, tan 
preciosos para atender el sinnúmero de exigencias oficiales. Yo no he 
querido, en mi viaje por este país, donde he recibido toda clase de aten- 
ciones, marcharme sin tener el honor de presentar mis respetos y conocer 
personalmente al Primer Mandatario de esta gran Nación. 

Presidente Wilson: — Nosotros indudablemente hemos sufrido algunas equivo- 
caciones con los hombres que han marchado al frente de la Revolución 
Mexicana y esto se ha debido, seguaramente, a malas fuentes de informa- 
ción; pero esté usted seguro General Obregón que en lo sucesivo ya con 
el conocimiento que tenemos de su país y de los hombres que están al 
frente de sus destinos, ustedes serán tratados por este Gobierno con la 
atención que se merecen, ya que nuestro deseo es que el Gobierno de 
México se consolide sobre bases firmes. 

Gral. Obregón: — Llevaré a mi país la mejor impresión de mi viaje por esta 
Nación y de la entrevista que he tenido el honor de celebrar con su Primer 
Mandatario, asegurándole por mi parte que aunque separado en lo absoluto 
de las esferas oficiales de mi país concurriré con mi modesto contingente 
a la más firme consolidación del Gobierno del señor Carranza, ya que 
éste descansa sobre democráticas y ha sido elegido por el pueblo. 

Presidente Wilson: — No me extrañan sus plabras, porque la lealtad ha sido 
el sello de todos sus actos. 

Gral. Obregón: — Todos los mexicanos que hemos seguido con cuidado los 
últimos acontecimientos internacionales, creemos que el espíritu democrá- 
tico de usted neutralizó las tendencias de intervensión en México de mu- 
chos grupos acaudalados en este país; y al espíritu democrático de usted, 
por lo tanto, así como a la atingencia y serenidad del señor Carranza se 
debió que la lucha se hubiera evitado entre nuestros países. 
El Presidente Wilson contestó expresando su agradecimiento por esos 

conceptos y se dio por terminada la entrevista, despidiéndose el General Obre • 

gón y el Ingeniero Bonillas. 



ALVARO OBREGON 115 



XXXI 

A su paso por la Habana, nueva entrevista salió al encuentro del Gene- 
ral. Fué la de un reportero de "La Nación," del periódico amigo de los 
libertadores de México, que dirige en la Perla de las Antillas, el señor Már- 
quez Sterling. Precedieron saludos cariñosos y se turnaron frases en que se 
correspondían con agradecimiento, la cordial bienvenida dada a Obragón. 
Después vino a cuento la situación de México. A la pregunta del periodista, 
sobre la actuación de nuestro país, Obregón no fué parco en palabras, sino 
minucioso y claro. He equí el diálogo que sostuvieron ambos citados per- 
sonajes, tomado de un periódico que lo dio a conocer del público, oportuna- 
mente. 

Habla "El Nacional" de la Habana: — "¿La situación de México? — La 
situación de México se desenvuelve dentro de la más franca normalidad. En 
todos los órdenes de la vida pública, impera la aromía, y el país marcha por 
vías de prosperidad y reposa hacía una paz perdurable y efectiva. Del 
México actual ha desaparecido la inquietud predominante un día, las activi- 
dades comerciales e industriales ensánchanse cada vez más y la paz moral, 
sin cuyo concurso toda obra de reedificación nacional se hace imposible, se 
va extendiendo como un manto reparador sobre el país. Puede usted así 
decirlo. Dentro de poco tiempo, México, ya libre por completo de las fac- 
ciones que aún imperan, disgregadas y desorganizadas, por algunos Estados 
del Sur, será una de las Repúblicas más prósperas del Continente, porque 
cuenta para ello con la cooperación indispensable y eficiente de la mayoría 
delpaís. — Aquí se ha hablado, por viajeros llegado de su patria, de dolorosos 
acontecimientos. Se han trazado esquemas trágicos sobre la situación de 
su país, y ha habido quien, a los reporteros de la prensa diaria, hilvanara 
pavorosos relatos de jornadas sangrientas con asaltos de trenes por partidas 
de rebeldes, despojos humanos de ciudadanos pacíficos, pendientes, como 
guiñapos, de los árboles, y otros abracadabrantes hechos que crispaban de 
horror los nervios de los menos exaltados. — El General sonríe tranquilo. Y 
replica con una ironía suave y tranquila: — Y aun más habrán dicho también. 
Sé que hasta se dijo, con triunfo de seguridad, que yo era el último rebelde, 
y que las armas con que atacré tan sólo a los enemigos de mi patria, las 
había empuñado hostilmente, contra el gobierno de Carranza. Luego de 
tal infundio, un crítico juicioso debe rservar su credulidad para noticias más 

veraces. — Entonces, su viaje a Norte Amárica — Mi viaje a Norte 

América no tiene relación alguna con la política exterior o interior del país. 
Ha obedecido, únicamente, a intereses privados, y es él, acaso, la mayor 
revelante de que la normalidad reina en mi patria. No se abandona, en in- 
stantes azarosos, el suelo nativo, obedeciendo sólo a impulsos de un interés 
individual. — Y en su política exterior, México, ¿qué criterio sustenta? ¿Cerca 
de la contienda universal? — Precisamente. — Pues se mantiene, firme, en una 
discreta neutralidad. 



116 ALVARO OBREGÓN 

No se estima, por ahora, oportuna intervención en el gran conflicoto 
armado. Y nuestra política, con el Gobierno de la Casa Blanca, no puede 
ser más satisfactoria. El General Carranza ha sabido mantener cordiales 
y con decoro, nuestras relaciones con Washington. Y ahora mismo, a propo- 
sito de mi viaje, tuve oportunidad de comprobar la unánime y favorable im- 
presión que ha causado en Norteamérica la súbita y efectiva paz alcanzada 
por México en el período de Gobierno de su actual Presidente. 

Hasta aquí, la síntesis veloz de nuestra plática, que puede interesar el 
lector. El General Obregón tuvo frases de afecto para Cuba y para nuestra 
publicación. En oportuna cita el nombre de nuestro compañero ausente y 
bien querido, nombramos a Cabrera, suscitó en su recuerdo cálida admiración. 
Y el talento innovador y profético del autor de "Mi viaje a México," mereció 
elogio sincero y emotivo." 

No habíamos hecho transcripciones ni citas al tratar de Obregón, si no 
fuera porque creemos de suma importacia apoyar nuestro parecer, en los 
conceptos que personas extrañas a nuestra política, han emitido desinteresa- 
damente. 

"Las novedades de New York, se expresa así: — "Obregón, a juzgar por 
lo que pudimos advertir durante nuestra entrevista, no es el vanidoso con 
pretensiones de hombre de Estado, ni el tonto enredado en desdichada intriga 
que nos pintaban sus adversarios; no es tampco el advenedizo que piensa 
desposarse con el poder. Carece de orgullo. Es llano en su trato y breve y 
conciso en sus contestaciones. Se advierte en él desde luego al hombre que 
concibe rápida, sobria y atinadamente, todo el alcance de las cuestiones que 
se le plantean, y con innata sencillez y natural justeza contesta, formando 
juicios, de cuya exactitud puede juzgarse por éste: — El poder derrocado por 
la revolución, fué aquel que yendo de abuso en abuso y de usurpación en 
usurpación había convertido a los directores de equella intolerable situa- 
ción política en una casta privilegiada, sustraída a toda jurisdicción, y dominio 

de la verdadera justicia — Y luego, más tarde, hablando de esa misma 

casta que antaño se llamara "científica" y actualmente "reacción", nos 
decía: — La masa de poder y de riqueza que esa casta, abusando de la ignoran- 
cia y mansedumbre del pueblo había acumulado, era verdaderamente fabu- 
losa. — Los "gobernadores" gobernaban "sus" Estados como señores feudales; 
fuera de las propiedades de esos privilegiados, la propiedad no existía en 
México. — La mayor parte de los favoritos del derrocado régimen porfirista — 
que más tarde quizo renacer con la más infame y pavorosa de las usurpa- 
ciones — vivían en la capital de la República llevando una vida cortesana y 
disoluta mientras que nostotros, que somos el pueblo, nos veíamos despojados 
do nuestros bienes gandos en el trabajo y que afluían al centro para proveer 
a los pagos de las concesiones a extranjeros, de las sinecuras sin cuento y 
de los gastos de un gobierno dispendioso y envuelto en una red de compli- 
cadas intrigas encaminadas a sostenerlo en el poder desde donde nos quitaban, 
ya que nada nos quedaba de nuestros bienes materiales, los bienes morales 
del ciudadano. — ¿La revolución, pues, fué . . . .? — Fruto de la más apremiante 
necesidad política y civil, a la que respondió el pueblo que antes indefenso, 



ALVARO OBREGON 117 

se sintió fuerte al ver como primero el Sr. Madero y más tarde el Sr. Car- 
ranza, animados por el poder de una convicción e indignados contra el fango 
político en que la administración se hundía, se levantaron resueltamente 
contra ese poder que se consideraba formidable. — ¿Cree usted, General, que 
el gobierno constitucionalista se cimentará definitivamente? — ¿Y quién lo 
duda! La situación mejora día tras día y las dificultades que el Sr. Carranza 
tiene deben ciertamente tomarse en consideración; pero no estimarse en lo 
absoluto como insuperables, pues son menores a las que ha salvado ya. — 
Destruidos para siempre los odiosos privilegios, todo lo que la "rección" pre- 
tende hacer abora, caerá bajo el ojo de la implacable vigilancia revolu- 
cionaria que vive sobre la brecha para custodiar sus bienes morales y políticos 
donde quiera y recobrarlos de quien quiera que pretenda arrebatárselos. — 
¿Hay, pues, oposición? — Sí, existe, más es impotente. El pueblo que hoy 
vive independiente de la tiranía, al hacer con la revolución la reconquista de 
sus libertades públicas, no secunda ya ni secundará nunca a los díscolos que 
han continuado y continuarán debatiéndose en esa lucha de reacciones sin 
término, que son la desesperación del patriotismo. — Es opinión generalizada 
que la principal dificultad con que tropieza el gobierno, es la económica. 
¿Cree Ud., señor, que ella tendrá pronto remedio? — Difícil es afirmar nada, 
sobre ese particular por aquellos que, como yo en la actualidad, estamos 
alejados de las esferas oficales, pero seguramente que el gobierno hará todo 
esfuerzo por resolver ese problema. — ¿Ninguna conexión tiene, pues, el viaje 
ed Ud. con los actuales problemas mexicanos? — Ninguna. Mi viaje es de 
negocios particulares y de recreo. He establecido mis negocios comerciales 
en Sonora y Sinola. Estoy muy alejado del centro del país y entregado a mis 
comerciales especulaciones en garbanzos, pieles, ganados, terrenos y minas. 
Y como lanzáramos sobre el muñón de su brazo mutilado una mirada muy 
expresiva adivinó la pregunta que Íbamos a hacerle, y antes que la enunciá- 
ramos contestó: — No he visto aún a un sólo médico, me siento muy bien. . . . 

No había ya tema que nos aconsejara prolongar nuestra visita y ya sólo 
se habló ligeramente de las atenciones oficiales y privadas, muy señaladas 
por cierto, de que ha sido objeto el General a su paso por San Francisco, 
Kansas, San Luis, etc 

A propósito, General, una última pregunta: — ¿Es cierto que va Ud. a 
Europa? — Nada tengo resuelto. En breve iré a Washington y de allí a la 
Habana por la vía de Key "West; no sería difícil que de alli regresara a México. 

Nos despedimos. El General estaba en pie, erguida ya su atlética figura 
rebosante de vigor y de salud, y nos acompañó basta la, puerta tendiéndonos 
la mano izquierda amistosa y francamente, mientras que se volvía hacía 
su joven e inteligente secretario, señor Vargas, que con las manos sobre el 
teclado de una maquinilla de escribir esperaba. "Mi respetado y querido 
jefe" dictó el general. 

Obregón iba a escribir a Carranza sus impresiones de viaje ye el enunci- 
ado solo de su carta, que llegó distintamente a nuestros oídos era quizá la 
frase más reveladora de todas cuantas habíamos oído decir al ex-ministro 
de la Guerra. 



118 ALVARO OBREGÓN 

Obregón iba a escribir a Carranza sus impresiones de viaje y el enunciado 
solo de su carta, que llegó distintamente a nuestros oídos era quizá la frase 
más reveladora de todas cuantas habíamos oído decir al exministro de la 
Guerra. 

"The Mexican Review," anunciando y comentando la jira de Obregón por 
los Estados Unidos, llama a nuestro ilustre compatriota, "el hombre que 
nunca perdió una batalla," y reproduce palabras suyas, dichas a una hono- 
rable persona que lo entrevistó en Los Angeles, California. Se expresó así: 

"Si es necesario, México resolverá sus propias dificultades económicas, 
sin la ayuda de un solo dollar extranjero; pero si de los Estados Unidos le 
fuera ofrecida alguna ayuda, ésta sería muy bien recibida." 

Al dar fin a estas líneas, Obregón se halla aún en el país vecino, sacando, 
seguramente, buenas enseñanzas que le aprovecharán a él, y nos aprovecharán 
a todos los patriotas mexicanos, sí, como es de esperarse, a la terminación 
del período presidencial de don Venustiano Carranza, sale favorecido en los 
comicios, para Jefe del Ejecutivo de la República el invicto soldado sono- 
rense a cuyo valor debemos que la gran Revolución haya triunfado. 

Obregón no tiene enemigos nobles: los que lo atacan son los eternos 
envidiosos de todos los héroes. 



ALVARO OBREGON 119 



XXXII. 

Si el pueblo mexicano en 1918, plasmado en el molde viril, de que es 
artífice afortuando la Revolución, fuera el pueblo de 1910, sumiso por costum- 
bre y sometido por cruel necesidad a la corma de la tiranía colonial, ¿ de 
qué serviría que la Administración emanada de nuestra gran lucba se em- 
peñase en nivelarlo con el rasero del progreso? Cuando Obregón formó parte 
del Gabinete, comprendiéndolo así, se esforzó porque el pueblo entendiera 
que debía dignificarse y respetarse haciéndose dueño de lo suyo y admini- 
strándolo con honradez. 

Obregón razona obrando y obra razonando. Su parecer es que se abran 
al pueblo de par en par las puertas de todas clases de planteles, donde se 
difundan aquellos conocimientos elementales que son urgentes para que el 
hombre se valga a sí mismo, sin andaderas al refugio de ángeles tu- 
telares. Qué marche libre y feliz a disputar a la suerte su porvenir individual 
que no es en suma sino la unidad en que se basa el porvenir colectivo de la 
nación. 

Al reanudarse el tráfago mercantil, cuando la tierra esté repartida equi- 
tativamente entre aquellos de sus hijos que de veras la aman y saben sacar 
de ella los rendimientos generosos que ella ofrece para aplacar el hambre y 
convertir la miseria en bienestar, hasta los haraganes más haraganes sen- 
tirán la comezón del trabajo. Esto lo vemos a menudo. Cada vez que la 
esfumación del fantasma de una guerra con los poderosos del Norte, inmediata 
y perentoria, se verifica, los mexicanos recobramos nuestras naturales 
energías y sentimos confianza en el destino de los pueblos que laboran. En- 
tonces no tememos el futuro, pero, por cautela, nos encerramos en el límite 
de la prudencia que es la única norma de los pueblos jóvenes que quieren 
vivir. Entonces volvemos la mirada a nuestros héroes, como Obregón y sus 
valientes compañeros, y bendecimos a los manes de aquellos otros héroes 
que en las jornadas épicas de 1810, 1847 y 1862 nos dieron con la vida su 
ejemplo. 

Ya se ha visto que Obregón, durante su odisea en el Extranjero, contrasta 
con los desterrados voluntariamente de nuestro suelo, que al sentir que lo 
perdían, porque lo explotaban, han hecho todo lo posible por venderlo, y lo 
han ofrecido hipócritamente, al mejor postor. ¡Cuántos de esos morirían de 
miseria, si no fuera por los dólares que los mercaderes de allende el Bravo, 
les adelantan para darse hartura, en cambio de futuras concesiones.; 

Obregón, cuando interrogado en los Estados Unidos, habla con entusia- 
smo de México. Conoce que cegar las fuentes de riqueza saneada y abundosa 
de la agricultura equivale a pasear por el país la tea aniquiladora de Atila. 
También lo saben nuestros enemigos. También lo omiten en — sus cargos 
contra el Gobierno de la Revolución, para que sobre él caiga, a los ojos de 
la publicidad, el oprobio de la culpa. Un antiguo proverbio figura en el 
léxico castellano, que como todos los proverbios, es compendio de sabiduría. 



120 ALVARO OBREGON 

A su lado viene explicada su significación: "De aquellos polvos provienen 
estos lodos:" "refrán con que se denota que muchos males que se padecen 
provienen de errores, o desórdenes cometidos anteriormente." 

Por eso Obregón prevé y medita. Se ha dado cuenta de que nuestra crisis 
económica no es la final que lleva a las naciones a la esclavitud, sino un 
accidente transitorio. ¿Sus causas y concausas? Muchas. Nuestra gran y 
necesaria Revolución, la guerra mundial, nuestra apatía por costumbre y 
quizá por atavismo; nuestra desconfianza en nosotros mismos y ciertas 
tendencias a esperarlo todo del azar. 

Ya la gran Revolución ha triunfado. Tenemos ahora que someter a los 
pequeños grupos de rencillosos y contender todavía armados contra los fora- 
gidos que jamás suelen faltar en ningún país después de las guerras de 
principios. 



ALVARO OBRBGON 121 



XXXIII. 



No ignora Obregón que faltan muchas cosas por hacer y cómo deben ha- 
cerse. Sabe que si cuenta el Gobierno con las energías intactas del pueblo 
que no ha trabajado hasta hoy porque no lo han enseñado a, gustar del trabajo, 
si cuenta con el ejército que la paz haya desarmado porque no estará com- 
puesto ni de ambiciosos ni de traidores, sino de leales obreros o gricultores 
listos para, pelear cuando haya razón para ello, listos para trabajar en sus 
respectivas faenas de civiles, cuando la patria está tranquila; si cuenta con 
la dignidad de todos los que no quieren vivir ni de fiado ni de prestado, se 
verá el término de la miseria que ha sucedido a la larga lucha contra el 
reaccionarismo y la ambición. 

La libertad política de que ya hemos comenzado a disfrutar, desde el 
punto que se inició a las mayorías en asuntos electorales y se las preparó 
a eligir libremente a sus mandatarios, fué ocasión de desenvolvimiento inte- 
lectual y de adelanto. De entonces acá han aparecido infinidad de indivi- 
duos a ocuparse en toda clase de faenas, oficios y profesiones olvidados o 
desconocidos, que se empeñan en colaborar en la reconstrucción de la riqueza 
nacional, sobre bases reales que no se desmoronan como las que recogimos 
de la últimas administraciones pasadas. A estos, Obregón, los alienta. 

Cree Obregón en la facilidad y las posibilidades numerosas de equivo- 
carse, y se pregunta: ¿se equivocaron de orientación los bogernantes y sus 
colaboradores que prepararon para el porvenir — hoy nuestro preséntelas 
dificultades que hoy nos estorban el camino, o hicieron lo que hicieron sólo 
para beneficiarse, y sin mirar al bien de la nación? La respuesta es obvia. 
Los ineptos suelen hun-dir las naciones en la ruina y hundirse con ellas; 
los perversos hunden a los países, pero saben tenerse ellos a flote. Son 
aquellos que razonan como el rey francés: "Después de mí, el Diluvio." 

No es un secreto para el manco héroe que los mexicanos somos pobres 
porque no hemos querido ser ricos. Que hemos visto incontables veces aso- 
mar la prosperidad por nuestra puerta, descuidadamente cerrada, y asusta- 
dos de una cosa tan descomunal y tan deslumbradora, como lo es la prospe- 
ridad, hemos cerrado los ojos, y, a tientas, hemos ido a echar a la puerta 
la tranca encima. 

Así ha sido en efecto. Para no equivocarnos citando de memoria, sólo 
mencionaremos que en la Historia de Máxico, se recuerda el hecho de haber 
aparecido en un cerro vecino a la Villa de Guadalupe, una fuente de pe- 
tróleo, y que el Virrey de entonces la mandó tapar. Su Excelencia tuvo niedo, 
probablemente de que fuera pecado explorarla y explotarla. 

Sembramos ayer incuria y apatía y ya estamos cosechando zozobra, 
vacilación y temores pueriles. Y menos mal que las mayorías reivindicadas 
en sus derechos por la Revolución, se hayan desuncido para siempre del car- 
ro de la tiranía. Analfabetas y todo, conocen lo que es marchar camino ade- 
lante, y marchan como pueden y lo mejor que pueden. Ya nadie duda que 



122 ALVARO OBREGÓN 

lo que seamos mañana los mexicanos nos lo deberemos, como nos debemos 
hoy lo que somos, por lo que fuimos ayer. 

El ejemplo de Alvaro Obregón es más elocuente que cuanto en papeles 
y libros se pudiera estampar, que cuanto labios humanos o divinos pudieran 
expresar con palabras. 

Nuestros terrenos de grandeza sobria, donde puede reinar la abundancia; 
que da pan y alegría, han llamado al invencible soldado, y, él, modesto, labo- 
rioso, digno de toda dignidad, ha vuelto a dar a la tierra, toda la energía que 
dio a la campaña, en nuestros días aciagos. 

Pero confiamos en que Obregón volverá a darse a la Patria, por la voluntad 
del pueblo cuando el pueblo lo llame. Y lo llamará. 

Sus amigos y sus admiradores, que son todos los mexicanos patriotas, e& 
el glorioso mutilado de León, tienen puesta la mira, para cuando Carranza, 
cumplida su misión libertaria, en la Presidencia de la República, se retire a 
su hogar, honrado y satisfecho, y en nuevos comicios se elija otro presidente 
honorable y digno. 

La previsión popular y la voluntad consciente de una mayoría de sufra- 
gistas depositarán en las urnas elecorales, una cédula que lleve a Alvaro 
Obregón al primer puesto de la República. 

Así lo deseamos los que amamos a la Patria. También lo esperamos. 

FIN. 




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